Leí una interpretación del desierto que me hizo pensar en el Dios de mi fe. Para los árabes el desierto es el jardín de Alá. Allí donde no hay nada, ni animales ni personas, para que Alá “pueda pasearse en paz”.
Felizmente el Dios de mi fe es distinto. Le gusta pasearse a la fresca de la tarde charlando con Adán, símbolo de todos los hombres. A Dios le aburre pasearse solo. Prefiere la compañía de los hombres. Dios se hace presente allí donde están los hombres. Le encanta su compañía, por más que a veces, los hombres ni se enteren.
Los hombres no somos un estorbo para Dios. Somos su mejor compañía y sus mejores amigos.
Si los hombres le dejamos solo, él espera.
Oración de un hombre mediocre
Señor, hoy celebramos ese gran regalo que Tú nos haces a todos y a cada uno de los seres humanos y que es tu Espíritu Santo. Hoy es Pentecostés.
¿Por qué siento esta mañana con fuerza tan especial mi vacío interior y la mediocridad de mi corazón? Mis horas, mis días, mi vida está llena de todo, menos de Ti. Cogido por las ocupaciones, trabajos e impresiones, vivo disperso y vacío, olvidado casi siempre de tu cercanía. Mi interior está habitado por el ruido y el trajín de cada día. Mi pobre alma es como «un inmenso almacén» donde se va metiendo de todo. Todo tiene cabida en mí, menos Tú.
Cuando hablamos de los dones del Espíritu Santo solemos olvidarnos mucho del “don de fortaleza, de valentía y de coraje” y pienso que es uno de los dones más maravillosos del Espíritu Santo. Y de los más necesarios tanto personalmente como eclesialmente. Por nosotros mismos somos débiles, por muy forzudos que nos creamos.
Y hay muchas cosas que afrontar en la vida que requieren de valentía y de coraje.
Uno de los elementos paralizantes de la vida, también de la vida de la Iglesia, es el miedo.
Dispensador de vida
Espíritu Santo,
Dispensador de vida:
abre nuestra inteligencia
y aviva en nuestro ser
el deseo del Dios vivo.
Recibid el Espíritu Santo
Esa vida que salió del sepulcro, hoy, Pentecostés, nos es narrada de otra manera. Es lo mismo, pero la descripción es diferente. Hablamos de elementos que no es fácil dominar para describir la fuerza de la vida que aparece en el acontecimiento que celebramos: fuego, aliento, soplo, viento, fuerza que hace todo nuevo... Para bajar a lo concreto tendríamos que traer a la imaginación a esas personas llenas de Dios que hemos encontrado en el camino de la vida. Se les nota enseguida. Tienen un aire distinto que no huele para nada a rancio. Más bien en ellos todo es novedad, frescura, «da gusto», acabamos diciendo y nos sorprenden hasta preguntarnos: me dónde le viene a esta persona esa vida, esa profundidad y esa sabiduría? Le vienen del Viviente y del Espíritu que él nos envía.
Pentecostés es la fiesta de la alegría, del fuego, el domingo en el que los creyentes nos sentimos orgullosos de Dios.
Hay una frase del escritor, Jean Rostand: "Con frecuencia me pregunto si los que creen en Dios le buscan tan apasionadamente como nosotros, que no creemos pensamos en su ausencia".
La frase es tremenda. Porque efectivamente, hay ateos que buscan a Dios con angustia, con pasión, porque le necesitan y no consiguen encontrarle. Y uno se pregunta por qué los creyentes no parece que vivamos nuestra fe tan apasionadamente. Por qué hemos compaginado fe con aburrimiento en una especie de "anemia espiritual".
Saber retirarse a tiempo
Saber retirarse a tiempo implica una gran sabiduría. Juan dijo: “conviene que yo mengue para que él crezca”. Jesús dijo: “conviene que yo me vaya”. La Ascensión de Jesús significa tomar conciencia de que su tiempo ha terminado y comienza el tiempo de la Iglesia.
