Llegó a Salamanca revestido de una aureola heroica

Permalink 28.01.08 @ 12:05:30. Archivado en PASTORAL JUVENIL

A su fallecimiento, José María Javierre publicó en la revista INCUNABLE (5, 1964/1965) un recuerdo, bajo el título «Recuerdo de Incunable para Manuel Aparici», que ofrecemos seguidamente. Antes decir, que el Cardenal Javierre, hermano de D. José María, durante la conversación que mantuvimos con él en su casa de Roma nos dijo: «Manuel Aparici era un santo». Ambos hermanos fueron compañeros de Manuel Aparici en la Universidad Pontificia de Salamanca.

El artículo de D. José María dice así:
En las fichas biográficas que han circulado en periódicos y revistas con ocasión de la muerte de Manolo Aparici hay una laguna: un par de años a los que nadie da importancia, entre su primera Misa y el regreso del antiguo Presidente de la Juventud para ocupar el puesto de Consiliario Nacional. Es el tiempo que Aparici pasa en Salamanca como alumno de la Universidad Pontificia. Ejerce entonces una influencia silenciosa -como suele ocurrir en cuanto se refiere a nuestra intimidad sacerdotal-, pero muy profunda, sobre varias promociones de estudiantes salmantinos.

Manolo llegó a Salamanca revestido de una aureola heroica que las circunstancias de su acción juvenil en la guerra y la postguerra le habían merecido. Poseía las dos notas capaces de arrebatarnos en aquel momento exacto: Una fiebre de ideales nobles -peregrinación, sacrificio, oración ardiente, entrega- y un afán apostólico bien probado en su vida de seglar. Él tuvo que notar que los curas jóvenes que estudiábamos entonces en Salamanca le mirábamos con ojos de admiración y respeto. Pero supo disimular: a nadie he visto más sencillo, más cordial, más humilde, dispuesto a oír y a comprender. Dispuesto incluso a participar en nuestras aventuras y a fracasar en nuestros ensayos. Después de algunas aventuras pintorescas habíamos pedido al Sr. Obispo que nos dejara a los estudiantes del «Jaime Balmes» -con sede por aquel entonces en el descascarillado y magnífico palacio de Irlandeses- gobernarnos por nosotros mismos. Cuando llegó Aparici le nombramos Rector por aclamación. Manolo pidió limosna en Madrid para apuntalar la economía del Colegio; agenció becas y viáticos; compró los muebles para una salita de estar -nunca olvidaré la cara de desconsuelo que ponía Manolo cuando una tarde el tresillo voló por la ventada al patio a impulsos de la furia embriagada de un amigo irlandés-; organizó retiros y Ejercicios; creó la Academia Sacerdotal, en cuyo seno germinó la idea de «Incunable»; y hasta presidió nuestros festejos «religiosos y civiles» en los días de huelga que alguna vez nos atrevimos a organizar como protesta contra el olvido de fechas insignes en el calendario escolar. En el «Balmes» de entonces estudiábamos como fieras, vivíamos una temperatura sacerdotal enardecida, nos queríamos mucho (...) y lo pasábamos «bomba». Respaldados por la dirección espiritual cálida y exigente de Manolo, a quienes muchos de nosotros habíamos entregado confiadamente nuestro corazón.

¡Qué hombre bueno, qué sacerdote cabal! Aparici dio testimonio de fe, de piedad, de amor.

No era gran teólogo, ni siquiera pertenecía al tipo intelectual [1]. En sus pláticas, en sus conversaciones, decía cosas oscuras y complicadas en torno a los grados de humildad, al esquema de las virtudes, a las edades de la vida interior; las fierecillas escolásticas que estábamos a su alrededor sonreíamos pícaramente cuando Manolo se perdía en esos berenjenales. Pero nos cogíamos a su mano porque el nos entraba de verdad en la nube donde el Señor habita: Manolo percibía el misterio de la existencia sacerdotal, paladeaba los jugos de la fe. Esto, esto es la radiografía exacta: Aparici tenía fe, vivía de la fe. Como el justo. Como Abrahám.

Los asuntos profanos y hasta la acción temporal de la Iglesia los veía con cierta desconfianza. Trataré de hablar con precisión: en la luz de Manolo había un matiz ligeramente jansenista, si a este término le damos el valor positivo de la presión sobrenatural en las venas del mundo. Aparici pensaba que el sol sale cada día porque le empujan los ángeles. Y tenía razón. Los científicos dicen ... Bueno, y detrás de los científicos, y de las leyes físicas, eso, detrás ¿qué hay? ¿Quien hay? Aparici tenía razón, el sol sale cada día porque le empujan los ángeles.

¿Era ingenuo Manolo? Sí, era ingenuo. Aunque se puede ser bueno del todo, y Manolo era bueno, sin ceder, sin entregarse a la ingenuidad. Aparici traía en su alma toda la resaca de caballero andante que la guerra española le dejó dentro. El se sabía Capitán de Peregrinos. Nunca pensó en calcular los dividendos que a él podían corresponderle por el esfuerzo realizado, y por eso quienes había sido con él compañeros de Ideal le miraban ahora con cierta lástima, porque ya ellos sacaban las sumas y gozaban la renta de las hermosas palabras. Manolo continuaba creyendo en los altos ideales. Y quedó desplazado, anacrónico. Excesivo, Aparici resultaba excesivo. Tenía demasiada fe, demasiado fervor. Su nombre no entró en la baraja de importantes, no le tocó sitio en el extraño escalafón que nos fabricamos los clérigos, donde pueden dosificarse la devoción y las ambiciones secretas, donde pueden cohabitar las frases pías y el codazo ventajista. A Manolo no le interesaba medrar: estuvo al margen del tinglado. Era un sacerdote verdadero. Ensamblado en el Cuerpo Místico de Cristo: que santa manía la suya, situarlo todo en el gran mapa del Cuerpo Místico.

Ocurrió que el Señor signó la vida de Aparici con la tiza de las grandes ocasiones: ocho años en cruz. Según la partida de nacimiento, ya no era joven y, sin embargo, todos le pensábamos como un muchacho escogido por Dios para el sufrimiento. Allí, en su sillón, en la soledad del hombre vencido, esperaba las visitas que casi nunca llegaban: «Tenemos que ir a verle; cuánto hace que no has visto a Manolo; ayer le encontré un poco mejor ...». No era falta de cariño, sino esta falta de tiempo a que nos condena la vida de ingrato ajetreo. Manolo sabe que es precisamente de cariño el marco en que los sacerdotes de su época salmantina conservan su recuerdo. Y también INCUNABLE.

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