El blog de Juan Molina

ley sin misericordia = rigorismo. ¡CUIDADO!

21.07.17 | 11:42. Archivado en religión, liturgia

Hoy os invito a que nos fijemos en dos aspectos que brotan de la Palabra de Dios anunciada y proclamada en la misa del día. Por un lado la institución de la Pascua judía como memoria de la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto y por otro lado la frase que recupera el Señor en el evangelio citando a Oseas 6,6: “Porque yo quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos.”

En realidad de lo que estamos hablando indirectamente es del peligro del legalismo en la vivencia de la fe. El peligro humano de atarnos a la letra de las normas y leyes, de las obligaciones y cumplimientos. Todo ello es necesario pero inútil si no va acompañado del espíritu de la letra, es decir, del por qué de tal norma o ley. En la vida de Jesús observaremos siempre un claro enfrentamiento con el colectivo que más custodiaba el cumplimiento de las leyes: los fariseos. Si observamos con detenimiento en los evangelios veremos el contraste de las palabras duras que dirige Jesús a quienes se creen justos y observantes con la extraordinaria ternura y compasión que regala a los pecadores y humildes. Y es que no podemos olvidar que toda la ley y los profetas nuestro Señor lo resume en una única ley: AMA a Dios con todo el alma y todas tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo. Ese debe ser siempre el espíritu de toda ley en la Iglesia: que seamos hogar para todos, caricia para el que sufre, bálsamo para el herido, abrazo para el caído,… compasión y misericordia no rigorismo y legalismo.
Así se comprende la normativa de la pascua judía: Todo habla de la gran misericordia que tuvo Dios con su pueblo al sacarlo de la esclavitud de Egipto. Y es esa acción misericordiosa la que debe alimentar todos los demás detalles. También hoy, en nuestros días, la misericordia debe ser la norma que riga y alimente todas las demás normas.


Dios sigue liberando hoy

20.07.17 | 13:19. Archivado en religión, liturgia

“Venid a mi los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré…” de nuevo resuenan entre nosotros estas palabras del evangelio de Mateo que proclamábamos hace dos domingos. Y es que nuestro Dios no mira hacia otro lado ante las dificultades y sufrimientos que padece el ser humano. Dios tiene interés por su creación. En la primera lectura que en los últimos días hemos estado leyendo la historia de José, hijo de Jacob, cómo llegó a Egipto y cómo reunió de nuevo a los hijos de Israel en tierras egipcias. Posteriormente pasados los años cuando el pueblo hebreo era numeroso se despertó una persecución en su contra por los temores del faraón de una rebelión. Los hebreos pasaron a vivir sometidos en esclavitud.
Hoy asistimos al diálogo entre Dios y Moisés. El Señor toca su corazón y le envía a liberar a su pueblo. Un pueblo que sufre bajo el yugo de la esclavitud. Dios se sirve de Moisés para hacer llegar a su pueblo la caricia de su misericordia. Hará un pacto, una alianza, serán liberados de la esclavitud porque Dios mismo “ha observado atentamente cómo os tratan en Egipto y he decidido sacaros de la opresión egipcia y llevaros a una tierra que mana leche y miel”.
La liberación del pueblo de Israel de Egipto es imagen de la liberación de la esclavitud del pecado que el Señor sigue ofertándonos al hombre y la mujer de hoy.
Salgamos de todo aquello que nos esclaviza, que nos somete y dejémonos liberar por el Dios de la Vida.


¿No será el corazón de Moisés lo que ardía?

19.07.17 | 09:58. Archivado en religión, liturgia

Venimos de la primera lectura de ayer donde se nos narraba cómo Moisés decide huir de Egipto tras matar a un egipcio que maltrataba a un hebreo esclavo. Huyó a Madián. Hoy nos encontramos con Moisés que pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró. Recordamos que Moisés en su huida defendió de otros pastores a unas mujeres que pastoreaban unas ovejas y que se acercaron al pozo donde descansaba Moisés. Eran las hijas del sacerdote de Madián. Ahí conoció a su esposa, Séfora, una de sus hijas.
Pastoreando al rebaño de su suegro Moisés tiene su primera experiencia de Dios manifestada en una zarza ardiendo en el monte Horeb. Este monte aparece en varias ocasiones en las Escrituras como un lugar de manifestación de Dios. Ahí fue donde Moisés recibirá los 10 mandamientos para su pueblo liberado de la esclavitud.

