¿Apóstatas por la gracia de Dios?

Enlace Permanente 24.10.06 @ 00:52:46. Archivado en Gays, IGLESIA

“La fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve” (Hb 11, 1). Así la define primariamente el Nuevo Testamento. En nuestro Diccionario de la Real Academia Española, una de las acepciones de la fe la caracteriza como “Conjunto de creencias de una religión”; y otra, como “Confianza, buen concepto que se tiene de alguien o de algo”, aquel fides est fiducia (fe es confianza) de Lutero. Hoy hablamos de la fe en relación con la apostasía, o sea, con el hecho de “negar la fe de Jesucristo recibida en el bautismo” (DRAE). Y particularmente con cierto movimiento en este sentido, registrado dentro de algunos colectivos gays en los últimos tiempos.

Cuando en círculos militantes (en las luchas de liberación homosexual) se llega a hablar de apostatar, siempre tengo que preguntarme si quienes promueven esta medida extrema se refieren realmente a la fe en Jesucristo, o si será más bien a formalizar su absoluta desconfianza (como vimos arriba, otro de los sentidos de la voz) en los cuadros de mando de Iglesias homofóbicas. Pienso, honestamente, que se trata de lo segundo, ya que algunas jerarquías eclesiásticas sí son homofóbicas, mientras que es absolutamente injusto tachar de tal al mensaje cristiano o judeocristiano en general.

Hará un par de años, la primera vez que se montó en Callao (Madrid, para quien no lo sepa) el escenario para animar la espera durante la parada del orgullo gay, ví cómo un grupo de chicos tenía dispuesta, abajo, una mesita con formularios. Al acercarme, pude comprobar que se trataba de actas de apostasía. Estaban redactados de aquella manera… y sobre todo, sin lo principal que a mi modo de ver debiera contener un papel de esta clase: la renuncia expresa y razonada de la fe, o, como en la apostasía ante notario de mi amigo José María, la expresión de su clara repugnancia respecto del monstruo jerárquico católico.

Nada de esto leí en aquellas hojas, en las que únicamente solicitaban al obispado correspondiente que, amparándose el hipotético firmante “en los artículos 6 y 16 de la Ley Orgánica 15/1999 de 13 de diciembre de Protección de Datos de Carácter Personal”, denegaba expresamente su “consentimiento para que dichos datos personales estén en posesión de cualquier órgano o persona jurídica perteneciente a la Iglesia Católica, por lo que

EXIJO

Que procedan a la inmediata cancelación de dichos datos”.

Creo que, aplicando algo el oído, todavía se podrán oír las risas y el cachondeo de las distintas cancillerías obispales al recibir los paquetitos. Porque esa era otra: se pretendía apostatar en masa, a bulto. Y la cosa no funciona de ese modo con los reyes de la burocracia. Y es que la apostasía, como la fe, es algo personal. Otra cosa es su concreción, o su celebración. Sí, también me refiero a ambas, apostasía y fe. De hecho, a veces, cuando miro por la tele determinados ceremoniales vaticanos (por ejemplo), doy en pensar lo bien que tantos prelados y dignatarios celebran su ser de apóstatas. Porque la fe, por allí, no se ve por ningún sitio.

Para apostatar, como para creer, hay que tener gracia. Y Gracia. La fe no puede imponerse, tampoco la pertenencia a unas filas eclesiales.

Y hay que tener claro –muy especialmente los dirigentes de Iglesias- que abominar de una organización asfixiante no quiere decir negar a Cristo. Tal vez, no sé si por suerte o por desgracia, todo lo contrario.

En España, al parecer es la Iglesia Católica la que se lleva la palma en número de defecciones legales (u oficiales), es decir, mediante apostasía. Y ello en razón de número y de homofobia militante y confesa. Tomo café con amigos apóstatas, incluso rezo con ellos, lo cual quiere decir que jamás renegaron del don de la fe (es un don, no te lo puedes arrancar o enchufar a voluntad), sólo de una institución a la que siguen considerando monstruosa, pecaminosa, vacía de Evangelio.

Yo no soy apóstata. No es necesario. Abomino de esta jerarquía falsamente católica que pretende cerrar los canales de la Gracia y administrarlos a voluntad, con cierta mentalidad jansenista. Jamás apostataré. Jamás. Porque son ellos, Ratzinger y comparsa, quienes apostataron del Santo Evangelio, de Jesucristo, de Dios Padre y del Espíritu Santo, al negarse a abrir sus corazones a todos los hermanos y hermanas, gays inclusive.

No animo a apostatar. No es necesario. Es ésta cuestión tan personal como profesar una fe.

Pero sí animo a quien esté convencido de que apostata, a hacerlo con sentido y lucidez. Y sin miedos. Sabiendo que no aparca su fe, sino su pertenencia formal a un inmenso y putrefacto cadáver.

Algunas precisiones:

• ¿Ser católico significa comulgar con una jerarquía mundana y homofóbica?
• ¿Puede uno ser católico fuera de la alambrada jerárquica?
• ¿Se podría ser buen católico declarando expresamente que no se quiere tener nada que ver con el monstruo clerical vaticano?
• ¿Podría vivirse el credo católico fuera de la sumisión papista?
• ¿Se agota el cristianismo en el catolicismo?

Dicen que Santa Teresa de Jesús (tuvo sus menos y sus más con inquisiciones e inquisidores) dijo antes de expirar: “Por fin muero hija de la Iglesia”. Yo confío en la misericordia del Señor, y en poder decir en el momento último: Por fin muero hijo en el Hijo. La etiqueta, la verdad, me interesa muchísimo menos.

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