Junto a los canales de Babilonia
24.09.06 @ 00:36:10. Archivado en Homilía los domingos
Muchas veces, los seguidores de Cristo nos descorazonamos, permitiendo que la perplejidad colonice nuestra alma creyente, cuando no vemos resultados tangibles (objetivos, solemos decir, como si todo pudiera ser objetivado) que se correspondan con nuestro esfuerzo evangelizador, con nuestra lucha cristiana, con nuestros legítimos anhelos de hijos en el Hijo.
Así ocurre en caminos cristianos particularmente difíciles de caminarse, uno de los cuáles es la lucha cristiana de liberación gay, tan repetidamente puesta en solfa por quienes más debieran valorarla por encargo del mismo Jesucristo, Señor de la acogida y el amor universales.
Con dolor de hijos de la Iglesia, tomamos conciencia de cómo la sociedad va por un lado y algunas Iglesias por otro, en este terreno. Sin ir más lejos, en España, social y jurídicamente se ha dado un paso de gigante hace ahora poco más de un año, con la total equiparación -que nos constituye a todos en ciudadanos de igual rango anta la ley- en los derechos de ciudadanía, mediante la apertura a las parejas del mismo sexo de la institución que, en el actual ordenamiento jurídico español, se denomina matrimonio. Sin embargo, desde ciertos frentes eclesiales significativos, se combatió (en ocasiones con métodos nada democráticos, y nulamente cristianos) este clarísimo avance social y humano con las armas de una vociferación rayana en la vil y desvergonzada asonada.
Los cristianos gays hemos sufrido lo indecible –y lo que te rondaré, morena- viendo cómo desde nuestras propias Iglesias se nos negaba el pan y la sal de este inalienable derecho, la ciudadanía terrenal total, signo y anticipo de la plena ciudadanía celestial que –efectivamente- jamás podrán arrebatarnos ni negarnos.
Así mismo, también nos hemos percatado, con profundo dolor, de cómo ciertos pastores del Pueblo de Dios, homosexuales ellos también, y como tal menospreciados por determinadas jerarquías, han callado y no han dado el paso al frente que el Señor que les llamó les pedía, para defender los derechos de sus hermanos silenciados, cuando estos han sido vilmente pisoteados por las cúpulas eclesiales, con infamantes documentos, más propios de épocas pretéritas de oscurantismo y sinrazón.
El sentido que tienen este dolor y sufrimiento creyentes se nos apunta en el Evangelio de este domingo, en el que la cruz aparece no como un accidente o un quizá, sino como requisito para que fructifique la siembra evangélica.
Jesús anuncia a los discípulos su Sagrada Pasión, y estos se ponen a mirar para otro lado, y a hablar de otras movidas, porque no entendían a su Maestro, y les daba cierto miedo preguntarle.
Pero Él les deja claro que la vida aparecerá después de la muerte. Que la semilla del Evangelio (justicia, paz y amor) no dará fruto si no es puesta en tierra, y muerta. Pero que luego dará el ciento por uno en dorado grano.
“Pero ellos no entendían esta palabra, y tenían miedo de preguntarle” (Mc 9, 32).
¿Qué nos cuesta tanto trabajo admitir del mensaje de Jesús de Nazaret? ¿Por qué nos quedamos perplejos y abatidos cuando no observamos resultados?
Hay hermanos que tiran por la calle de en medio, cogiendo por un atajo… para no pasar por la Cruz. Es lo que ocurre cuando, confundiendo poder con servicio, se buscan los resultados rápidos y tangibles que ofrece una organización empresarial, en detrimento de la Iglesia del Señor.
De este modo, a día de hoy, vemos Iglesias convertidas en empresas, por arte y parte del atajo para no ver la Cruz, el dolor; para no sentir el rechazo del mundo.
Tampoco entienden estos ni palabra del mensaje. Pero, en lugar de preguntar al Señor, se preguntan a sí mismos, a sus propios mundanos corazones. Y el resultado son estas iglesias que no son la Iglesia.
No tengáis miedo, hermanas y hermanos gays. No tengáis miedo cuando veáis cómo vuestros verdugos y carceleros obtienen fantásticos resultados, pues lo serán en número solamente.
No temáis, hermanas y hermanos gays. Cristo está a la popa de esa embarcación que parece hundirse: vuestras vidas creyentes amenazadas por la homofobia eclesiástica. No temáis. Abrid las puertas de par en par al Señor que llega mecido por la brisa de la cima del Calvario. Viene con Él su salario, y su recompensa lo precede.
Este sufrimiento de sentirse rechazados por la Iglesia a la que amamos es, ciertamente, incomprensible. Es únicamente asimilable por espíritus cristianos que sepan luchar y mantenerse, en medio del fragor de la batalla, fieles al Evangelio en el que creen, al Cristo al que aman y decidieron seguir.
Mientras tanto, nos alienta el memorial del Señor, muerto y resucitado para nuestro bien. Memorial, más que simple recuerdo, menos que promesa cumplida. Memorial, asidero del alma y su sosiego. Al mismo tiempo, desasosiego salvador y tabla de salvación:
“Estáuame en mí muriendo,
y en ti solo respiraua;
en mí por ti me moría,
y por ti resucitaua,
que la memoria de ti
daua vida i la quitaba”
(San Juan de la Cruz, del “Super flumina Babilonis”)
Un día la victoria será de la fraternidad sobre la exclusión, del amor sobre el odio homófobo, de la vida sobre la muerte, el oscurantismo y el mal.
Mientras tanto, este dolor cristiano es la tierra… “Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes” (1Cor 15, 36).
“Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: lo he glorificado y lo glorificaré otra vez” (Jn 12, 27-28).
Hoy, aún, la vida de los cristianos gays transcurre en el destierro. Allí, junto a los canales de nuestras Babilonias, como el antiguo pueblo, renacemos y nos fortalecemos para ser, ya, más de Cristo e integrar su verdadera Iglesia.
Acerquémonos confiadamente al trono de la Gracia, a la Comunión en sus padecimientos para comulgar con su Santa Gloria de Pascua. Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección; ven, Señor Jesús.
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José Mantero