En el evangelio que hemos proclamado Jesús da gracias al Padre por manifestarse no a sabios y entendidos sino a los pequeños y humildes. Moisés fue un ejemplo de ello. Pastoreaba el ganado de su suegro.
Volviendo al relato de la zarza es bueno percibir dos detalles: “quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado” y “El clamor de los israelitas ha llegado a mí, y he visto cómo los tiranizan los egipcios”.

Necesitamos recuperar la experiencia de lo sagrado, del misterio, de la presencia de lo divino y trascendente. Necesitamos reaprender a vivir en el respeto y santo temor de Dios. No hablamos de miedos sino de consciencia y respeto. Dios no es ajeno al sufrimiento del ser humano. La mejor manera de honrar a Dios es cuidando y protegiendo la dignidad de su creación. Ante las injusticias no cerremos los ojos ni miremos para otro lado. Siempre me he preguntado si lo que ardía no era el corazón de Moisés indignado ante la opresión a la que estaba sometido el pueblo de Israel.


El lamento de Dios ante las miserias humanas

18.07.17 | 11:14. Archivado en religión, liturgia

En la primera lectura de la misa de ayer recordamos aquellas tremendas palabras del faraón: “Cuando nazca un niño, echadlo al Nilo; si es niña, dejadla con vida”. Hoy asistimos a la angustia de una familia hebrea que deciden tratar de “salvar” la vida de su hijo colocándolo en una cesta de mimbre sobre el río, probablemente con la esperanza de que pueda salvar la vida. Sintamos la incertidumbre, la angustia y el dolor de una familia que se ve obligada a algo semejante como abandonar a su hijo a la suerte mejor que a una muerte segura.

Aquel niño era Moisés. Dios se servirá de aquel pequeño abandonado a la suerte para recuperar a su pueblo castigado y esclavizado en Egipto. Esta suele ser la pedagogía de Dios: de lo que humanamente se desprecia Dios hace aprecio. Del hijo de la esclavitud que salva la vida gracias al ingenio de unos padres desesperados e inconformistas con las leyes injustas, Dios hará el líder de un pueblo esclavizado que lo guiará hacia la libertad. Moisés se hará íntimo de Dios en el desierto. Y es que Dios tiene debilidad por los pequeños y sufrientes.
En el salmo, la comunidad cristiana contempla la acción de Dios en favor de su pueblo afligido y responde diciendo: “Los humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón”.

Este episodio bíblico pone de manifiesto cómo en la realidad que nos toca vivir conviven el bien y el mal. Dios mismo se lamenta del corazón humano obstinado y embotado de vanidad y egoísmo. Así lo expresa Jesús en el evangelio de hoy: Se lamenta sobre las ciudades de Israel que viven de espaldas al plan de Dios: “¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida!”. En esta convivencia entre la bondad y la maldad hay que tomar partido, hay que situarse en un bando o en otro. No se puede, no se debe alabar a Dios con los labios y luego insultarlo maltratando o despreciando a los hermanos.

No perdamos el tiempo y las energías para convertir el corazón a la vida que brota del evangelio que el Señor no deba lamentarse al vernos malograr la semilla que sembró en nuestros corazones. Demos buenos frutos de amor y ternura donde estemos.


¿Buscas el amor de tu vida o mendigas "amor" en tu vida?

18.07.17 | 10:09. Archivado en religión, Actualidad

Cada día estoy más convencido de la necesidad de anunciar la belleza del evangelio y la enseñanza de la Iglesia que nos hace más humanos y mejores personas, sin duda ninguna!

Continuamente me voy encontrando por el camino realidades de personas que viven "una mentira" defendiéndola a muerte como una verdad o algo valioso... el tiempo acaba poniendo la verdad en su sitio.

Tantas veces constato que se suele confundir gravemente la ATRACCIÓN con el AMOR.

Tantas relaciones de parejas que queman etapas, se saltan procesos, se busca divertirse juntos pero no conocerse mutuamente... :(

Luego pasa lo que pasa e irremediablemente me nace una pregunta : ¿y esto era el amor auténtico?

El Amor con mayúsculas no nace en una noche ni hunde su raíz en la atracción física... siempre habrá "muchas noches" donde se seguirá conociendo personas que atraen físicamente... eso no es Amor... eso es simplemente atracción.

¿Puede iniciarse una relación de amor después de haber coincidido en una noche de fiesta? Sí claro... pero será fruto del tiempo, de la dedicación, del respeto, del conocimiento del otro... no de una noche loca donde ya nos hemos "dado todo" menos lo más importante: el corazón.

