Cátedra de la Cruz
22.10.06 @ 01:09:53. Archivado en Homilía los domingos
“Ahora vamos rumbo a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley. Ellos lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles. Se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán. Pero a los tres días resucitará” (Mc 10, 33, 34).
Jesús les anunciaba su Pascua, el paroxismo de la aparente –pero realmente dolorosa- derrota en el triunfo verdadero de la locura de la cruz; pero ellos iban pensando en algo tan distinto: salir de pobres, descollar, ser servidos. Sin ningún empacho, se atreven a pedir a su maestro un puesto de honor en el reino, uno a su derecha, otro a su izquierda. La demencia de la soberbia humana quiso echar el cebo a la sabiduría del Verbo.
Como tantas otras veces. Por eso, cuando miro algunas Iglesias, piramidales, jerarquizadas al milímetro, cerradas sus ventanas a la novedad y la sorpresa de los hombres y de Dios, comprendo algo mejor la respuesta de Cristo a Santiago y Juan, los que querían mandar a su lado. Ellos, tal vez sinceramente, puede que pretendieran un poder con visos de legitimidad, o sea, para poder servir mejor al prójimo… Enorme error, pues está claro que desde esa clase de poderío queda uno imposibilitado para el servicio, bloqueado en la falsa autoconciencia de ser pequeños dioses, pero dioses. Así, se permiten el lujo de vetar, prohibir, anatematizar, dictar, condenar… Ese tipo de poder deja impedido para el servir y el amar en todo.
“No sabéis lo que estáis pidiendo”, es la respuesta del Señor. Imaginaos que llegáis al Seminario, al grupo cristiano, a la catequesis de adultos con ilusión, recién tocados por la vocación –bella y singular- cristiana. Ese poder estructurado, como perfecto, aquilatado y… fiero llena de basura la vocación, las ilusiones, el amor y la pasión de Iglesia. Ese poder –que desemboca en inhumano autoritarismo- destroza la Iglesia, porque intenta edificarla según la carne, con los materiales mundanos, aunque sea ensayando seguir ligeramente un proyecto, el Evangelio, que únicamente queda a la vista como papel mojado sin sentido.
“No sabéis lo que estáis pidiendo”, responde Jesús. Pero cede… a su modo, al modo de Dios.
Al final, les concede lo que le solicitan. Pero por vía diferente. “Beberéis de la copa que yo bebo, y pasaréis por la prueba del bautismo con el que voy a ser probado”. Y el Maestro, con sus apóstoles Santiago y Juan, inauguró la cátedra del sufrimiento preñado del sentido pascual.
Y ves con el corazón reventado a San Romero de América, y a Rutilio, y Antonia y a tantos testigos de sangre; y miras hacia ese puñetero y contagioso relativismo de la Santa Cruz (¿va a venir ahora Ratzinger a condenarlo por eso, por relativismo?), y cobran sentido tantas cosas, e historias, y noches sin sueño, y miedos y dolores. Porque el Santo Siervo les confiere plenitud de inteligencia, sentido y claridad:
“Pero el Señor quiso quebrantarlo
y hacerlo sufrir,
y como él ofreció su vida en expiación,
verá su descendencia y prolongará sus días,
y llevará a cabo la voluntad del Señor.
Después de su sufrimiento,
verá la luz
y quedará satisfecho;
por su conocimiento
mi siervo justificará a muchos,
y cargará con las iniquidades de ellos”.
(Is 53, 10-11)
Por eso, Santiago y Juan –el Santiago y Juan que somos todos-, no deseéis el lugar a cada lado del Cristo. ¡Porque os lo concederá!
Y El, el Señor, nos da a beber el sorbo de su cáliz, hasta apurar los posos que guían hacia Pascua. Nos da asiento y pupitre en la escuela del dolor cristiano, que está absolutamente alejado del sadomasoquismo, que se enraíza al pie del santo madero que ilumina, que sana, que da entendimiento… Como este pan y vino de esta Cena memorable que continuamos celebrando con El, por El, en El. Al Padre sea la gloria.
¿Ves, hermano Bernardo? Ahora la catacumba ya ha cobrado sentido. Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven, Señor Jesús.
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José Mantero



