Espacio para el espíritu

Danos hoy nuestro pan de cada día

11.08.12 | 09:00. Archivado en Evangelio
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Yo soy el pan de vida, el que coma de este pan vivirá para siempre…
Cuando Jesús multiplicó los panes quería, obviamente, saciar el hambre de aquellos israelitas; pero aquello era para Él «signo» de algo más … de un pan capaz de saciar “hambres más profundas”.
Los españoles de la posguerra creían estar insatisfechos porque les faltaba pan en la despensa. Luego empezaron a tener pan en abundancia y siguieron teniendo hambre. Pensamos entonces que nuestra hambre se saciaría en un «burger». Comimos un montón de hamburguesas y seguimos teniendo hambre. Además, empezó a subirnos el colesterol. Algo parecido nos ocurrió con el coche y con el piso.
Pasamos del «600» al «R-11», Y después al Alfa Romeo (quienes pasaron, claro), y seguimos insatisfechos. Pasamos de los colchones de borra (cuando no de farfolla) a los colchones «Flex», y a los de Latex, de las fresqueras a los frigoríficos, del agua en baldes al agua caliente central... y seguimos insatisfechos. No sabíamos, no queríamos saber- que nuestra hambre, en definitiva, era de Dios.
Pues bien, consideremos los dos principales alimentos que sacian esa hambre de Dios. La tradición ha hablado siempre de dos «mesas» en las que se alimenta su pueblo: la de la Eucaristía y la de la Palabra. Refiriéndose a ellas decía santa Teresa que «si no es por nuestra culpa, no moriremos de hambre».
Afortunadamente hemos empezado a dar importancia a las dos mesas, porque en el pasado daba la sensación de que las Iglesias cristianas nos las habíamos repartido: los protestantes se quedaron con la mesa de la Palabra y los católicos con la mesa de la Eucaristía. Incluso decíamos antes del Concilio que la misa «valía» (horribile dictu) con tal de llegar al ofertorio; es decir, que podíamos prescindir sin problemas de toda la liturgia de la Palabra.

El pan de la Eucaristía

Empecemos por el pan eucarístico. San Francisco de Asís, en su Paráfrasis del Padrenuestro -que, tanto el análisis interno como los testimonios externos permiten incluirla entre los escritos auténticos del Santo-, al llegar a esta cuarta petición dice: «Tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, dánosle hoy».
Siempre me ha gustado mucho esa paráfrasis porque, efectivamente, lo esencial no son las enseñanzas de Cristo, sino Él mismo. Para el Poverello, la petición del pan cotidiano se
transformaba en petición de ese «pan de vida» que es el mismo Jesús (Jn 6,35).
El pan eucarístico es para los cristianos una fuente de energía…
Como mínimo, deberíamos recibir semanalmente el pan eucarístico; pero -igual que el pan de la panadería- el ideal es recibirlo todos los días. De hecho, parece un contrasentido rezar diariamente el Padrenuestro llamando «pan cotidiano» a la eucaristía y comulgar de Pascuas a Ramos. «Si el pan es cotidiano -decía san Ambrosio-, ¿por qué piensas recibirlo de año en año, como hacen los griegos en Oriente? Recibe cada día lo que cada día te beneficia. Vive de tal modo que merezcas recibirlo cotidianamente».
Quienes tenemos facilidad para recibir todos los días la eucaristía, y quizás no la aprovechamos o lo hacemos rutinariamente, deberíamos pensar en los cristianos que desearían ardientemente poder hacerlo. Recordemos unas palabras de la Carta dirigida por Juan Pablo II a los sacerdotes con motivo del Jueves Santo de 1979, calificadas de «conmovedoras» por Benedicto XVI en Sacramentum caritatis (n. 75):
«Pensad en los lugares donde esperan con ansia al sacerdote, y donde desde hace años, sintiendo su ausencia, no cesan de desear su presencia. Y sucede alguna vez que se reúnen en un santuario abandonado y ponen sobre el altar la estola aún conservada y recitan todas las oraciones de la liturgia eucarística; y he aquí que en el momento que corresponde a la transustanciación desciende en medio de ellos un profundo silencio, alguna vez interrumpido por el sollozo... ¡con tanto ardor desean escuchar las palabras, que sólo los labios de un sacerdote pueden pronunciar eficazmente!».

La Palabra de Dios

Pan singular y propio de los discípulos de Jesús es también la Palabra de Dios. Lo dijo Moisés (Dt 8,3) Y lo repitió Jesús (Mt 4,4): «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».
Tratándose de la palabra de Dios, lo importante no es «comer» mucho, sino «digerir» bien. A los grandes teólogos y místicos les bastó un solo versículo de la Escritura para construir una interesante meditación.
Incluso ha habido personas que dedicaron su vida entera a hacer realidad una sola frase del Evangelio. El 24 de febrero de 1208 un joven de 26 años llamado Francisco estaba oyendo misa en la capilla de Santa María de los Ángeles y escuchó cómo fue el envío de Jesús a los doce: «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis. No llevéis oro, ni plata, ni dinero en el bolsillo; ni zurrón para el camino, ni dos túnicas...» (Mt 10,7-10). No necesitó oír más: «Esto -dijo- es lo que yo anhelo poner en práctica en lo más íntimo del corazón». Desde entonces toda la vida de Francisco de Asís consistió en hacer realidad esa frase.
Así debería ser siempre. La Escritura no contiene «frases hechas», sino «frases por hacer».
Aunque hayamos revalorizado mucho la liturgia de la Palabra, todavía estamos lejos de ponerla en paralelo con la liturgia eucarística.
Hace muchos siglos escribía Orígenes: «Cuando recibís el cuerpo del Señor, lo conserváis con toda cautela y veneración, para que no caiga la mínima parte de él, para que no se pierda nada del don consagrado. Os consideráis culpables, y con razón, si cae algo por negligencia. Pues si tenemos tanta cautela para conservar su cuerpo, y la tenemos con razón, ¿por qué creéis que despreciar la palabra de Dios es menor sacrilegio que despreciar su cuerpo?».
De la lectura privada de la Biblia, mejor no hablar: Es generalmente un libro arrinconado en las casas de los católicos. Esto es peligroso porque, igual que la falta continuada de ejercicio puede atrofiar un órgano, el desinterés habitual por la palabra de Dios podría hacer que quedáramos para siempre inapetentes.

Anorexia espiritual

Todos sabemos qué es la anorexia. Quienes padecen esa enfermedad no tienen apetito y, por lo tanto, no comen; lo malo es que, cuanto menos comen, menos apetito tienen... y, si no ponen fin a tiempo a ese círculo vicioso, les sobreviene la muerte.
Pues bien, también hay una anorexia espiritual.
Igual que ocurre con el cuerpo, también necesitamos alimentar diariamente el espíritu. Un día está equilibrado sólo cuando nuestra dedicación al trabajo -aun tratándose del trabajo apostólico- deja tiempo para el cultivo de la propia persona, para la relación con los demás y para el desarrollo de esa interioridad en la que late la presencia de Dios.


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Comentarios
  • Comentario por Ángeles Lozano Sánchez 22.10.12 | 20:41

    Cuando entro en algunas cadenas comerciales cuyo nombre no puedo comentar repiro un olor inconfundible que me connota mi infancia .Hoy me he enfadado con mi hija con la que me llevo 36 años porque ella me ice que es un ambientador pero cuando se ha ormido muchos años en un colchón que mi madre llamaba de borra ese olor no se olvida.Estudié Filología Hispánica y he ado clases en Secundaria muchos años ahora estoy prejubilada por enfermedad.Ese término quedó guardado en mi mente y ahora ha aflorado.Me podéis comentarsi alguno recordáis este penetrante olor o si es hijo de mi sólode mi mente.

  • Comentario por Mostaza 12.08.12 | 09:23

    Me ha parecido una reflexión hermosa y profunda. Tal vez un poco larga pero muy completa, y sobre todo escrita con unas palabras directas y sencillas que hacen pensar. Muchas gracias Juan. Saludos.

  • Comentario por María 11.08.12 | 23:48

    LA verdad es que éste hombre escribe fantástico!!con una sencillez tan pura que a mi también me gustan sus escritos,pues si!!recopila lo que puedas que una buena catequista es algo que tiene que gustar y a la vez no es tan fácil serlo,pero todos los artículos buenos ayudan y tb como se sea...gracias

  • Comentario por Inmaculada 11.08.12 | 16:48

    Me parecen sumamente interesantes sus artículos, tanto que los estoy guardando porque seguro que me servirán en mi tarea como catequista. Muchas gracias.

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