Primer mandamiento: escuchar
05.11.06 @ 01:25:47. Archivado en Homilía los domingos
“De todos los mandamientos, ¿cuál es el más importante? El más importante es: ‘Escucha, Israel. El Señor nuestro Dios es el único Señor –contestó Jesús-. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Mc 12, 28). Esto responde el Maestro a un maestro de la ley que se acercó a preguntarle. Con esta respuesta, Jesús no innova: se limita a sacar del arca parte del viejo tesoro de la fe de su pueblo, en este caso el grave mandato que cada judío piadoso reza con el shemá, las santas palabras contenidas en Dt 6, 4-5.
Cada lectura de la Biblia es nueva, diferente de la anterior. Hoy, qué novedoso me ha resultado escuchar del Señor el mandamiento primero y principal. Hoy lo he escuchado desde el filtro, precisamente, del gran verbo: escuchar.
Escucha, Israel; escucha, pueblo; escucha, cállate para poder oír. Hay que estarse muy en silencio, hay que pacificar mucho las bullas del alma, para acoger la Palabra de Vida con el oído interior. Escucha, pueblo de Dios, sabe callarte para oír, para que el Verbo no te pase desapercibido, y pueda darte la vida sin término.
Generación a generación de creyentes judíos se transmite esta santa ley. Para escuchar lo que Dios quiere decirme, me tengo que callar, hacer silencio en mi corazón, sosegarme, y la palabra divina será sembrada en la tierra de la sonora soledad. Shemá, que suena tanto a ¡chiss! ¡Calla!
Se hace difícil callar, en la cultura de la palabrería que nos inunda y ahoga. Lo terrible es que incluso a la Iglesia se le hace difícil callar para oír a Dios. Incluso a la Iglesia. Cuánta palabrería vana, cuanta verborrea en la Iglesia actual, que, si pudiera, haría desencarnarse al mismísimo Verbo encarnado. Vienen a mi memoria las palabras de Tony de Mello, cuando se refería a que demasiadas veces la Iglesia vive hoy la cultura de la contra-encarnación; pues la Palabra se hizo carne, pero cuántas veces hacemos la realidad, la carne, la vida palabrería…
Muchos dirigentes de Iglesia tienen el complejo de verbo compulsivo: piensan que tienen que hablar de todo lo que verdeguea en nuestro mundo, tanto sobre lo que conoce como sobre lo que profesa la más absoluta de las ignorancias… Así, asistimos a contrasentidos y surrealismos como los de hombres teóricamente castos que pontifican sobre familia, control de natalidad, vida sexual… y muchas cosas más. O de absolutos ateos prácticos que osan hablar de Dios.
¿No nos hemos planteado que a veces hay que callar? "De Dios sólo se puede callar", dijo Bonhoeffer en otro sentido... Para escuchar. Y que la semilla de la escucha vaya gestando en nosotros –si es voluntad de Dios- una palabra iluminadora, sobre lo que sea. En el fondo, de aquí ha de nacer la verdadera predicación eclesial, como auténtico acto de comunicación, de parte de Dios, a los hombres y mujeres de cada tiempo. Callar-escuchar-decir. No saltarse nunca este proceso. Pero a veces, cuando escucho a cada obispo…
El mandamiento de saber callarse. El mandamiento de la escucha. Para que Dios diga. Para que Dios se diga y me diga. Para yo decirme, luego, como hijo en el Hijo, como Iglesia, como palabra que se enraiza en la Palabra hecha barro nuestro y carne y vida nuestra.
Mientras la Iglesia no sepa callar, no habrá escucha ni inteligibilidad del mensaje del Señor. No habrá predicación, sino blablablá. Babel que quiere tocar a Dios con los dedos, para sólo conseguir tenerle por momentos más lejano, inaprensible.
Escuchar está en la base del amar. Del amor. Amarás a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo. Pero ¿cómo podremos amar, si no escuchamos? ¿Cómo podremos amar, si sólo nos escuchamos a nosotros mismos?
Habla, Señor, que tus siervos te escuchan.
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José Mantero