Alguien que me lea me puede llamar antiguo, carca, desfasado, etc... pero la propia realidad vivida y la realidad compartida de otros me confirman estas palabras que comparto.

si realmente buscas al amor de tu vida:

NO TE APRESURES
NO QUEMES ETAPAS
NO ENTREGUES TU INTIMIDAD TAN RÁPIDO
GASTA TIEMPO HABLANDO Y ESCUCHANDO
HAZTE RESPETAR DESDE EL PRIMER MOMENTO Y RESPETA AL OTRO
NO UTILICES AL OTRO COMO OBJETO QUE CALME TUS PASIONES Y TU INSTINTO

Y, SOBRE TODO, PÍDELE AL SEÑOR QUE TE DE LUZ PARA DISCERNIR SIN PRISAS SI ESA PERSONA ES LA IDÓNEA PARA FORMAR UNA FAMILIA, UN HOGAR....
Si lo que buscas es APROVECHARTE DE OTRO CUERPO QUE TE ATRAE,
Si lo que buscas NO ES ALGO SERIO solo pasarla bien....
Si no buscas a alguien ÚNICO sino que cualquiera que te haga cosquillas te vale...
entonces DIsCULPA, estamos en ondas diferentes.


Miedo + desconfianza= rechazo

17.07.17 | 09:24. Archivado en Acerca del autor

Tras conocer la pasada semana la historia de José, hijo de Jacob, vendido por sus hermanos y finalmente hombre de confianza del faraón. También vimos como al final José recuperó a su familia y la reagrupó en tierras egipcias. Hoy asistimos a un episodio triste: Años después de la muerte de José un faraón que no le había conocido toma una terrible decisión contra el pueblo de Israel: “Cuando nazca un niño, echadlo al Nilo; si es niña, dejadla con vida”.

¿Por qué esta terrible persecución contra el pueblo de Israel en Egipto? Podemos resumirlo en tres palabras que tristemente siguen estando en la raíz de muchos conflictos en nuestros días: MIEDO, DESCONFIANZA, RECHAZO.

El faraón tiene miedo del pueblo de Israel: “el pueblo de los hijos de Israel es más numeroso y fuerte que nosotros”. Ese miedo le lleva a la desconfianza: “no vaya a declararse una guerra y se alíe nuestros enemigos, nos ataque y después se marche del país”. Y ese temor y desconfianza deriva en un rechazo: “obremos astutamente contra él, para que no se multiplique más”.

Y es que en la raíz de muchos conflictos aún en nuestros días son estas tres palabras: miedo, desconfianza y rechazo.

Por ese mismo motivo se desencadenaron las persecuciones contra la comunidad cristiana de los orígenes de la que se hace eco el evangelio que hemos proclamado hoy: “los enemigos de cada uno serán los de su propia casa.”
Y es que el ADN de la Iglesia cuando vive fiel y entregada al mensaje evangélico es la persecución. Así le pasó al mismo Señor y a muchos de sus discípulos. Quien se planta cerca de la luz recibe el miedo, desconfianza y rechazo de quien vive a gusto en las tinieblas del egoísmo, bienestar y de la injusticia.

¿Cuál es la actitud del creyente ante estas persecuciones? Lo hemos rezado en la respuesta del salmo: “Nuestro auxilio es el nombre del Señor”. No es la venganza, no es la confrontación, no es la violencia.

Que el Señor nos cubra con el manto de su misericordia y sepamos vivir con paciencia, serenidad y alegría los pequeños y grandes sufrimientos que nos vengan por ser cristianos.


Vale la pena seguir creyendo en la bondad

14.07.17 | 09:55. Archivado en religión, liturgia

En las lecturas de la misa de hoy asistimos a uno de los encuentros bien emotivos en la historia de José. El encuentro con su padre Jacob. ¡Qué hermosa manera de describirlo y qué cercano a nuestra propia realidad! “José, al verlo se le echó al cuello y lloró abrazado a él”. La respuesta de su padre Jacob: “Ahora puedo morir, después de haber visto tu rostro y que vives”. ¿No nos resultan familiares estas palabras semejantes a las de Simeón cuando vio al niño Jesús: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador”?

