Palabras sobre el País Castellano (El conjunto de las dos Castillas). Texto de 1980

Estoy preparando la 2ª Edición de “El nacionalismo: una última oportunidad para Castilla”, libro que publiqué en 1980 y me encuentro con este artículo, que sigue válido plenamente hoy en día, en 2017.

PALABRAS SOBRE EL PAÍS CASTELLANO

AFIRMAR EL CARÁCTER ESPECÍFICAMENTE nacional que la Historia ha otorgado a Castilla, debería ser costumbre tan cotidiana y repetida entre nosotros que hiciera innecesaria la tarea de demostrarlo a estas alturas, cuando ya se ha aprobado la Constitución Española de 1978, donde se establece en España la existencia de “nacionalidades y regiones”. ¿Qué otra cosa puede ser Castilla sino el primero de los conceptos?

No obstante, el actual estado de postración en que se encuentra Castilla, nos impide la penosa obligación de comenzar por plantearnos cuestiones tan básicas como ésta.

Ello es particularmente doloroso, puesto que otros pueblos del España han quemado etapas en el camino de recuperar sus señas de identidad colectiva. Nosotros, por el contrario, a pesar de que constituimos sin duda la nacionalidad más evidente del Estado español, y la que mayores y más urgentes reivindicaciones tiene por realizar, nos mantenemos al margen del proceso, como adormecidos o permanentemente derrotados.

Pero dejémonos de vaguedades y especulaciones, y acometamos frontalmente el tema que nos ocupa: ¿Constituye o no Castilla uno de los países existentes en España?

Quienes admitan la estructura plurinacional del Estado español, asunto éste que desde la Constitución del 78 ya apenas se discute, puesto que en tales términos los recoge nuestra Ley de Leyes, habrán de concluir que Castilla posee todas las características que definen como tal a una nación, es decir: LENGUA Y CULTURA PROPIAS, TRAYECTORIA HISTORICA DIFERENCIADA Y COLECTIVA –y si se me permite congratularme y felicitarme por ello, grandiosa-, TRADICIONES, FOLCLORE Y COSTUMBRES AUTÓCTONAS; con una particularidad, la de que Castilla posee dichas notas con mayor intensidad posiblemente que otras nacionalidades y otros países de España, perfectamente reconocidos y “legalizados” ya como tales.

En efecto, nuestro carácter nacional castellano se presenta mucho más definido, desde cualquier punto de vista que se confronte, que el de otros países de España, los cuales, aun siéndolo, encontrarían mayores dificultades que nosotros para demostrar de inmediato, en toda su plenitud y extensión, las características nacionales que antes mencionábamos.

Por ello, la denominación de País Castellano referida a Castilla entera (desde el mar Cantábrico hasta Sierra Morena no hace sino reflejar una evidencia que conviene asumir rápidamente, sin que ello signifique en ningún modo oposición o menoscabo de España, que es también, según la Constitución Española, indisoluble en su unidad como “Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”, la cual al mismo tiempo, “reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”.

Urge tomar conciencia de Castilla y de su papel que ha de jugar, unida y fuerte, en la Nación española, porque de esta forma habríamos eliminado la primera y más dolorosa desnaturalización a la que hoy se nos quiere someter a los castellanos
¿Qué características nacionales tendrá Cataluña –me pregunto- , que no pueda presentar igualmente Castilla, aparte de un superdesarrollo económico al que nuestros emigrantes se han visto obligados a contribuir con su trabajo?
¿Qué poseerá Euskadi que no tenga también Castilla, aparte de unos privilegios fiscales y de unos paraísos tributarios de los que indudablemente nos convendría gozar de inmediato?

¿Qué características etnológicas tendrá Galicia, en fin, que no posea de igual modo Castilla, aunque las nuestras no sean reconocidas?

A nuestro entender, en el Estado español existen, al menos, cuatro nacionalidades diferenciadas por la historia: Castilla, Cataluña, Euskadi y Galicia.

Existen, por otra parte una serie de “comunidades de lengua catalana”, aunque con numerosas variantes dialectales, que ya en la Edad Media, se consideraban a sí mismas como lenguas distintas, por ejemplo ocurre con la lengua valenciana en el Reino de Valencia, y un conjunto de “comunidades de lengua castellana”, cuya atribución nacional, en ambos casos, es ciertamente más discutible y difícil de demostrar.

Particularmente, no quiero entrar en el caso de los territorios de lengua catalana, por dos razones: no es la tierra que yo me he propuesto enfocar, y, por otra parte, dichos territorios tienen también población, habitantes, y presencia culta y cultivada de la lengua castellana desde la Edad Media, por lo que quizá debiera concluirse que son territorios “plurinacionales” y “plurilingüísticos”, dentro sí mismos, desde siempre, y recogerse eso también o en la Constitución española o en las futuras leyes que la desarrollen.

