Jesús, el Gran Poder
26.11.06 @ 00:14:59. Archivado en Homilía los domingos
Vendrá el Hijo por segunda, definitiva vez, sin relación ya con la debilidad ambigua teándrica, sino en toda su pujanza divina. Y hará definitivo su reinado con justicia, paz y amor. Y dará cumplimiento a los anhelos nuestros que son suyos, pues Él mismo los sembró en su primera venida, realizada en debilidad, en Belén, tierra de Judá, cuando nació en un pesebre, se dio como espectáculo al mundo y se entregó hasta la muerte, y una muerte de cruz. Su reino no es de este mundo, no está manchado con injusticias, guerras, odios ni oropeles triunfalistas de mitra y báculo mundanos. Su reino es totalmente espiritual, por eso nos envía a su Espíritu como sello en nuestro brazo –que ha de cumplir, bendiciendo y no maldiciendo, su santa voluntad- y en nuestro corazón, que ha de amar sin mesura.
No es de aquí Su reino, y es al mismo tiempo tan nuestro –percibido sólo por la intensidad del alma enamorada el Amor- que da vértigo. Su extremo poder se realiza en la debilidad, y nos susurra que cuando nos encontramos débiles, entonces, sólo entonces somos verdaderamente fuertes en Su fortaleza.
Esto lo dijo a Pilato en su día, cuando el romano se atrevió a presumir de fuerza ante el mismísimo Dios.
“Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí” (Jn 18, 36).
Misterio de fe, ese reino de Cristo que sin ser de aquí nos ha sido prometido y nos pertenece, si con humildad nos estremecemos ante su palabra de Caridad y mansedumbre. Reino que nadie podrá arrebatarnos, ni siquiera quienes disfrazados de hombres religiosos y aun santos, embaucan a la humanidad por caminos que no son los de Cristo. No podrán robarnos el Reino de Cristo, por mucho que lo parezca cuando el triunfalista rictus amargo de una sonrisa corrosiva parece llevar las de ganar; por mucho que nos expulsen, y promuevan violentas campañas contra nosotros; por mucho que nos veten de sus filas y conventículos. Pues, cuanto más nos odian e intentan cercenarnos del árbol del Señor, más Él nos acoge, bendice y hace suyos, caminando a nuestro lado.
Va a hacer cinco años que un obispo católico-romano (un hombre en verdad bueno, a quien bendigo por haberme hecho descubrir, sin él pretenderlo, la verdad de la Iglesia) me suspendió de mis funciones y prerrogativas sacerdotales en el seno de la iglesia católico-romana. Pensé que era el fin del mundo para mí, yo que sentía en mi hondura la vocación al ministerio cristiano. Tuvo que pasar un tiempo, y el Amor del Señor me fue conduciendo a la comprensión de aquel corto versículo: “mi reino no es de aquí”. Su reino no es de esa iglesia que veta, suspende, estigmatiza… e insulta, como a mí y a muchos de nosotros nos han insultado quienes se siguen llamando católicos, y cristianos, algunos de ellos ahora con patente de corso como blogueros en este mismo portal web. Ahora soy más sacerdote, sin aquellas equívocas cadenas; ahora, más ministro, servidor de la Palabra.
No, el reino de Cristo no es de aquí. No pertenece a ellos, no se agota en sus estrechas y frías iglesias, incapaces de amar, acoger, mostrar la bendición universal –inclusiva- de Dios.
Hoy me gustaría que rezáramos por ellos, desdichados hermanos errados, para que abran su corazón a la infinita misericordia del Gran Rey y Señor del Universo, Jesucristo, alfa y omega, principio y fin. Carpintero de Nazaret, Hijo del Dios Uno y Trino.
No, no les insultemos. Oremos por ellos. Y por nosotros, para que en parecida tesitura vital siempre seamos mansos y humildes de corazón, como Aquel cuya carga es ligera y su yugo, suave.
Un Rey, manso. Con una mansedumbre rebelde, que no quiso contestar al interrogatorio del gobernador romano. Una mansedumbre cristiana que me lleva –humildemente lo digo- a no hacer caso de la interdicción que pesa sobre mi ministerio. Porque no les pertenece a ellos, sino a Cristo y a los hermanos y hermanas que El me ha encomendado, bendito y alabado sea por siempre.
Porque quiero seguir los pasos de Cristo en su mansedumbre regia, continúo celebrando públicamente la Sagrada Eucaristía, y celebrando públicamente la Santa Palabra, y bendiciendo matrimonios, heteros u homos. Y siendo ministro (servidor) de Dios, no del capricho humano. Desprecio, con desprecio cristiano (teñido de caridad, en vez de odio) la suspensión que pesa sobre mí, para bloquear mis energías apostólicas.
Os animo, hermanas y hermanos asiduos de “La casulla”, a esta rebeldía propia de los hijos del reino de los cielos. Cristo, supremo Señor, nos bendiga a todos. Yo humildemente os doy la bendición de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
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José Mantero









