Latine loqueris?
17.10.06 @ 00:20:26. Archivado en Qué cosas, tú
Mientras escribo estas líneas, estoy escuchando cánones y letanías –la mayoría en latín- de Taizé. Viven en un rincón de mi ordenador, me alegran, me procuran emociones, recuerdos, devoción. La primera vez que entré -1980- en la Iglesia de la Reconciliación, centro espiritual del enorme ministerio desarrollado por el hermano Roger y su comunidad, me dejé mecer el alma por las notas de un bellísimo y pimpante canon en latín: Iubitale Deo, con música de Jacques Berthier. Era la primera vez que yo cantaba en latín, pues en el seminario lo hacíamos siempre en español (¿o debo decir castellano?).
Aquel Iubilate de Taizé me edificó como joven persona creyente. Era a media tarde, hacía el frío típico de aquella colina –aun en verano-, muchos chicos y chicas estábamos tirados por la moqueta color miel del amplio oratorio… Aquello era latín, algo lejano que estudiábamos en BUP y COU… Sin embargo, sonaba tan cercano, tan vivo, asimilado y musicado por decenas de gargantas al unísono.
Qué abismal distancia entre aquel Iubilate y un cansino Gallia est omnis divisa in partes tres… No es lo mismo, claro.
Ni el corazón ni la mente rechazaban aquello, ni estando en latín. ¿Por qué razón? Pues porque allí había vida, existencia normal y corriente hecha oración, súplica y alabanza. Nadie nos había advertido contra el latín que allí circulaba de partitura en partitura, tampoco nadie nos había predispuesto a favor de aquella lengua ¿muerta?, allí tan radical y originalmente palpitante.
Aquello era una maravilla, un milagro: personas venidas de muchos países éramos capaces de cantar al Señor en una misma lengua, la del Lacio, que nos servía como vínculo de unión, aglutinante simple, bello, perfecto (o casi). Babel sucumbía frente a Pentecostés.
Yo jamás había participado en una Misa en latín, claro.
Desde siempre, en mi parroquia natal, durante la segunda parte de Adviento se celebraban las Misas del Niño, muy mañaneras, liturgias en español con bellísimos cantos en latín. La Missa Pastorella segunda. Me llevaban siendo muy chico, yo no entendía esa lengua; no obstante, no la sentía extraña, ya que despertaba en mí… cosas, sentimientos, sentidos y un perfume de churros al terminar.
Muchos años más tarde, ya sacerdote católico en ejercicio, he ido algunos años a pasar una semana de retiro en el monasterio benedictino de Santo Domingo de Silos. Aquel Oficio Divino transporta a donde debe, al Creador. Aquellos versículos, himnos y cánticos –también en latín- no precisaban de traducción simultánea, pues se expresan en ese lenguaje universal, la fe.
Un par de veces, en algún encuentro internacional, he presidido la Eucaristía en lengua latina: habíamos comprobado lo caótica y poco dinámica que resultaba la celebración en ocasiones anteriores, dicha en tantas lenguas (alguien se sacó de la manga la coartada democrática…), de manera que se optó por el latín. Y funcionó.
No seré yo, por esto, quien se oponga al uso del latín. Pero no como norma, ni por decreto o cualquier tipo de imposición. Cosa que –espero- no creo que se haga. Reine quien reine en el minúsculo y poderoso estado vaticano.
De todos modos, este catolicismo ¿a quién interesa? La fe cristiana no se agota -a veces pienso que ni siquiera se contiene- en él. Latín...
Ahora, lo del efecto Ratzinger es distinto. Da tufazo a rancio. Mucho me temo que, de prosperar este fervor, nada filológico sino más bien arqueológico si no anticuario, en los establecimientos del ramo no se respirará la atmosfera que en la colina de Taizé, o la viva dignidad que en Silos, sino una tediosa mezcla de venenosa imposición y hostia alcanforada. Letal para el espíritu.
Aseguran algunos que van a decretar la Misa en latín. No creo, puesto que sólo se puede decretar aquello que no existía previamente, y el latín jamás fue abolido como lengua oficial de la Iglesia Católica. Como tampoco se eliminó el hebreo del culto sinagogal, aun cuando no hubiera nacido Ben Yehouda. Por tanto, lo que supongo que hará BXVI, el Papa de los gorros, será a lo sumo aconsejar su uso (no el de los chapeos, sino el de la lengua), y “permitírselo” a los secuaces de Lefevbre, para que no se le vayan de las manos; pues esos, los retrógrados, sí le interesan al bávaro. Con todos los respetos, claro está.
En cuanto a la Misa de espaldas, confío -por el bien y equilibrio de aquellos a quienes la movida católica importa- en que un resto de sentido común en clero y laicado hará que todo quede en agua de borrajas. De lo contrario, se haría verdad la coplilla satírica que circula por aquí abajo: “La misa es un montón de ignorantes, mirándole el culo a un tunante”.
Nosotros, a lo nuestro, a celebrar al Señor en nuestra lengua o en la que se tercie, siempre que esto suponga comunión con sentido. Y… tengamos la fiesta en paz.
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José Mantero



