Un fracaso que salva
09.07.06 @ 00:59:34. Archivado en Homilía los domingos
Tras el rotundo éxito pastoral recogido en el evangelio del domingo pasado, ahora Marcos, en un contraste nada suave, sin pasaje de transición, nos hace encajar el (también rotundo) fracaso de Jesús en Nazaret, su tierra, donde “no pudo” obrar milagros, excepción hecha de unas pocas curaciones (Mc 6, 1-6), a las que el evangelista otorga una significatividad relativa.
El Hijo de Dios, Señor del poder del Espíritu, se nos muestra como incapacitado para hacer milagros entre gente sin fe. Abrupta discordancia con respecto al doble episodio anterior (Mc 5, 21-43), la curación de la hija de Jairo y de la mujer con flujo de sangre. Entonces, Jesús experimentó un baño de multitud, que apenas le permitía caminar. Era el momento del éxito, de la victoria visible, tangible, sobre el mal. Allí, Nuestro Señor alabó la desnuda fe de la mujer. Aquí, Él “se asombró” de la incredulidad de sus conciudadanos (v. 6).
Como entonces encontrábamos aquella secuencia de la fe (oír, acercarse, tocar, sanar, adorar, confesar), hallamos en esta perícopa otra –distinta, pero también de parte de Dios-, la secuencia de la falta de fe, la del fracaso de este Dios que tanto respeta la libertad que ha otorgado al hombre, al extremo de no intervenir positivamente sin el concurso de la fe, fruto y causa de libertad: admiración, escándalo, asombro.
San Marcos va graduando la intensidad del desencuentro entre Jesús y sus paisanos con dos verbos que se complementan, de menor a mayor: en el versículo 2, sus oyentes “se admiraban”, invadidos por el prejuicio, de que el hijo del chapuzas local osara dirigirles tales enseñanzas; y seguidamente, el evangelista da un paso más y nos presenta la decepción y el escándalo que Jesús despierta en aquellas personas. Ya en el versículo 3, Marcos puntualiza, da el golpe de gracia: aquellas gentes “se escandalizaban de él”, con la forma verbal eskandalidsonto, que en griego tiene significado de ser motivo de tropiezo. Por tanto, no se trata aquí de un simple fracaso, anecdótico en el expediente del Cristo, sino de algo más hondo, estridente: ser causa de tropiezo, piedra de escándalo.
Si en el evangelio del domingo anterior todos se identificaban con el Cristo taumaturgo victorioso, hoy todos, sin excepción, tropiezan en Él. Jesús es, pues, piedra de tropiezo (Rm 9, 33), bandera discutida, signo de contradicción (Lc 2, 34).
Jesucristo, el Salvador, el Hijo de Dios viviente, siente de qué manera el fracaso de la humanidad doliente se inyecta en sus arterias de Hombre-Dios. En Nazaret, pues, no puede obrar maravillas. ¿Nadie es profeta en su tierra? ¿En su comunidad? ¿En su iglesia? Más vale asumirlo, desde la asimilación con Jesús. Dios, por encima de todo, salvaguarda y respeta nuestra libertad.
Pero el fracaso de Cristo salva, más que mil triunfos de los hombres. En la vida apostólica, bueno es tener esto en cuenta para, con santo y evangélico realismo, jamás desfallecer, pues la mies es mucha, pero pocos los operarios.
Jesús “estaba asombrado de la incredulidad de ellos” (v. 6). El mismo Dios encarnado, que nos conoce porque es más íntimo a nosotros que nosotros mismos, no "puede" hacer nada ante una dureza de corazón que forma parte de la libertad con que el Creador diseñó la arquitectura de nuestra alma.
Hay que saber cristianamente fracasar. El fracaso según el Evangelio –misterio de la fe- hay que afrontarlo llenos del Espíritu y a pie firme, para no sucumbir (Ez 2, 2).
Lo esencial es que el Evangelio (el Cristo de la Cruz y de la Luz pascual) sea proclamado. No podemos ser los discípulos mayores que el Maestro, no tenemos derecho al desánimo, pues la salvación no es obra nuestra sino de Dios, que es quien da crecimiento. A nosotros, pues, nos toca sembrar y regar. Jesús continuó enseñando por los pueblos y aldeas de la tierra encadenada. Y “siempre sabrán que hubo profeta entre ellos” (Ez 2, 5). Que el fracaso no paralice.
El anuncio del Evangelio ha de ser hecho desde esa fragilidad en que la potencia de Dios gusta de manifestarse a sus anchas. Como dice el Maestro a San Pablo: “Te basta mi gracia, porque mi fuerza se perfecciona en la fragilidad” (2Cor 12, 9).
El verdadero discípulo, como su Maestro, ha de apurar hasta los posos el santo cáliz del fracaso santo. Dios hará que dé fruto pascual, hasta del ciento por uno.
A María, “capitana de la angustia”, con su corazón atravesado por la espada de la pérdida, encomendemos nuestras decepciones, desengaños y fracasos en el trabajo de la evangelización. Que Ella, acompañándonos también a nosotros “en la impía tarde negra y amarilla”, nos dé la mano para vislumbrar, al pie de la Santa Cruz, el luminoso santo fracaso de su Hijo, florecido por Pascua.
“Aquesta eterna fonte está ascondida,
qué bien sé yo do tiene su manida…”
Aunque, de noche, no veamos claro, nos asegura su presencia Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
NOTAS BIBLIOGRÁFICAS (para leer Rm 13, 8ss):
• Aland, Karavidopoulos, C.M Martini, Metzger: THE GREEK NEW TESTAMENT. 4ª edición revisada. Stuttgart, 1993.
• Lacueva, Francisco: NUEVO TESTAMENTO INTERLINEAL GRIEGO-ESPAÑOL. 1ª edición. Sabadell, 1984.
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José Mantero



