La ciencia calificada

Enlace Permanente 15.10.06 @ 01:09:53. Archivado en Homilía los domingos

Hay varias maneras de preguntar, a Dios y sobre Dios. Está, en primer lugar, la pregunta creyente, propia de quien, leal y sinceramente, desea avanzar en el seguimiento de Jesucristo y, por tanto, se interesa por conocer los caminos para ir en pos de su Maestro; también está la pregunta que, así mismo leal y sincera, nos dirige –puede que sobre Dios- quien sin profesar nuestra fe cristiana, inquiere acerca de las claves para acercarse a una comprensión honesta de la vida cristiana. Muchas otras posibilidades a la hora de preguntar. De entre todas ellas, el joven rico (Mc 10, 17-22) eligió la que imposibilita el seguimiento de Cristo. El se acercó, apresurada y respetuosamente, al Maestro nazareno, y se situó frente a él, no a su lado, tampoco de su lado o de su parte.

“Maestro bueno –le preguntó- ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?” (v. 17).

Se trata de una pregunta bastante normal y corriente en la gente joven, que quiere sinceramente conocer el camino para esa realidad entre mítica, romántica y percibida como un imposible a veces: la felicidad. ¿Qué tengo que hacer para ser feliz?

Jesús parece que le echa el balón fuera, para desconcierto de aquel chico de buena familia. “¿Por qué me llamas bueno –respondió Jesús-. Nadie es bueno sino sólo Dios” (v. 18). O sea: ¿por qué me preguntas esto a mí? ¿en calidad de qué o de quién? ¿cómo me ves y me entiendes para hacerme esta pregunta?

En estas aparentemente enigmáticas palabras de Cristo se está dando una no tan velada auto proclamación de su naturaleza divina, dado que no se niega a responder al joven rico en el tenor en que es interrogado por él.

Y le responde como Dios. Con propiedad, y abriendo para su interlocutor los tesoros del Antiguo Testamento: “Ya sabes los mandamientos…” (v. 19), que son el camino propuesto por Dios a los seres humanos que quieran seguirle, cumplir su santa voluntad.

Esta respuesta decepciona al joven, que –demasiado rico y henchido de sí mismo- esperaba algo más… especial, tal vez; algo, como se diría hoy, personalizado, para él, a su medida. ¿Esperaba, acaso, que Dios se adaptase a su raquitismo de alma? Nos pasa a veces, cuando pedimos al Señor respuestas, pero respuestas tan a nuestra cutre medida, que luego sentimos vergüenza y agradecimiento… porque Dios haya callado tan elocuentemente.

Pero, Maestro… “todo eso lo he cumplido desde que era joven” (v. 20)… y aquí estoy: no conozco la felicidad, no la he alcanzado.

Jesús, en vez de seguirle el juego (aprendamos), enfrenta al joven con su propia realidad. Una cosa te falta: obedecer esos mandamientos que conoces desde tu juventud. No basta con que sepas: tienes que realizar, cumplir, para que tengas verdadero conocimiento.

Jesús lo miró con amor, pues sabía que sólo desde el amor todo un Dios ha de sugerir obediencia… “Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme” (v. 21).

El joven se marchó muy triste: estaba demasiado lleno de sí. No tenía intención de vaciarse para permitir entrar a Dios, que accede a nuestro interior tras nuestro acto de obediencia (que para nosotros es obediencia, y para El es permiso de acceso, pues respeta soberanamente la soberana libertad que El mismo nos otorgó).

Me gustaría, en este año conmemorativo de Dietrich Bonhoeffer, dejar que el santo pastor nos predique, a través de sus palabras escritas en su obra “El precio de la gracia”. Dice Bonhoeffer acerca de este pasaje evangélico:

“Pero el que interroga, situado frente a Dios mismo, aparece al mismo tiempo como un hombre que huye del mandamiento evidente de Dios, mandamiento que conoce muy bien”.

“Los mandamientos están destinados a poner fin al conflicto ético. El conflicto ético, fenómeno ético originario del hombre después de la caída, es en sí mismo la oposición del hombre a Dios (…) La invocación del conflicto ético es la ruptura con la obediencia”.

El joven rico “esperaba que Jesús le ofreciese una solución a su conflicto ético. Pero Jesús no se preocupa de su problema, sino de él mismo”. Por eso le invita a seguirle.

“Sólo el diablo ofrece una solución al conflicto ético; continúa preguntando y no te verás obligado a obedecer”, es la respuesta del diablo al hombre que quiere seguir a Cristo.

Dios es simple, Satanás es complicado: el joven rico “conoce el mandamiento, lo ha observado, pero piensa que eso no puede constituir toda la voluntad de Dios, que debe haber algo más, algo extraordinario y singular. Esto es lo que quiere hacer”, no cumplir la sencillez vulgar de los mandamientos.

“No es posible ninguna escapatoria hacia la mentira del conflicto ético. El mandamiento es claro: ¡sígueme!”.

“La obediencia sólo se aprende obedeciendo, no preguntando”.

Por esto Bonhoeffer graba a fuego en las suelas de su propio seguimiento las palabras:

“Sólo el obediente cree, sólo el creyente obedece”.

El joven rico buscaba justificarse. De manera absurda o innecesaria. Justificarse ante Jesús. Y qué sorpresa: Jesús le ofrece aquella justificación que viene de Dios, y que no es excusa ni coartada para el ser. Una justificación totalmente distinta.

El joven buscaba una respuesta a su pregunta. La respuesta es: Jesucristo. El precio de la gracia es la obediencia; el premio, la gracia misma: Jesucristo.

Acuden a mi memoria los versillos del beato Diego José de Cádiz:


“La ciencia calificada
es que el hombre en gracia acabe;
que al final de la jornada,
aquél que se salva sabe,
y el que no, no sabe nada”.

Dios nos bendiga a todos con la gracia de su seguimiento, alumbrada senda de los santos, simples y puros mandamientos.

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