Siendo realistas
14.11.06 @ 00:15:08. Archivado en Gays, IGLESIA
Yo ya no sé a quién hay que meter en la cárcel o en un nosocomio de altísima seguridad, de verdad. O tal vez, porque la cosa va adquiriendo tintes de tragedia, a quién no hay que internar. Cuando la humanidad parece que va avanzando, progresando, evolucionando material, moral y espiritualmente, nos adviene una de esas personalidades ciertamente malignas que llenan de lodo y mefítico aire la historia humana. Gentuza que, con máscara de sonrisa, bondad e incluso lucidez intelectual, se dedica, sin embargo, a luchar contra las propias frustraciones, arremetiendo contra los demás, para atajar lo que en sí misma considera defecto, monstruosidad, deformidad del alma, pecado.
Me acaban de presentar a un chico, antiguo seminarista, víctima de sus antiguos superiores, que le empujaron a la consulta del que fuera experto del PP contra los matrimonios entre personas del mismo sexo: el doctor Aquilino Polaino. Pedro (obviamente, nombre supuesto) quería ser sacerdote, e informó sobre su orientación sexual y afectiva a su director espiritual y a su rector. Lo hizo sin empacho ni vergüenza, sabiendo que su homosexualidad viene, como la vocación, del mismo Dios que obra todo en todos. En la consulta del destructivo Polaino fue sometido a los peores horrores psicológicos. Afortunadamente, Pedro hoy se ha recuperado del doble ataque: el de una institución falsamente católica que quiso aniquilarle como persona, y el del médico más digno de una barraca nazi que de un título oficialmente certificado en un Estado de derecho.
Ayer nos escribía otro amigo, Bernardo, religioso levantino, de fundada vocación, que también ha descubierto que Dios le hizo gay, que el ser homosexual forma parte del plan de salvación trazado amorosamente por el Padre de toda gracia. Él entró en su monasterio y quiso purgar, como un absceso, su homosexualidad. Y, mira por donde, gracias a Dios la descubrió como gracia, pues le permite amar de esta manera.
Pero no todo es gracia, ni todo descubrimiento de positividad. Hay personalidades oscuras, empeñadas en exorcizar sus terrores personales a base de masacrar espiritualmente y torturar psicológicamente al prójimo. El Papa actual, por ejemplo, bajo su sonrisa-rictus, esconde una personalidad torturada y torturadora, que no ceja en el satánico empeño de amargar lo que el Creador quiso e hizo dulce: las maneras de amar, sean las que sean. Los medios le ríen las gracias, alaban su hipotética potencialidad para el diálogo (depende con quién), su enorme capacidad intelectual, su… le dan sahumerio con el turíbulo de la hipocresía interesada en la obtención de bendiciones no precisamente espirituales.
Siendo realistas, hoy por hoy es impensable meter en la cárcel a estos tipos. Ni siquiera juzgarles ante un tribunal de justicia. Ellos se reirían -en su poder y contando con los apoyos que tienen- de la justicia misma.
Pero sí podemos hacerles el vacío, no como a prójimos necesitados de ayuda (es lo que son, en definitiva), sino como a representantes de un poder malvado que ha traicionado al bien y la verdad de Cristo. Con Polaino es muy fácil: hacerle el boicot a su consulta, y tal vez denunciarle. Con el Papa no es imposible: no participar de su iglesia, que poco tiene que ver con la Iglesia.
Hay que irse de esa iglesia. Es imperativo cristiano abandonarla. No me refiero a apostatar formalmente, sino a no hacerles caso, a reírnos de sus monsergas, a no respirar el aire de sus lóbregas paredes. Cierto: sabemos que fuera hay mucho desierto, mucho Egipto. Pero el mismo problema se planteó en tiempos apostólicos, cuando finalmente concluyeron que, en verdad, había trigo en Egipto: fuera de la iglesia esta de la traición homofóbica hay también alimento para los corazones fieles a Cristo (Hch 7, 12).
Salgamos, pues, fuera de sus pecaminosas y oscuras murallas, atrios, seminarios, parroquias y claustros, buscando el aire libre de la fidelidad al Maestro Jesucristo, Señor de la Iglesia. Para no volver. Porque la vuelta a la casa del Padre es la salida de esta institución pervertida, que únicamente conoce un sonido: el oro; una palabra: maldición.
“Y no habrá más maldición” (Ap 22, 3), sino bendición.
Salgamos, pues, fuera de sus ominosos muros. Y vivamos la Iglesia de Cristo donde es posible. ¿Dónde? Fuera de ellos. Salir de ellos, de su triste y horroroso dominio, es volver a la casa del Padre (Lc 15).
Bendito sea Dios, que no nos entregó en presa a sus dientes. La trampa se rompió, y escapamos. Salir de ellos no es apostatar, pues son ellos los apóstatas: salir de ellos es librarse de la muerte. Bendita sea Dios, nuestra Madre, nuestro Padre.
Comentarios:
Aún no hay Comentarios para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Los comentarios para este post están cerrados.
José Mantero



