La inaprehensible pequeñez de Dios
19.10.06 @ 00:33:30. Archivado en Religión
La Sagrada Escritura es un canto a la pequeñez del Creador. Es precisamente esta característica, esa contra-grandeza, la que nos hace descubrir como radicalmente novedoso al Dios en quien creemos.
Yahvé bajaba cada tarde a conversar con el hombre, su creación, en el huerto de Edén, al oriente. Es el Dios que se apea de aquella antropomórfica grandeza de las divinidades olímpicas, para descender al encuentro con el barro al que dio vida su aliento.
El Dios de Elías se empequeñeció al nivel de la brisa suave, para encontrarse con su profeta. Quiso no ser la divinidad tonante, y asumir el riesgo de ser desapercibido. Incluso desamado. Es más Dios, el Dios pequeño, que el que pintan con latines y aspavientos de según qué teologías de espaldas al mundo, al riesgo, a la aventura de la vida.
Dios es infinitamente más pequeño que ellos, los profesionales de lo sagrado. Por eso se les escapa. Y ellos se enfurecen, porque buscaban una presa, no servirle a El en espíritu y en verdad.
Dios se les escabulle de la red a los burócratas de lo religioso, a los fenomenólogos del oro consagrado, de la febril ambición de poder.
Porque Dios, nuestro Dios, es pequeño. El es la pequeñez.
Y el Verbo se empequeñeció hasta nuestra carne,
Y habitó entre nosotros,
Y nosotros hemos visto la gloria de su pequeñez.
En Belén de Judea, nacido en un pesebre,
Porque en la posada sólo había sitio para las grandezas.
En el negro Calvario,
Sobre la Cruz dorada que los grandes le hicieron.
En la Eucaristía, hecho pan de salud, bebida de gozo,
Siempre resucitado.
Qué pequeño mi Dios,
Qué inmensidad la suya,
Entrevista en el quiebro
De una plegaria de alabanza
Y servicio de su gloria,
De su pequeña –y por eso libre- gloria.
Qué pequeño mi Dios.
Ahora vienen diciendo algunos oficiales que no se le alaba convenientemente en esta lengua. Que es demasiado grande para ser contenido en estos lexemas, fonemas o morfemas tan vulgares, tan de la calle, tan de los seres humanos.
Tal vez tengan razón. Sólo tal vez. Pero puede, tal vez, que su dios –tan grande, enorme, gigantesco, temible- no sea el Dios de Jesús. El Abbá, Padre.
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José Mantero



