¿Qué podemos hacer?

SENSACIÓN DE IMPOTENCIA
No es necesario asomarse a los medios de comunicación social y contemplar los sesenta millones de muertos de hambre, la tercera parte de la humanidad que sobrevive en la pobreza, los cien millones de niños de la calle, para tener una dolorosa sensación de impotencia ante el mal. Basta contemplar el pequeño mundo de nuestra ciudad para tener esa sensación de impotencia ante las familias pobres, el número de toxicómanos, alcohólicos, familias rotas, personas solas... Otro tanto habría que decir a nivel psicológico y religioso: ¡Cuántos miles de personas desorientadas, alejadas de la fe, que vagan sin rumbo en nuestro mismo entorno...! Ante esta riada de aguas turbias y violentas nos preguntamos acobardados: ¿Qué puedo hacer?
La tentación inmediata es clara: remitir los problemas a las grandes organizaciones del Estado o de la Iglesia: "Para eso están las instituciones correspondientes"... "Esto no es cuestión de pequeños esfuerzos -nos decimos-, sino de grandes proyectos. Lo poco que yo puedo hacer no merece la pena hacerla, porque, prácticamente no resuelve nada"... Acostumbrados al gigantismo contemporáneo, la pequeña actitud de la hormiga, de la viuda con su óbolo, de la vela y el grano de sal, la pequeña semilla... nos parecen cosas bonitas, pero inútiles. Esta tentación de inhibirse, porque lo que podemos hacer y nada es todo uno, responde a un doble sentimiento: A un complejo de inferioridad del pueblo (creo que nuestro pueblo, nuestros seglares tienen complejos de inferioridad, de inutilidad) y a una disfrazada justificación de la pereza.
Ante las frecuentes megalomanías, Jesús nos invita e incita, en el pasaje de hoy, a que sembremos las pequeñas semillas que él ha puesto en nuestro zurrón, que con la vitalidad que llevan dentro se convertirán en arbustos fecundos para el Reino.
EL GRAN MILAGRO
¿Qué podemos hacer que merezca la pena y sea fecundo? Pues, mucho, muchísimo. En primer lugar, podemos hacer el increíble milagro de ser una semilla que se sepulta por la entrega y el servicio a los demás; podemos hacer el milagro de "ser buenos" de verdad (no sólo "no-malos"); podemos hacer el milagro de amar, no importa en qué profesión o en qué trabajo.
Toda persona buena de verdad, todo santo provoca una verdadera revolución, aunque, como Teresa del Niño Jesús, esté oculta en la clausura de un convento.
Los cristianos deberíamos haber asimilado estos criterios tan entrañados en el evangelio. Somos de origen muy humilde. Frente a las megalomanías de los judíos de su tiempo, Jesús inicia su obra, el pueblo de la Nueva Alianza, con un puñado de pescadores, hombres de pueblo sin poder, sin preparación y sin dinero. La primera comunidad de Jerusalén está compuesta por lo más humilde de la sociedad judía. Lo mismo sucede con las comunidades de Pablo: "Y si no, hermanos, fijaos a quiénes llamó Dios: a los ignorantes, a los plebeyos, a los débiles, a los que no cuentan" (1 Co 1 ,26-29). Aquellos diminutos granos de mostaza se convierten pronto en árboles copudos en los que se cobijan personas de todo el vasto imperio romano. Hoy ya sabemos lo gigantesco que es el árbol de la Iglesia.
Uno no sale de su asombro al recordar los inicios tan insignificantes, la semilla tan microscópica que fue la fraternidad franciscana. Aquellos "seis locos de Asís", como los llamaba la gente de la comarca, vestidos a la campesina y cobijados
en una miserable choza, son hoy más de doscientas congregaciones en la Iglesia. Con frecuencia se oye a personas quejarse del escaso resultado de sus esfuerzos; yo estoy asombrado de la fecundidad de tantas semillas de bien que he visto sembrar, no por otra razón que por la fuerza y vitalidad de la misma semilla del Evangelio, que está hecho a la medida del hombre, y por la acción del Espíritu que actúa en el corazón de las personas. El hombre, desde su profundidad, suspira por el Evangelio, por Jesús de Nazaret, el Camino, la Verdad y la Vida.
SIEMBRA CONSTANTE Y ESPERANZADA
Puede ser que, en momentos cruciales de la vida, Dios nos pida opciones y decisiones un tanto heroicas. Pero lo normal es que no nos pida la siembra de gestos grandiosos y heroicos sino de pequeños gestos, una siembra que ha de ser constante. Dios nos pide un gesto de cordialidad hacia quien vive deprimido, una sonrisa acogedora a quien está solo, una señal de simpatía hacia quien se siente abandonado, un gesto de solidaridad, colaboración con un movimiento o grupo humanitario. Una afectuosa llamada de teléfono, una alabanza oportuna, una palabra de estímulo, cuando nacen de lo hondo del corazón, son semillas del Reino que pueden dar mucho fruto, pueden producir estímulo, amistad, fe. Con pequeños esfuerzos se pueden dar grandes alegrías. Dejémonos de sueños grandiosos e imposibles. Si fuera sacerdote... si tuviera más tiempo... si tuviera autoridad... si estuviera más preparado... Es cuestión de hacer lo posible.
Probablemente no estamos llamados a pronunciar grandes discursos, pero sí a sembrar la semilla del Evangelio en conversaciones de amigos, con familiares, con personas con las que nos encontramos en el vivir diario. Una palabra cordial de aliento, de corrección, de consejo puede orientar o reorientar toda una vida. En conversaciones de compañeros de estudio convirtió Ignacio de Loyola a Francisco Javier. Cuando esa siembra es constante, refleja un talante, un modo de ser, un estilo de vida que se convierte en un gran testimonio. Siembra, padre, siembra catequista, siembra profesor, siembra, seas quien seas, con constancia y con esperanza, aunque tal vez te dé la sensación de que estás sembrando en el asfalto. A veces, cuando menos se espera, la semilla nace, crece y da fruto. Incluso puede ocurrir que no lleguemos a ver el tallo germinado de la semilla. La siembra de Mónica en el espíritu rebelde de su hijo Agustín tardó diez años en nacer...
"Cuando uno sueña -afirma Dom Helder Camara- es un sueño; cuando sueñan varios, ya es realidad". Nuestros pequeños gestos, cuando se unen a los pequeños gestos de otros, se convierten en una gran siembra que produce una gran cosecha. Un millón de gritos aislados contra el terrorismo y a favor de la paz es gritar en el desierto. ¡Un millón de gritos unidos en una manifestación caudalosa hace temblar a los tiranos, sean personas o grupos.
La tarea contra los grandes enemigos de la sociedad es como una tarea común contra la peste; todo el mundo puede hacer algo, traer agua, sostener una vela, ir de casa en casa por si alguien nos necesita... Si lo dejamos todo en manos de las instituciones oficiales, todos moriremos apestados. El pueblo sencillo debe conocer las incalculables posibilidades que tiene, sobre todo cuando se une. "Lo más importante que hay en Iberoamérica -testifica el gran teólogo Gustavo Gutiérrez- es la fe del pueblo, la enorme entrega y la santidad que hay en muchas personas que trabajan anónimamente. Ellos, y no las personalidades o los teólogos, son los que representan a la Iglesia". Enteramente de acuerdo.
Llevamos todos un saco de pequeñas semillas buenas que pueden dar una espléndida cosecha... Lo ha garantizado el Señor. Por eso, como Pedro con respecto a las redes, hemos de decir: "Señor, en tu nombre arrojaremos las semillas". Pablo daba fe de la fecundidad del que evangeliza: "Yo planté, Apolo regó, pero era Dios el que hacía crecer" (1 Cor 3,6).
Miércoles, 22 de mayo
Carlos F. Barberá
Juan Fernandez Krohn
César Luis Caro
Josemari Lorenzo Amelibia
Urbano Sánchez García
Alejandro Córdoba
José Manuel Bernal
Asoc. Humanismo sin Credos
Rufo González Pérez
Francisco Margallo