En lo que se refiere, a las “comunidades de lengua castellana”, debería distinguirse entre Castilla, la nuclear y original, esto es, el País castellano, que para mí me apresuro a indicar que constituyen las dos Castillas, Vieja y Nueva, al norte y al sur del Sistema Central, y los lugares españoles y mundiales adonde llegó su lengua y cultura, que constituye, a mi entender el útil y defendible concepto de la “Castellanidad”… Algo distinto a Castilla, pero vinculado emocionalmente y culturalmente con la Castilla nuclear.

Sin embargo desde las alturas del poder y desde las mismas aturas de esta oposición bisoña e inexperta que nos ha salido, se postura la peregrina idea de que en el Estado español solo existen tres nacionalidades: Cataluña, Euskadi y Galicia (opinión que es ferozmente compartida pos los beneficiarios de dicha situación), siendo lo demás únicamente “regiones” o “zonas” del mencionado Estado.

Si admitiéramos, semejante injustificable distinción discriminatoria se produciría la desconcertante paradoja de que en España existieran 25 millones de apátridas, recién caídos del cielo seguramente, sin nacionalidad ni raíces nacionales conocidas.
Yo por el contrario, sé perfectamente cuál es mi País, y desearía que todos los castellanos nos aprestásemos a reclamar la máxima consideración territorial que le corresponde a Castilla y que hoy, discriminatoriamente, como tantas otras cosas, se nos niega.

Por los motivos que apunto, se me antoja importantísimo, además, que todos aquellos que amamos y sentimos a Castilla nos apresuremos a combatir esas otras expresiones, tan habituales para designarnos actualmente y tan atentatorias para la dignidad de una tierra que como la castellana desea comenzar a asumirse, cuales son las de “cuenca del Duero”, “zona Duero”, “región Centro”, “zona Centro”, zona “soriano-aragonesa” (puesto que a veces se habla de incluir a Soria en la órbita de Zaragoza), zona “Oeste” (por quienes pretenden crear una quimérica área que agrupe Zamora, Salamanca y Extremadura), etcétera.

¿A qué obedecen esas denominaciones geográficas que desde las estructuras oficiales o desde medios de comunicación se nos aplican, a veces? ¿Qué intereses subterráneos se esconden detrás de ese proceso que pretende rebautizar con epítetos geográficos a un País que ha recibido ya su nombre de la historia?

¿Admitiría Galicia, por poner un ejemplo, la denominación de “zona Miño”? ¿Se le ocurriría a alguien llamar a Cataluña la “región Nordeste”? ¿Aceptaría Aragón se conocido como el “el Centro Derecha”? Estimo que no, so pena de caer en lo grotesco.
Por lo tanto, en España, o se hace geografía durante otros cuarenta años, o se hace realidad, respetando los derechos de todas las nacionalidades que lo sean, sin exclusiones. Y la castellana puede probar dicha condición con la más sencilla facilidad y con todos los requisitos que se le solicite.

La despersonalización de Castilla no puede continuar por más tiempo. Los castellanos hemos de ser conscientes de que constituimos y hemos constituido una de las nacionalidades más decisivas de la historia de Europa: la castellana, aunque nos estemos aplastados nacional, regional, territorial, demográficamente y de todas las otras formas posibles, y, como resumen de todas esas marginaciones, si se me permite la expresión, “zonificados”.

Por todo ello, urge, como decía anteriormente, que tomemos conciencia de nuestro carácter nacional; urge que sustituyamos la expresión “regionalismo castellano” –que por otra parte también me parece legítimo, siempre que haga castellanismo por una Castilla entera– por el término que le corresponde en propiedad, si se quiere seguir al pie de la letra la Constitución: nacionalismo castellano, leal a España, pero sin complejos al respecto…

Y urge, en fin, que impidamos el mantenimiento de esas diferencias discriminatorias del tipo “nacionalidades y regiones del Estado español”, cuando ello pretenda establecer territorios de primera y de segunda categoría y discriminar a los territorios del Estado en estamento desiguales. Hay que hacerlo aunque ello no guste a las autonombradas “únicas nacionalidades”, tenaces defensoras de sus consolidados privilegios, pero nos es ineludible plantearlo urgentemente.

Y bien, hasta aquí algunas de las razones por las que considero necesario institucionalizar cuanto antes el nombre de País Castellano, para el conjunto de las dos Castillas, En números posteriores iremos revisando otras reivindicaciones (más decisivas por no ser tan básicas) de las muchas que deberá plantear nuestro País ante el Estado español, si realmente desea salir de la postración, del abandono, del olvido y del subdesarrollo –tanto económico como político- en que actualmente se encuentra.

El nacionalismo: una última oportunidad para Castilla (1980)

Castilla, España

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