Vendrá el Hijo por segunda, definitiva vez, sin relación ya con la debilidad ambigua teándrica, sino en toda su pujanza divina. Y hará definitivo su reinado con justicia, paz y amor. Y dará cumplimiento a los anhelos nuestros que son suyos, pues Él mismo los sembró en su primera venida, realizada en debilidad, en Belén, tierra de Judá, cuando nació en un pesebre, se dio como espectáculo al mundo y se entregó hasta la muerte, y una muerte de cruz. Su reino no es de este mundo, no está manchado con injusticias, guerras, odios ni oropeles triunfalistas de mitra y báculo mundanos. Su reino es totalmente espiritual, por eso nos envía a su Espíritu como sello en nuestro brazo –que ha de cumplir, bendiciendo y no maldiciendo, su santa voluntad- y en nuestro corazón, que ha de amar sin mesura.
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“Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó” (1R 17, 16). Palabra de Dios.
¿Qué aportas tú, como cristiano gay, a la causa de la normalización o de liberación homosexual?
¿Qué carne estás dispuesto a poner en el asador, tú, sacerdote o pastor gay, para edificar en el Espíritu una Iglesia que no excluya a ninguna persona?
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“De todos los mandamientos, ¿cuál es el más importante? El más importante es: ‘Escucha, Israel. El Señor nuestro Dios es el único Señor –contestó Jesús-. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Mc 12, 28). Esto responde el Maestro a un maestro de la ley que se acercó a preguntarle. Con esta respuesta, Jesús no innova: se limita a sacar del arca parte del viejo tesoro de la fe de su pueblo, en este caso el grave mandato que cada judío piadoso reza con el shemá, las santas palabras contenidas en Dt 6, 4-5.
Cada lectura de la Biblia es nueva, diferente de la anterior. Hoy, qué novedoso me ha resultado
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Cuánto tiempo llevaría allí Bartimeo. Horas y horas, día tras día sentado al borde del mismo camino, el mendigo ciego estaba acostumbrado a sentir pasar, sin pararse ni apenas reparar en él, la indiferencia, cuando no el menosprecio de unos y otros. Pero aquél era su día. Pasaba Jesús de Nazaret; y él, el hijo de Timeo, tenía que conseguir que el joven rabí se fijase en su situación. Gritó. E invocó lo que más hace estremecerse el corazón de Dios: la compasión.
“¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!” (Mc 10, 47).
El Señor se detuvo. ¿Se apartaría del camino, para ir al
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“Ahora vamos rumbo a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley. Ellos lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles. Se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán. Pero a los tres días resucitará” (Mc 10, 33, 34).
Jesús les anunciaba su Pascua, el paroxismo de la aparente –pero realmente dolorosa- derrota en el triunfo verdadero de la locura de la cruz; pero ellos iban pensando en algo tan distinto: salir de pobres, descollar, ser servidos. Sin ningún empacho, se atreven a pedir a su maestro un puesto de honor en el reino, uno a su derecha, otro a su izquierda. La demencia de la soberbia humana quiso echar el cebo a la sabiduría del Verbo.
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Hay varias maneras de preguntar, a Dios y sobre Dios. Está, en primer lugar, la pregunta creyente, propia de quien, leal y sinceramente, desea avanzar en el seguimiento de Jesucristo y, por tanto, se interesa por conocer los caminos para ir en pos de su Maestro; también está la pregunta que, así mismo leal y sincera, nos dirige –puede que sobre Dios- quien sin profesar nuestra fe cristiana, inquiere acerca de las claves para acercarse a una comprensión honesta de la vida cristiana. Muchas otras posibilidades a la hora de preguntar. De entre todas ellas, el joven rico (Mc 10, 17-22) eligió la que imposibilita el seguimiento de Cristo. El se acercó, apresurada y respetuosamente, al Maestro nazareno, y se situó frente a él, no a su lado, tampoco de su lado o de su parte.
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Nosotros, gays (mujeres y hombres), los vetados, apartados, suspendidos, humillados, anatematizados, tenemos derecho al Evangelio y al Espíritu Santo. Dios nuestro Padre nos hace entrega de su gran don, sin importarle las reconvenciones, restricciones e interdicciones mundanas de las Iglesias.
Nosotros, de la estirpe de Eldad y Medad que, fuera del campamento, recibieron Espíritu del Señor. Nosotros, también, llamados por Él a anunciar su nueva buena de amor, realizada en Cristo Jesús.
Hoy somos invitados a comparar para discernir:
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Muchas veces, los seguidores de Cristo nos descorazonamos, permitiendo que la perplejidad colonice nuestra alma creyente, cuando no vemos resultados tangibles (objetivos, solemos decir, como si todo pudiera ser objetivado) que se correspondan con nuestro esfuerzo evangelizador, con nuestra lucha cristiana, con nuestros legítimos anhelos de hijos en el Hijo.
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La sombra del arado evangélico nutre la ruminatio cristiana de la Palabra dominical. La oportunidad de la ordenación ministerial de mi hermano Fernando, Pastor ICM, me motiva a inclinar el oído del corazón a instancias del salmo 45, cuyo consejo recoge el prólogo a la Regla de San Benito.
Retumban en los oídos las palabras del Maestro: “Ninguno que, habiendo puesto su mano en el arado, mira hacia atrás es apto para el reino de Dios” (Lc 9, 62).
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Florecen los desiertos del corazón. Así tituló Roger de Taizé uno de sus diarios. Así entendía las promesas de Dios aquel hermano universal que, como Francisco, sabía sonreír, contagiar su mansedumbre, como nadie abrigar (y lo digo literalmente, pues aún conservo su rebeca gris: me la puso él mismo hace veintitantos años, en la sacristía de la Iglesia de la Reconciliación, en una tarde de manga corta y viento recio). Hermano Roger conocía bien la entraña del Evangelio, por donde pasa la denuncia, pero donde habita la dulzura de la promesa cierta, el suave silbo de la paz del Señor, la soledad sonora del Amor.
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“Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón. La norma del Señor es límpida y da luz a los ojos”. El salmo 19 ilustra al corazón creyente, ofreciéndole un sano criterio de discernimiento acerca de aquellas cosas que sí vienen de Dios, Luz indeficiente.
Una vez más, la santa Palabra alumbra nuestro entendimiento. En estos tiempos en que se aprecia en las Iglesias esa fuerte y reticente inclinación a confundir voluntad divina con intereses humanos.
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Tras el rotundo éxito pastoral recogido en el evangelio del domingo pasado, ahora Marcos, en un contraste nada suave, sin pasaje de transición, nos hace encajar el (también rotundo) fracaso de Jesús en Nazaret, su tierra, donde “no pudo” obrar milagros, excepción hecha de unas pocas curaciones (Mc 6, 1-6), a las que el evangelista otorga una significatividad relativa.
El Hijo de Dios, Señor del poder del Espíritu, se nos muestra como incapacitado para hacer milagros entre gente sin fe. Abrupta
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