Florecen los desiertos del corazón
10.09.06 @ 00:23:14. Archivado en Homilía los domingos
Florecen los desiertos del corazón. Así tituló Roger de Taizé uno de sus diarios. Así entendía las promesas de Dios aquel hermano universal que, como Francisco, sabía sonreír, contagiar su mansedumbre, como nadie abrigar (y lo digo literalmente, pues aún conservo su rebeca gris: me la puso él mismo hace veintitantos años, en la sacristía de la Iglesia de la Reconciliación, en una tarde de manga corta y viento recio). Hermano Roger conocía bien la entraña del Evangelio, por donde pasa la denuncia, pero donde habita la dulzura de la promesa cierta, el suave silbo de la paz del Señor, la soledad sonora del Amor.
La Palabra de este Domingo nos trae la misma promesa. Jesús recoge y da cumplimiento pleno a la profecía del gran Isaías. En el profeta veterotestamentario, la belleza literaria del gran poeta de Jerusalén sobrecoge el alma y alegra los recovecos del espíritu, que se identifica con el anhelo de la humanidad: beber, escuchar, saltar de gozo, cantar el gozo y la gloria de vivir…
El Cristo de Marcos nos trae la belleza de otro modo. La perfección artística del gesto, la hermosura del milagro, el cromatismo de la liberación.
Si un Domingo hay especialmente alegre y esperanzador, es éste. Recibimos de Jesús palabra de apertura, de escucha, de proclamación (como prohibida por el Maestro) de la Santa Liberación operada por el Hijo del Padre.
Effeta (Mc 7, 34). Ábrete. Es otro mandamiento, parejo del amor.
Jesús ordena, y las orejas del alma se abren de par en par. Y la vida parece distinta –lo es-, al alba de la esperanza cimentada en la fe, por los caminos de la caridad.
Effeta y, recibiendo místicamente la voz del Maestro y Hermano, nacemos a la nueva realidad: hijos en el Hijo.
La Palabra de hoy es parábola de la vida cristiana, centrada en el cumplimiento de las promesas del Señor, que se entrañan en nuestra carne mortal, impulsándola a la inmortalidad, al vuelo, a la libertad poderosa y soberana de los hijos.
¿Despertaremos del sueño liberador del Evangelio, cuando miremos el cúmulo de prohibiciones, anatemas, vetos de ciertas (inciertas) iglesias? No podemos consentirnos dejar de soñar Evangelio. Porque este sueño construye Iglesia, humanidad nueva, filiación. Porque este sueño es más real que las supuestas “realidades” que en tristeza, angustia y tono gris anuncian pájaros de mal agüero.
Effeta. Ábrete. Y todo será nuevo.
Como encarnadura de los cumplimientos amorosos del Señor, comparto con vosotros la carta de mi amigo Gabriel. La recibí la mañana del viernes, hacía calor y trajo el fresco de quienes se aman:
“Estoy enamorado, Pepe. De otro hombre, de Fran. El amor, que recibo de mi chico y del Señor, ha hecho caer las escamas de mis ojos. El amor de Fran, recibido de Cristo, rompe mis trabas y hace que todo mi ser salte como ciervo. Mis oídos pueden oír ahora. Porque Fran, desde Cristo, ha venido. Porque Cristo, con Fran, me ha bendecido, y su bendición se llama Francisco. El, mi Dios, ha liberado nuestro ser con el rocío de su Amor. Seremos uno”.
Amén. Amén. Amén.
Effeta.
Abrete.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
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José Mantero



