Estos días aterrizan en mi escritorio folletos diversos, opúsculos, libros e incluso –preciso es reconocerlo- algún panfleto, con ofertas de variadas realidades eclesiales, la mayoría de ellas con una marcada (acaso remarcada, como se dice ahora) característica común: su proclamada inclusividad, o sea, acogida de toda persona, sin inquisiciones ni exclusiones de género, orientación sexual, u otro signo. Señal de algo importante: las Iglesias y comunidades cristianas recogen velas de intolerancia y pecaminosa homofobia, para presentarse con los brazos abiertos a todas las personas.
Así, numerosos grupos católico-romanos nacionales e
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El jueves por la noche me contaba Nacho que está viviendo un infierno en su familia. Nacho es un chico de veintiún años, de un pueblo de Huelva; tiene un sentimiento cristiano, es más, católico; el quinto de ocho hermanos, con unos padres que –me comenta- se han convertido en su tortura y su terror desde que Nacho ha descubierto que Dios le ha creado gay. Sus padres pertenecen a ese movimiento de innegables rasgos sectarios, las comunidades neocatecumenales, y les obligan, a él y a sus hermanos, a “fichar” en sus filas, como los antiguos reclutas de la mili obligatoria.
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“España ha dejado de ser protestante”, parece afirmar Don Manuel Azaña en la nota preliminar a su traducción de “La Biblia en España”, cuyo autor, “Don Jorgito el inglés” (George Borrow), se dejó caer por aquí en la primera mitad del siglo XIX imprimiendo y repartiendo ejemplares del Nuevo Testamento por esos pueblos de Dios, a lomos de su caballo, convertido en todo un émulo del ingenioso hidalgo, tal como afirma de él su amigo danés, Hasfeldt: “¿No le ha chocado a usted nunca cuánto se parece usted al buen hidalgo Don Quijote de la Mancha? A mi juicio, podría usted pasar fácilmente por hijo suyo”. Tal pareciera Don George –o Mr. Jorgito-, atravesando España seguido de un burro cargado de páginas venerables por cuenta de su empresa, la Sociedad Bíblica británica, hasta que presiones clericales católicas y la envidia
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Se juega estos días en Roma la baza más importante desde el siglo pasado en relación con el último cisma de nuestro tiempo: la ruptura de los lefebvrianos. El arzobispo cismático Lefebvre fue excomulgado por Juan Pablo II en 1988, tras haber ordenado ilícitamente (¿también inválidamente?) de obispos a cuatro miembros de su Fraternidad Sacerdotal San Pío X, que, fundada por él en 1969, cuenta actualmente con unos 150.000 fieles laicos y 360 sacerdotes, más de 500 lugares de culto, 4 monasterios sólo en Francia, más de 40 escuelas, varios carmelos y una universidad. Repartidos por unos 50 países, los miembros de esta extraña familia tienen
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Con la carta apostólica Ecclesia Dei, Juan Pablo II excomulgó al famoso arzobispo contrario al Vaticano II, Marcel Lefebvre. La última pena canónica, ejecutada mediante la publicación de este motu proprio el 2 de julio de 1988, significó la culminación de un proceso de tiras y aflojas entre El Vaticano y la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, unas relaciones rotas expresamente por Monseñor Lefebvre cuando, el 30 de junio del mismo año, confirió ilegítimamente la ordenación episcopal a los sacerdotes Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta. El cisma se había consumado, pues, antes de que el Papa Wojtyla se decidiera por el castigo extremo.
Lefebvre murió
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“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Las palabras del Maestro –Mt 18, 20-, que aseguran su presencia en medio de toda comunidad congregada para la escucha de su palabra, la plegaria y el ejercicio de la caridad, constituyen el lema de 2006 para la semana larga de oración por la unidad de los cristianos. Cualquier grupo, por reducido que fuere, que lee la Biblia, ora y ama es Iglesia de Nuestro Señor. Independientemente de la confesión cristiana a que pertenezca, si es que forma parte de alguna iglesia oficial, ninguna de las cuáles agota en sí misma la realidad del Cuerpo Místico de Cristo, sino que es humilde aproximación a su misterio salvífico. Consultar a este respecto la Declaración Dominus Iesus sobre la unicidad y universalidad salvífica de Jesucristo y la Iglesia.
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Vengo del cine: guapísimo, para mi gusto, el Lutero interpretado por Joseph Fiennes; muchísimo menos chispeante y tormentoso que el original (retratado por Lucas Cranach), pero galán, lo que necesitaba el director Eric Till para divulgar su personal visión del reformador alemán. La película tiene algo que la hace por momentos tediosa, bobalicona al principio cuando reduce y –digamos- trivializa la gran experiencia de Martín Lutero durante la tormenta (comienzo, acaso, de su particular viaje a Damasco); lógicamente incompleta, pues la complejísima figura del padre de la reforma protestante da para mucho más que un largometraje, viniendo a demostrar la mentira maniquea, dado que nada hubo en Lutero absolutamente A o absolutamente B. Lo que su resistencia le hace ganar en estatura, le recorta su entreguismo en manos de los príncipes electores. Pero,
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Nacida por iniciativa del reverendo Troy Perry en Los Angeles -año 1968-, la Iglesia de la Comunidad Metropolitana se autodefine: “comunidad cristiana capaz de aceptar a toda persona para brindarle el apoyo espiritual que en otras comunidades religiosas les era negado”. Figúrese, amado lector, a quiénes acogerá con particular dedicación: efectivamente, a gays y lesbianas, vejados por la cúpula del catolicismo y la de alguna otra confesión. Nunca llegó a establecerse en España, aunque nuestro país se halla en el punto de mira pastoral de sus responsables. No se trata de una de esas asociaciones para jugar a las casitas con lo sagrado, pues ICM no es una iglesia de la Srta. Pepis, sino del Evangelio: algo serio, y cristiano, y fraterno.
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