La Garrotxa tiene una fuerte densidad artística, no sólo por el paisaje, tan reconocidamente pintado por Vayreda y la escuela de Olot, o por las novelas carlistas y las poesías forestales de Maragall, o por la música de Montsalvatge, sino también por la escultura, con la industria de los santos, reproduciendo modelos de primeras firmas del Modernismo, y la obra clasicista de Clarà.
En un rincón de la comarca, el Sallent, barrio de Santa Pau, entre La carga de Ramon Casas y la Majestad románica de Batet, ha sido bien plantada la segunda imagen de san Josemaría Escrivá que sale de las manos del artista Etsuro Sotoo, cuatro años después de la venerada en la barcelonesa iglesia de Montalegre.
Sotoo, muy consciente de la función propedéutica del arte y la belleza, como camino, etapa y meta, sabe -se titula discípulo de Gaudí- que la búsqueda de la "verdad" es indispensable en el arte, y por ello explora lo más íntimo e inexplicable de la existencia de san Josemaría Escrivá y de nuestra existencia.
Esta segunda imagen es mucho más temperamental que la primera. Si aquella transmite paz, ésta difunde ánimo, dinamismo. La cara es menos reflexiva, más risueña. Una mirada y un gesto de complicidad y simpatía que remite a la escultura japonesa más clásica, a aquellos rostros de Buda de tanta fuerza expresiva e inalterable paz interior. Es una mirada optimista, con el optimismo de los hombres y las mujeres que tratan a Dios, de gran proximidad humana.
Aquella imagen urbana vive quieta, con el reposo de la edad avanzada. Esta imagen rural está en movimiento, caminando por el bosque de la Garrotxa con calzado duro y paso largo, con vigor. En su andar juvenil, el autor de Camino hace volar la sotana justo hasta el punto de no perder la dignidad de estatua, mostrando su fuerte arraigo en la tradición gráfica japonesa, tan presente en el manga actual.
¡La vida! El espíritu viviendo en la materia. El qi, la energía del universo somatizada, fluye del cielo a la tierra y de la tierra al cielo por el meridiano principal de la estatua, de los pies a la coronilla. Él, caminando por el bosque, recibe la energía de la tierra catalana, pero también se la da. Hay una comunión: el sacerdote Josemaría Escrivá es un pontífice, un puente entre la tierra y el cielo. La frente alta, el cráneo esférico, remiten al Dios que llena su cerebro y su espíritu; el calzado de bosque, no tiene nada que ver con la iconografía de Jesús caminando sobre las aguas: abre un camino en el bosque con sus huellas.
Es el camino hacia ti, hacia el interior de ti mismo. Estamos, pues, en una escena de Blanquerna.
Internándose en el bosque, Blanquerna comenzó el ascenso por la escalera del conocimiento de sí mismo. Estamos en la montaña de las guerras serviles de payeses, en los dominios del bandolerismo, en terreno carlista; se respira aire de carlistada. ¿Estamos en un bosque sagrado, el bosque de la comunicación espiritual con Dios?
El primer escalón de en Blanquerna fue encontrarse con un santo que caminaba por el bosque.
El sacerdote tiene prisa por encontrarte, para que el qi salga de él hacia ti. Lo protege en su pecho con los brazos y las manos, que no hacen ningún mudra, como los Budas caminantes, y los estáticos. Tampoco cuelgan de manera despreocupada o militar, o en posición de guardia, de defensa o de ataque. Están en el incipiente gesto de abrirse para abrazar a la persona hacia la que camina y comunicarle la intimidad gozosa que lleva dentro del corazón. Es el movimiento de conservar el tesoro de su corazón y entregarlo.
El sacerdote camina hacia ti, para que tú mismo seas sacerdote de tu propia existencia. Lo explica Etsuro Sotoo en un cartel inscrito en la peana octogonal: Donde san Josemaría pisa, nace flor eterna, la fe.
En efecto: nacen rosas a su paso. Rosas de abril: el camino que abre el sacerdote en el bosque con su paso es un virolai. Y el bosque, ahora sí, se convierte en sagrado. Tal es, como diría maestro Gaudí, el acto de la estatua: caminar por el bosque y, al pisarlo, descubrir a los hombres y las mujeres la eternidad del instante, la sacralidad de las huellas de cada día.
Miércoles, 22 de mayo
Carlos F. Barberá
Juan Fernandez Krohn
César Luis Caro
Josemari Lorenzo Amelibia
Urbano Sánchez García
Alejandro Córdoba
José Manuel Bernal
Asoc. Humanismo sin Credos
Rufo González Pérez
Francisco Margallo