El encuentro de los justos. Se hace realidad esa máxima latina tan elocuente: “Cor ad cor loquitur” (el corazón habla al corazón). Son tantos los ejemplos en la escritura de encuentros entrañables entre corazones que aman al Señor… Hoy Jacob y José prefiguran uno de los encuentros más esperados: el del Padre con su hijo. Son figura del gran encuentro entre Dios Padre que recibe en su gloria al Hijo, Jesucristo, que ha llevado a cabo el sacrificio de redención de la humanidad.

Así lo hemos rezado en el salmo: “El Señor es quien salva a los justos”. En este caso en medio de la maldad de la envidia y el odio José y Jacob, hijo y padre, ambos víctimas del pecado de otros, finalmente se encuentran en un abrazo que sana toda herida y es bálsamo ante todo dolor.

Y es que ya nos lo confirma el evangelio que hemos proclamado hoy. En el mundo somos enviados como ovejas entre lobos. No caigamos en la trampa de pensar que solo sobrevivirán quienes se conviertan en lobos. No es verdad que hay que volverse malos. Sigamos apostando por la bondad del corazón, por vivir según la justicia del corazón que ama y se entrega a Dios. No dejemos de confiar en el Señor en medio de los problemas y dificultades. Miremos a Jacob y a José, a pesar de la desgracia, a pesar de ser víctimas del pecado de otros… permanecieron fieles sin rencor ni odio en su corazón.


Cuanto mayor la confianza mayor la capacidad de ser testigo

13.07.17 | 11:56. Archivado en religión, liturgia

Hoy seguimos leyendo la historia de José y sus hermanos. En esta ocasión José desvela su identidad ante la sorpresa y perplejidad de sus hermanos. Si hacemos el ejercicio de ponernos en el lugar de aquellos hombres que ven cómo aquel hermano tan odiado que fue vendido y abandonado ahora está delante suyo como una autoridad en Egipto no es para menos que también nosotros sentiríamos una mezcla entre temor y vergüenza. Temor por una posible venganza o ajuste de cuentas y vergüenza por haber cometido semejante atrocidad. Pero José no tarda en tranquilizar esos corazones inquietos. “ahora no os preocupéis, ni os pese el haberme vendido aquí”. Estas palabras, sin duda, hablan de la talla humana de José pero la frase que sigue da a conocer de dónde saca semejante calidad humana: de su Fe y confianza en Dios: “para salvación me envió Dios delante de vosotros”.
Ayer hablábamos de la necesidad de crecer en un corazón compasivo y misericordioso y hoy en el salmo hemos orado diciendo: “recordad las maravillas que hizo el Señor”, salmo 104 que canta las maravillas que hizo Dios por medio de José en Egipto.
Un corazón compasivo y misericordioso que crece en la medida en que uno mismo va experimentando semejante compasión y ternura. Porque nuestra vida cristiana es un “dar gratis lo que hemos recibido gratis”. Uno no puede dar de lo que no tiene. Cuanto más nos llenemos de Dios, cuanto más le dejemos hacer a Él en nuestras vidas, cuanto mayor sea nuestra confianza en su voluntad… mayor será nuestra capacidad de dar de lo que recibimos. No se trata de crear superhombres que se construyen a si mismos. Se trata de dejarse hacer y modelar por el sueño de Dios sobre cada uno de nosotros. Y después, solo después de haberme dejado recrear por el Señor… salgamos y proclamemos que el Reino de los Cielos está cerca, ya brota en nuestros corazones!


Iglesia en salida: hogar para el pobre y hospital para el pecador

12.07.17 | 13:58. Archivado en religión, liturgia

En la palabra de Dios de este miércoles leemos en la primera lectura un pasaje del libro del Génesis donde se nos narra el momento en que los hermanos de José, debido a la hambruna que golpeaba la zona por la sequía, tienen que pedir ayuda al faraón. El faraón había delegado toda la gestión a José del que se fiaba completamente. Llegaron aquellos israelitas a pedir sus raciones ante José sin conocerlo, jamás imaginarían que José salvaría la vida o estaría en un puesto de relevancia tras ser vendido como esclavo, pero José sí les reconoció.
En el salmo, respuesta a la primera lectura, hemos orado diciendo “que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de tí”. De alguna manera aquellos israelitas se acercan a pedir esa misericordia que les ayude a sobrevivir. Y José prefigura la actitud del Señor mostrando compasión y misericordia ante sus hermanos. No hay venganza, no hay revancha, no hay rencor ni odio. José, hombre honesto y de puro corazón, se apiada de los hermanos que años atrás le vendieron como esclavo debido a la envidia y odio que le tenían por ser el favorito de su padre.
¿Cuál es la enseñanza de la Palabra en este día para nosotros? Aprender a desarrollar y vivir la compasión y la misericordia. Tener un corazón liberado de prejuicios y juicios. Un corazón capaz de salir al encuentro de las ovejas descarriadas, de los castigados por la dureza de la vida que han endurecido su corazón… “Id a las ovejas descarriadas de Israel” le pide el Señor a sus discípulos en el evangelio que hemos proclamado hoy.
Una Iglesia en salida, compasiva y misericordiosa, hogar para el pobre y hospital para el pecador.


¿Cómo bendecimos al Señor en todo momento?

11.07.17 | 10:22. Archivado en religión, liturgia

Hemos respondido en el salmo de hoy: “bendigo al Señor en todo momento”. El verbo bendecir tiene su origen en la palabra latina Benedicere que es la suma de dos vocablos: “bien decir”, decir bien de algo o de alguien. La comunidad cristiana hoy ha expresado en el salmo el deseo de bendecir al Señor en todo momento. Es decir, de hablar bien de Dios en cada acontecimiento de la vida. Cuando usamos la palabra “hablar” sabemos que no solo nos referimos a la acción verbal de pronunciar palabras. Se habla también con el silencio, con los gestos, con la imagen y, sobre todo, se habla con el testimonio, con el ejemplo, con la vida. Cuando decimos hoy que bendeciremos a Dios en todo momento estamos haciendo oración un compromiso: quiero que mi vida de testimonio de mi amor por el Señor. No solo mis palabras, también mis gestos, mis opciones, mis detalles, mis compromisos, mi vida entera en definitiva.
Así nos invita, precisamente, la primera lectura extraída hoy del libro de los proverbios. Escuchar, no olvidar, invocar, procurar, buscar, comprender… son algunos de los verbos que aparecen en esta primera lectura.
Y es que bendecir al Señor tiene que ver con saber escuchar su Palabra, no olvidar sus promesas y sus mandatos, invocar continuamente su ayuda y fortaleza, procurar traducir en hechos el amor que va brotando y creciendo en mi corazón, buscar siempre la voluntad de Dios en mi vida y comprender las distintas presencias del Señor a nuestro alrededor que nos habla en su Palabra, en la eucaristía, en los acontecimientos y en las personas que nos vamos encontrando en el día a día.
Vale la pena vivir así desde esta confianza y abandono al proyecto que Dios tiene para cada uno de nosotros. Como hicieron los apóstoles que dejaron todo para seguirlo. ¿la recompensa? Una vida plena, una vida feliz y con sentido aquí en la tierra y después, la bienaventuranza del cielo.


“Yo estoy contigo”, “Yo te guardaré donde quiera que vayas” y “no te abandonaré”.

10.07.17 | 10:01. Archivado en religión, liturgia

En la primera lectura de hoy nos encontramos con el pasaje del sueño de Jacob: una escalinata que unía cielo y tierra. Ángeles que subían y bajaban por ella y en lo alto el Señor de pie que habla a Jacob y le promete una descendencia numerosa y tres expresiones muy hermosas: “Yo estoy contigo”, “Yo te guardaré donde quiera que vayas” y “no te abandonaré”.
Al despertarse del sueño Jacob realiza un rito de consagración de aquel lugar: tomó la piedra que le había servido de almohada, derramó aceite sobre ella y puso un nombre al lugar.
Como respuesta del salmo hemos repetido: “Dios mío confío en ti”. Siempre el salmo es respuesta de la comunidad cristiana a la primera lectura. Nosotros hoy, tras escuchar el sueño de Jacob y la alianza entre Dios mismo y él contestamos… “Dios mío, confío en Ti”.
Nos unimos a la experiencia de Jacob y también nosotros estamos llamados a realizar una promesa, una alianza con Dios. Una alianza fruto de la confianza en que Dios nunca falla, no se desentiende, no mira para otro lado, no ningunea al ser humano, le interesan nuestros cansancios y agobios (como nos decía en el evangelio del pasado domingo).
La Palabra de Dios hoy nos habla de confianza. Así lo remarca el Evangelio que hemos proclamado hoy. Alguien se acerca a Jesús desde su dolor ante la muerte de su hija. Pero su confianza en Jesús es tan grande que aún recién fallecida siente el empuje de clamar a Jesús y pedir que vuelva a vivir. La misma confianza de la mujer que yendo Jesús de camino al lugar donde yacía muerta la hija de aquella persona siente el empuje de acercarse a Jesús y tocar su manto con la esperanza de verse sanada de sus pérdidas de sangre. Y así ocurrió! Para Jesús no pasó desapercibido ni el sufrimiento de la mujer ni su profunda fe. Quedó sanada! La mujer recuperó su vida y su salud y aquella niña recuperó el aliento de vida cuando Jesús la tomó de la mano.
Confianza. Tener confianza es vivir con fe. ¿Cómo es nuestra fe? No una fe milagrera ni supersticiosa. Fe en la fuerza que mana del corazón de Jesús. Fe en su mirada misericordiosa que no pasa indiferente ante nosotros.
Pero no todos gozaban de esa confianza. Hubo quien se rio cuando Jesús dijo que la niña no estaba muerta sino dormida. Es una cuestión de confianza.
Algunas de las imágenes que querría recuperar de las lecturas de hoy:
Cada vez que celebramos la eucaristía sucede el sueño de Jacob: El cielo y la tierra se unen, hay un intercambio gozoso entre lo divino y lo humano. En el sacrificio de Jesús en la santa misa, la Iglesia, su esposa, escucha la voz de su Señor que sigue creyendo en nosotros. Recordemos las tres hermosas expresiones: “Yo estoy contigo”, “Yo te guardaré donde quiera que vayas” y “no te abandonaré”.


Dios conoce nuestro pecado pero nos llama por nuestro nombre

07.07.17 | 11:13. Archivado en Acerca del autor, religión

En la primera lectura de hoy asistimos al relato del inicio de una hermosa historia de amor, la de Rebeca e Isaac. Un buen día el Señor hizo que coincidieran sus caminos, se cruzaran sus miradas y se alegraran sus corazones. Muy parecido a lo que hoy en día llamaríamos flechazo a primera vista. El amor es el motor de la vida del ser humano. Es la fuerza que nos mueve y nos motiva, que nos ilusiona y nos hace gozar de la belleza de vivir. Todo ser humano necesitamos amar y ser amados. Podemos vernos privados de mil cosas pero si nuestro corazón se siente amado y ama con pasión a alguien odas las penas y pesares se sobrellevan con otro ánimo. No hemos de olvidar que el amor con mayúsculas viene de Dios que es el Amor por excelencia. Vivimos en un mundo que a menudo confunde amor con deseo, amor con tensión sexual, amor con posesión. No. El amor auténtico que nace del corazón de Dios es un amor oblativo, que se dona, que siente el empuje de salir al encuentro del otro, entregarse sin reservas y vivir para hacer feliz al otro. Ese amor nada tiene que ver con la salsa rosa ni la lujuria ni los deseos de posesión. Es un amor que se da que consuela, que edifica y que nos hace crecer.
La mirada de Dios hacia el ser humano es siempre una mirada de amor que edifica y consuela el corazón humano. En el evangelio Jesús mira así a un cobrador de impuestos acostumbrado a recibir miradas de desprecio por su estilo de vida colaboracionista con un pueblo invasor. A Mateo nadie le miraba con amor probablemente. Al menos no con el profundo amor con que le miró Jesús. “En aquel tiempo, vio Jesús a un hombre llamado Mateo”. La mirada de Jesús que desarma toda barrera, toda reserva y que habla directamente al corazón. Con esa mirada amó Jesús a Mateo. Y dejó todo tras escuchar a Jesús que le invitaba: “sígueme”. No lo dudó porque nunca antes había sentido una mirada con tanto amor como aquel día.
Así mismo nos mira el Señor a nosotros.. es siempre una mirada de ternura y compasión. Dios no mira fiscalizando ni condenando… Dios mira sanando. Porque no ha venido a por los justos sino a por los pecadores. Dios no se da por vencido, no tira la toalla y sigue amando al corazón del ser humano haciéndolo capaz de cambiar de vida, de abandonar el pecado, de desear la santidad. El pecado nos humilla, nos aísla, nos destruye… la mirada compasiva y reparadora de Dios nos levanta, nos congrega en una familia y nos edifica como personas…
Escuchemos la voz del Señor que nos mira como a Mateo y con ternura nos dice: “sígueme”.
Y recordemos: El diablo conoce nuestro nombre pero nos llama por nuestro pecado. Dios conoce nuestro pecado pero nos llama por nuestro nombre.


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