Torija, nueva parada y fonda de ´Viaje a la Alcarria, siglo XXI´

TORIJA (Guadalajara) 4 de marzo, 2017

Vengo de Torija, y de posar así de sonriente al lado de las dos placas que hay sobre el antiguo Parador de Torija, con varios párrafos del “Viaje a la Alcarria” de don Camilo José Cela.

¿Qué estoy haciendo en la foto, que parece que estoy declamando algo? Pues eso, declamar unos parrafitos de “Viaje a la Alcarria, versión siglo XXI”, novela de viajes que saqué el año pasado (2016).

Parte de esto es lo que declamo (situémonos en la gran cerámica que hay en la pared de la Iglesia de Torija, que exhibe un soneto del poeta José María Alonso Gamo. Y allí ocurre esto):

“El escribidor, después que lee el soneto y echa una foto a la cerámica sobre el muro de la iglesia, la cual se queda ahí, hablando muda entre cipreses, y a la propia plazuela de la Iglesia, recoleta, soportalada y pétrea, resuelve retornar a la plaza de la Villa, precisamente por la calle del poeta José María Alonso Gamo, como una cerámica, en este caso de color tostado amarillento, expone claramente al comienzo de la calle.

La calle que Torija ha dedicado a Alonso Gamo es estrecha pero muy bella, se abre entre casonas de recias piedras, y a su final aparece cruzada por un pasadizo, de edificio a edificio, bajo el que hay que pasar obligatoriamente si se quiere llegar hasta la plaza Mayor. Al fondo de la plaza, desde la calle en que estamos, se ve ya con nitidez la silueta del castillo, perfectamente rehabilitado en estos tiempos.

A la que ya está dentro de la calle, el escribidor oye que por una calleja lateral vienen a desembocar a la plazuela de la Iglesia un grupo de cuatro personas, de los que al menos dos figuran ser forasteros, puesto que no la conocen.

Se trata de dos parejas o matrimonios que ya no son jóvenes. El que sí da la impresión de saber por dónde se andan es uno de los dos hombres, el cual dice con tono bastante alegre, displicente y hasta jocoso:

-Ésta es la plazuela de la Iglesia y ésa la calle Alonso Gamo, un poeta local.

Al escribidor le duele el tono confianzudo, altanero y como algo despreciativo con que el cicerone ha pronunciado esto último. “Un poeta local”.

Sí, indudablemente que es así. Sí, es eso. No puede negarse que sea así. Pero también no es solamente eso.

Al escribidor, lo que acaba de oír y el modo de decirlo, le pone triste.

Antes de ser eso, solamente eso, más una placa sobre una calle y una cerámica sobre una de las paredes de la iglesia de su villa natal, José María Alonso Gamo fue otras muchas cosas… Y atesoró muchas virtudes, que no caben en ese intempestivo, peyorativo y desconsiderado resumen.

Al escribidor le duele lo que acaba de escuchar, y más entre personas de edad adulta que, si son además del pueblo o de la zona, como alguno lo parece, deberían cuidar más lo que exponen y cómo lo exponen. Pero lógicamente el escribidor se calla y no dice nada.

-A ver, poneos ahí mismo, en el centro de la plaza, que os hago una foto –recomienda el cicerone que ha informado a sus acompañantes del lugar en que se encuentran, y luego echa mano del teléfono móvil, y dispara su fotografía, a la que se oye que una de las mujeres dice-:

-¡Sácame guapa, aunque milagros tampoco te voy a pedir, que yo ya he cumplido los 61!

-Venga, Juan, saca bien guapa a mi mujer.

-¡Eso está hecho!- oye el escribidor que dice el arrogante fotógrafo, mientras que él prosigue su camino hacia la plaza-.

“Después de todo”, va pensando el escribidor, “acabar como poeta local, en tu villa natal, tampoco está mal”

“No importa que no sepan quién fuiste”

“Cuando se han pasado tantas horas de provecho entre Catulo, y con otros clásicos españoles y grecolatinos, y haciendo tantas otras cosas como hay que hacer en esta trabajada vida que tenemos tampoco está mal que luego al menos se acabe como poeta local”

“Algo es, qué duda cabe”.

Y el escribidor se recita estos versos, en voz tan baja que sólo resulta audible para sí mismo:

-Los placeres e dulzores de esta vida trabajada… que tenemos… no son sino corredores, e la muerte la celada… en que caemos…”

Y luego sigue, ahora casi tarareando, pero con la melancolía con que hay que hacerlo:

-No mirando nuestro daño,
corremos a rienda suelta
sin parar;
desque vemos el engaño
y queremos dar la vuelta,
no hay lugar.

Para de repente detenerse y exclamar, en voz contenida.

-¡Qué idioma tan pasmoso es el castellano, con permiso de Catulo y de todos los antiguos clásicos! Grande Jorge Manrique y el idioma que lo disfruta, sin duda.

Luego torna a sus cavilaciones y concluye:

“Menos queda de la mayoría de la gente que una placa en su pueblo, sin duda”.

“Lo cual después de tanto afanarse continuamente por tantas cosas como hay que afanarse en esta vida trabajosa que tenemos es verdaderamente injusto, porque la mayoría de las personas, simplemente, en un buen día como tantos descansan bajo la tierra, tan solo”.

El escribidor, entre lo de su amigo y maestro José María, entre la celada de la muerte en que caemos sin remedio y lo de las buenas gentes que viven, pasan y sueñan, pero que después un día como tantos descansan bajo a tierra, se ha puesto un poco melancólico y triste, pesaroso y taciturno.

No sabe si llorar. O no hacerlo.

Finamente, no lo hace.

Pero bastante melancólico y ceñudo, bastante apesadumbrado y lúgubre, realmente, para decir toda la verdad, sí que va.

Después se consuela, porque lo que acaba de pasar, tampoco es tan grave ni para ponerse tan mustio.

Incluso está bien que haya ocurrido, porque para un viaje narrativo que quiere ser reflejo de la realidad, en buena parte, de todo ha de haber: alegrías y satisfacciones, humor y pasajes apenados, facecias y tribulaciones.

Y esta parte del viaje, sin duda, ha sido de lo murrio”.

Juan Pablo Mañueco. “Viaje a la Alcarria, versión siglo XXI” (2016)

http://blogs.periodistadigital.com/juan-pablo-manueco/2016/03/13/bibliografia-y-biografia-de-juan-pablo-manueco/

Castilla, España, Guadalajara, Novelas

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