Llamadlos
29.10.06 @ 00:25:12. Archivado en Homilía los domingos
Cuánto tiempo llevaría allí Bartimeo. Horas y horas, día tras día sentado al borde del mismo camino, el mendigo ciego estaba acostumbrado a sentir pasar, sin pararse ni apenas reparar en él, la indiferencia, cuando no el menosprecio de unos y otros. Pero aquél era su día. Pasaba Jesús de Nazaret; y él, el hijo de Timeo, tenía que conseguir que el joven rabí se fijase en su situación. Gritó. E invocó lo que más hace estremecerse el corazón de Dios: la compasión.
“¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!” (Mc 10, 47).
El Señor se detuvo. ¿Se apartaría del camino, para ir al encuentro del hermano necesitado? Pero El no tiene otras manos que las nuestras para bendecir, otros labios que los nuestros para consolar y alentar, otros brazos que los nuestros para cargar con todo lastre que sobrecarga e impide vivir en libertad.
“Llamadlo” (Mc 10, 49).
¿Es que el Hijo de David, es que el Hijo de Dios tiene que valerse de la mediación humana para ayudar, alumbrar, salvar? Así lo quiere, esto forma parte del misterio de Dios, de su manera de dar salud. El Verbo se hizo carne, se hizo manos, labios, cuerpo de discípulo, el Verbo se hizo sexo, caricia y beso para bendecir, alentar, iluminar, dar vida…
Jesús quiere que sea la Iglesia quien llame a quien no ve la luz. Llamadlo, llamad.
¿Y qué hace la Iglesia? ¿Llama? ¿Muestra el amor y la compasión de Cristo? ¿Aglutina? ¿Alumbra el camino?
En alguna Iglesia oficial únicamente se ve la enfermedad y el pecado del anatema, del juicio y la condena. Cuando es Dios el único juez, el único que es justo. Esta Iglesia no está llamando, está apartando del Maestro.
Con frecuencia, obispos y responsables eclesiales derraman lágrimas porque –dicen- las iglesias se quedan vacías. Un matiz: las iglesias se les quedan vacías a ellos, no a Jesucristo, que no necesita paredes, ni cotos, ni cerramientos. Son las lágrimas propias de quienes pierden clientes, o vasallos, no hermanos.
Como pasa con los gays. En nuestro grupo de Cristianos Gays, un hermano opina que el mundo gay necesita a Cristo, pero le aburre. Lo que le aburre no es Cristo, sino las imágenes que del Señor transmiten estos plastas disfrazados de pastores. Que aburren hasta a las ovejas, como suele decirse. Estos que sueltan largos discursos, que no despiertan ni simpatía ni comprensión, sino ganas de echar a correr, de huir de ellos, de su profundo tedio asfixiante.
Jeremías (31, 7-9) se refiere a un resto, a partir del cuál el Señor volverá a fundar su pueblo. A menudo algunos interpretan esta promesa en el sentido de vuelta a las Iglesias oficiales, de quienes escaparon de ellas o fueron expulsados. Esto no será así. Esas Iglesias ya han muerto, lo que queda de ellas es sólo su aparatosa acta de defunción, que también un día desaparecerá.
La verdadera Iglesia de Jesús está –ya- naciendo extramuros de la mazmorra. En ella no es posible el cautiverio al que nos querían someter. En ella es posible la libertad, y Dios se siente Dios, y el hombre hijo de Dios.
“Cuando el Señor cambió la suerte de Sión…” (Sal 126).
El se ha fijado en nuestra ceguera, nos ha compadecido, nos está dando la luz. Bendita sea Ella, Dios de misericordia infinita.
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José Mantero



