Cuando George Michael dijo que los gays no tenemos iglesia, dijo una verdad como un templo, en el sentido más obvio: muchas iglesias oficiales son homofóbicas. Pero Michael se equivocó, pues la realidad que llamamos Iglesia no se agota en ninguna concreción ni iglesia. En este viernes dedicado a la espiritualidad inclusiva, examinemos una posibilidad, tan válida como otras, de ser y sentirnos Iglesia de Jesucristo.
“Entró Jesús otra vez en Cafarnaún después de algunos días; y se supo que estaba en casa. E inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían ni siquiera a la puerta; y les predicaba la palabra. Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado por cuatro. Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron la camilla en que yacía el paralítico” (Mc 2, 1-4).
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Hablando de espiritualidad, ¿qué es lo que alimenta el alma? No la sustentan etiquetados estrictos de Iglesias que se creen más importantes que Cristo, que Dios; que incluso se atreven a decir que fuera de ellas no hay salvación, como si fueran ellas quienes murieron por mí y por ti en la cruz, como si fueran ellas quienes resucitaron para darnos vida. ¡Como si fueran ellas Dios!
Ciertamente, recibimos nuestra nutrición espiritual en Iglesia, en comunidad, pues el Señor lo quiso disponer así: hermano con hermano, creciendo juntos hacia El, único descanso para nuestro corazón.
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Hoy ha llovido todo el día por mi sur. Lluvia generosa, tierra fragante, tormenta al caer la noche, con un relámpago que, como la Palabra, hendió el cielo, hizo vibrar sus cimientos y se llevó el aguacero. Como la Palabra limpia los nubarrones negros de los protagonistas de la última impostura.
Para la meditación de espiritualidad inclusiva de esta semana propongo una serie de textos, todos de la Sagrada Escritura. Ellos son la lluvia que empapa nuestra tierra interior.
• “El pueblo que escapó de la espada ha hallado gracia en el
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Cedo hoy la palabra, en este púlpito inclusivo, a la reverenda doctora Mona West, que ejerce su ministerio pastoral en la Iglesia de la Trinidad, en Sarasota (Florida, USA). Su tema, hoy, la espiritualidad gay. O queer. Que aproveche.
“En años recientes, ha habido un creciente interés en la espiritualidad. Hoy, la gente tiene una variedad de medios para abordar temas espirituales, algunos de los cuales incluyen la terapia, libros de auto-ayuda, talleres, centros de retiro, grupos de doce pasos, meditación, ejercicio y rituales. Como resultado de estas variadas prácticas, se manifiestan algunos tipos específicos de espiritualidad en grupos con historiales, culturas, experiencias y orígenes étnicos en común.
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"Cuando veis que se levanta una nube en el occidente, en seguida decís: 'Va a llover', y así sucede. Y cuando sopla el viento del sur, decís: 'Va a hacer calor', y así sucede. ¡Hipócritas! Sabéis interpretar la apariencia de la tierra y del cielo. ¿Cómo es que no sabéis interpretar el tiempo actual?" (Lc 12, 54-56)).
¿Y cómo interpretar el tiempo presente? Hay nubarrones a occidente, vemos oscuridades que se ciernen poderosas sobre ciertas realidades que parecían inamovibles, eternas, imperecederas. Pero nada
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Cuando en algunos foros de iglesias se habla de lo gay y de los gays, sucede como a la inversa, esto es, como cuando en foros gays se habla de iglesias y de eclesiásticos: un ominoso muro que dificulta la visión más allá del prejuicio; la mutua incomprensión, creciente hasta adquirir proporciones abismales, que estorban el progreso de unos hacia otros, en reciprocidad de hermanos a hermanos, recorriendo cada uno su trecho del camino para, juntos, ir a Dios y, en Él, encontrarse.
Desafortunadamente, esto se repite una y otra vez, sobre todo cuando
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Leyendo el boletín semanal de la Diaconía Cristiana Diversidad, de Montevideo, rescato de mis lecturas anteriores estos párrafos de Henri J.M. Nouwen, que nuestros hermanos de ICM de Uruguay reproducen.
Aceptar la propia identidad. Y hacerlo no a regañadientes, sino abrazándola con amor. Tal es una de las claves de la felicidad. “Si conocieras el don de Dios…” (Jn 4, 10), dice Jesús a la mujer samaritana. Si conociéramos el don de Dios que es nuestra persona, con su específica orientación sexual y afectiva. Si nos conociéramos a nosotros mismos, si nos reconociéramos como don de Dios… Cuánto cambiaría, cuánto cambiaríamos.
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Dos textos me alentaron especialmente en los días de mi salida del armario, hace casi cinco años. Uno, del Santo Evangelio según San Lucas; el otro, de mi querido San Juan de la Cruz. Ambas palabras, que se complementan, alientan nuestra salida de esa “discreción” malentendida e insana, puesto que únicamente se trata de disimulo. Y el disimulo aniquila el proyecto de persona que cada uno somos, un destello en el luminoso plan de Dios, que se esconde en la lobreguez del zulo.
Veamos cada pasaje, meditemos y pidamos al Señor la gracia de la nueva iluminación.
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