Sola gratia
05.07.06 @ 00:16:31. Archivado en Religión, IGLESIA
Esta es la pregunta de los creyentes, aquella con la que nos desayunamos después de tener noticia de Dios (pues conocerle es más hondo que ser conscientes del dato de su existencia): ¿qué es lo que nos salva? ¿qué lo que nos hace justos?
En ocasiones, esta pregunta fundamental se traduce –erróneamente- en la otra: ¿qué hacer para alcanzar la salvación? Se trata de la pregunta equivocada, pues la justificación no es algo que le corresponda construirse al ser humano –como una torre para apropiarse del cielo-, sino que es el don gracioso del Creador. La vida creyente que se edifica cimentada sobre los esfuerzos por responder a esta última cuestión, que cosifica la gracia, desemboca en la confusión de Babel. No parece ser el camino, cuando Dios se nos muestra continuamente como señor de la integración. No vamos a preguntarnos, pues, por cómo “fabricar” la salvación.
La justificación no se obtiene mediante el ejercicio de un voluntarismo que lo único que consigue es convertir al creyente en un fakir tan obsesionado en su ascesis que olvida la gracia divina, que olvida que es Dios quien salva. Pero tampoco somos justificados cruzándonos de brazos y quedándonos a verlas venir.
San Ignacio de Loyola plantea la ecuación equilibrada: se trata de actuar sabiendo que todo depende de Dios, pero como si dependiera de nosotros.
Bonhoeffer, gran intérprete del Evangelio y de San Pablo, establece un equilibro nada precario para dar contestación a la pregunta correcta. En “El precio de la gracia” desliza una doble frase genial, para resumir -y dirimir- la cuestión:
“Sólo el obediente cree, sólo el creyente obedece”.
La salvación es obra de Dios. El hombre no tiene alcance ni potencialidad para obtenerla por sí exclusivamente. Se acuerdan del jansenismo y, mucho antes, del pelagianismo, resucitado por ciertos movimientos eclesiales de reciente hornada.
¿Fe? ¿Obras?
La salvación parte de Dios, es exclusivamente obra suya. Dios otorga liberalmente la fe. ¿Qué podemos hacer nosotros? Nos corresponde crear las condiciones que habiliten la circunstancia donde sea posible la fe. Hacer esto supone ya obedecer, una obediencia a Dios incluso previa al don de la fe. Sólo la fe justifica, nos alumbra y guía. Sólo la fe, que por su gracia el Señor ha inyectado en nuestra persona y, desde entonces, la fe es sangre de nuestra sangre.
En resumen. ¿Quieres creer? Obedece. Es lo que Jesús desea hacer comprender amorosamente al joven rico: la circunstancia para la fe, y para la justificación, se hace posible exclusivamente dando pasos de obediencia. “Aún te falta una cosa: vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme” (Lc 18, 22).
La obediencia va posibilitando la fe, la fe nos justifica, las obras son fruto de la fe cimentada sobre la obediencia. Todo es obra de la gracia. “Por pura gracia estáis salvados” (Ef 2, 5b).¿Qué es lo que nos salva, qué lo que nos hace justos? El Amor de Dios, llevado hasta el extremo, hasta la locura misericordiosa de la cruz. El, el amor, es el principio en esta nueva creación que supone la justificación.
Nosotros amamos a los hermanos porque su Amor nos capacita para el amor.“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.
Nosotros lo amamos a él porque él nos amó primero” (1Jn 4, 10.19).
Por pura gracia nos salva el Santo Amor.
Nos salva Dios. Nos hace justos Dios.
Por lo tanto, la pregunta correcta es: ¿Quién nos justifica?
Alabado sea Jesucristo.
Nuestras sinceras condolencias a los hermanos y hermanas víctimas del accidente en el metro de Valencia.
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José Mantero



