Acordaos de la mujer de Lot

Enlace Permanente 17.09.06 @ 00:15:17. Archivado en Homilía los domingos

La sombra del arado evangélico nutre la ruminatio cristiana de la Palabra dominical. La oportunidad de la ordenación ministerial de mi hermano Fernando, Pastor ICM, me motiva a inclinar el oído del corazón a instancias del salmo 45, cuyo consejo recoge el prólogo a la Regla de San Benito.

Retumban en los oídos las palabras del Maestro: “Ninguno que, habiendo puesto su mano en el arado, mira hacia atrás es apto para el reino de Dios” (Lc 9, 62).

También resuenan las de Isaías, hablando del Siervo de Yahvé: “y yo no fui rebelde ni me volví atrás” (Is 50, 5).

El contrapunto terrible lo ejecuta Gn 19, 26: “Entonces la mujer de Lot miró atrás, a espaldas de él, y se convirtió en estatua de sal”.

Mirar atrás mientras se siembra el reinado de Dios es asegurar la torcedura del surco, es divagar, centrarse en lo que fuimos hace años, minutos, meses… ¿Es terrible Cristo? Lo absurdo es no mirar hacia delante, descentrarse de la tarea que Dios encomienda, y que nos realiza, no sólo como apóstoles, sino como personas. Lo terrible es echar a perder el tesoro que somos, el proyecto personal que el Señor nos quiere asegurar. Lo terrible es el miedo, que hace mirar atrás. Lo terrible es la sal de esos terrores que van invadiendo la memoria del alma, y la resecan, y convierten el proyecto de ser vivo en estatua yerta. Como la mujer de Lot.

Esto es lo que Pedro en el evangelio de Marcos, con tan buena intención, propone en realidad al Cristo: negándose a verle torturado, martirizado, asesinado, Pedro cierra los ojos a la obra –completa- de la Trinidad. La obra de Dios: completar el ciclo de la redención, del rescate absoluto de toda la persona, de todas las personas. ¡Vete de mí, Satanás, pues piensas como los hombres, no como Dios!, es la respuesta de Jesucristo.

Sin mirar atrás.

Escriben al canal cristianosgays hermanos desazonados porque, sintiéndose católicos de corazón, nadan entre las dos aguas de la perplejidad y la santa sospecha: su convicción de que Dios les ha creado homosexuales y les quiere homosexuales, y su Iglesia, que, hipócritamente, dice acogerles mientras rechaza su amor y veta su vocación al sacerdocio ministerial.

Me escribe Juan:

“Soy estudiante, tengo 28 años y necesito conciliar mi amor por Cristo y mi homosexualidad”.

¿Qué le dice su Iglesia?

La Iglesia sin etiquetas de poder dice a Juan: Cristo te ama tal como eres, y quiere que cada día seas más lo que eres.

También escribe, ayer noche, Leonardo, sacerdote católico:

“Hola, soy sacerdote católico y llevo once años de misa, soy gay y por favor ayúdenme”.

¿Qué le dice su Iglesia?

La Iglesia de Jesucristo, la que no tiene dictadores omnímodos ni marchamos excluyentes, te dice: Leonardo, sacerdote de Jesucristo, anuncia el Evangelio a tus hermanas y hermanos excluidos por una Iglesia del poderío y no del servicio.

Antonio nos dice escuetamente:

“Creo que aprenderé mucho de mis iguales cristianos”.
Se refiere, obviamente, a sus hermanos y hermanas gays cristianos. Que sí le acogemos, que sí le escuchamos sin prejuicios ni ideas preconcebidas. Que sí le queremos tal cual es, que no le vetamos ni anatematizamos.

Absolutamente contundente y clarificadora la carta que nos envía Juan Fernando:

“Saludos, espero contactar con creyentes que han decidido no renunciar a su fe por vivir su afectividad, ni a su afectividad por vivir su fe”.

Juan Fernando ha dado en el clavo. Ser homosexual no es ser un esclavo del sexo, como piensan esos hipócritas que dirigen el negocio vaticano. No se trata, en primer término, de sexualidades, sino de afectividades, de amores, de amor. Sin comentarios.

¿Qué tenemos que hacer, hermanos?

En el evangelio de San Lucas, Jesús advierte: “Acordaos de la mujer de Lot” (Lc 17, 32).

Pues se trata de no mirar atrás, toda vez que se halla uno con los pies encaminados en el negocio de Cristo.

Mirar hacia delante, considerar que la fe cristiana y el seguimiento de Cristo no se agotan ni en el catolicismo ni en Iglesias que injurian y desprecian a las personas.

Mirar hacia delante, coger por la calle de en medio, con la política de hechos consumados. Aun siguiendo en la Iglesia Católica, o en la que sea, no secundar las consignas de esos cruzados de la intolerancia, la homofobia, el espíritu antievangélico.

Mirar hacia delante, contemplar la Mesa del Señor, pan y vino preparados para ser Él, para transformar nuestro yo en el Nosotros de Dios.

Dichosos los invitados a la cena del Señor. Todos. Amén.

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