La Ascensión significa saber retirarse a tiempo. Y retirarse a tiempo para que los discípulos crezcan. Para que los discípulos se maduren. Porque mientras El está entre ellos y con ellos, los discípulos viven como pollitos bajo las alas de la gallina.
Saber retirarse a tiempo implica una gran pedagogía.
Una vez había una gran fiesta en un pueblo. Toda la gente había dejado sus trabajos y ocupaciones de cada día para reunirse en la plaza principal, donde estaban los juegos y los puestitos de venta de cuanta cosa linda uno pudiera imaginarse.
Los niños eran quienes gozaban con aquellos festejos populares. Había venido de lejos todo un Circo, con payasos y equilibristas, con animales amaestrados y domadores que les hacían hacer pruebas y cabriolas. También se habían acercado al pueblo toda la clase de vendedores, que ofrecían golosinas, alimentos y juguetes para que los chicos gastaran allí los euros que sus padres les habían regalado.
Entre todas estas personas había un vendedor de globos. Los tenía de todos los colores y formas. Había algunos que se distinguían por sus tamaños. Otros eran bonitos porque imitaban a algún animal conocido o extraño. Grandes, chicos, vistosos o raros, todos los globos eran originales y ninguno se parecía al otro. Sin embargo, eran pocas las personas que se acercaban a mirarlos, y menos aún los que pedían para comprar alguno.
A los que han dejado de venir…
Un hombre, que regularmente asistía a las convocatorias de su parroquia, sin ningún aviso dejó de participar en las actividades.
Después de algunas semanas, el párroco decidió visitarlo. Era una noche muy fría.
El sacerdote encontró al hombre en casa, solo, sentado delante de la chimenea, donde ardía un fuego brillante y acogedor. Adivinando la razón de la visita, el hombre dio la bienvenida al sacerdote, lo condujo a una silla, cerca de la chimenea y allí se quedó...
Esperaba que el párroco comenzara a hablar.
Pocas páginas hay en todo el Evangelio más hermosas que la parábola del buen samaritano. Pocas páginas más actuales también.
Porque, aunque presumimos mucho de los progresos del mundo, aunque hablamos constantemente de los avances de la medicina, la verdad es que ni ha retrocedido la enfermedad en el mundo, ni se puede recorrer hoy un solo camino sin encontrarse en la vida a personas heridas por la enfermedad al borde de nuestras horas.
Recuperar la alegría de vivir
Digo recuperarla, porque en realidad la hemos perdido. Mejor dicho, la hemos reemplazado por esas alegrías trapo. Hemos reemplazado la alegría por el placer, por tener cosas, por el triunfar, por el distraernos de nosotros mismos, por el pensar en puras fantasías huyendo de nosotros mismos.
Y además, hemos perdido la alegría de nuestra fe y de nuestra vocación, porque todos nos han metido miedo en el corazón y nos han presentado un Dios juez supremo dispuesto a sentenciarnos a todos.
Nuevo libro del sacerdote Juan Jáuregui Castelo
Quien se acerca a Jesús tiene la sensación de encontrarse con alguien extrañamente actual. Hay en él gestos y palabras que nos impactan todavía hoy porque tocan el nervio de nuestros problemas y preocupaciones más vitales. Los siglos transcurridos no han apagado la fuerza y la vida que encierran, a poco que estemos atentos y le abramos sinceramente el corazón.
Sin embargo, son muchos los hombres y mujeres que no logran encontrarse con él. No han tenido la suerte de escuchar con sencillez y de forma directa sus palabras. Su mensaje les ha llegado muchas veces desfigurado por doctrinas, fórmulas y discursos teológicos complicados.
Mucha gente sencilla y buena no sabe qué caminos andar para encontrarse con aquel Profeta, lleno de Dios, que acogía a prostitutas, abrazaba a los niños, lloraba con la muerte de sus amigos, contagiaba esperanza e invitaba a todos a vivir con libertad una vida más digna y dichosa.
Miércoles, 30 de mayo
Juan Fernandez Krohn
Universidad Pontificia Comillas
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo