La fe que busca adorar

Enlace Permanente 02.07.06 @ 00:36:25. Archivado en Homilía los domingos

De entre los tipos posibles de fe, San Marcos retrata dos en la perícopa evangélica de este domingo: la fe de Jairo y la fe de la mujer que padecía flujo de sangre. Ambas son “escaneadas” por este evangelio en el marco de la bulliciosa y relativa creencia de la multitud que se apretuja, a orillas del Kinéret, en Galilea, en torno a Jesús.
Jairo es un alto dignatario sinagogal; en cierto sentido, un profesional de la religión, sin embargo con una fe sincera en Jesús, siquiera como la del que se agarra al último clavo ardiente. Jairo, imbuido de su propia alteza, se acerca solemnemente al Maestro galileo (su postración a los pies de Cristo es muy ceremoniosa) y le presenta súplicas por su hijita enferma; una petición que, formalmente, no admite negativa: “ven”, “pon las manos sobre ella”... Jairo está habituado a ser imperativo.
La fe, pues, de Jairo es la propia de quien está acostumbrado a ser obedecido (me recuerda mucho al general De Gaulle y su oración al Sagrado Corazón de Jesús, a quien, en lugar de rezarle: Sagrado Corazón, en vos confío, le espetaba: Sagrado Corazón, confiad en mí). El jefe de la sinagoga no pretende manipular al Hijo de Dios; sin embargo, sus maneras al suplicarle delatan enorme "personalidad", incluso esa cierta autosuficiencia de quienes, habituados al trato cotidiano con lo sagrado, caen en la tentación de trivializar a Dios y las cosas de Dios.
La actitud de este jerarca religioso es de fe, y como tal es valorada por Jesús, que, haciendo caso a su requerimiento, le acompaña hasta su casa para sanar a su niñita.
Jesús da cumplimiento a las expectativas y anhelos de la fe de Jairo, que van orientadas exclusivamente a la curación de su hija.
Pero Jesús no alaba la fe de Jairo.
Pero Jesús calla sobre la fe de Jairo.
En cambio, Nuestro Señor subraya y elogia la fe de la mujer. Es más, San Marcos la retrata con tal lujo de detalles, que ésta aparece, sin demasiado esfuerzo, a nuestra comprensión como la forma de fe ciertamente deseable, como aquel género de fe que el Señor aprecia –y bendice- en mayor grado, aun apreciándolos todos.
La intensidad narrativa de este pasaje es magistralmente administrada por Marcos hasta en pinceladas aparentemente nimias, tal como las dos secuencias verbales comparativas de una y otra actitud de fe, Jairo y la mujer. En el primer caso, la correlación de verbos expresa la secuencia de la curación; en el segundo, la secuencia de la salvación. La fe de Jairo acaba en la curación, la de la mujer se completa con la adoración de Jesús.
La mujer se acerca a Jesús no porque lo hubiese visto (como Jairo, que, en virtud de su posición privilegiada entre la gente, merced a su categoría social y religiosa, lo había visto con cierta facilidad), sino por haber oído hablar de Él. La fe, como tipifica San Pablo en Rm 10, 17, “viene por el oír”. Marcos no concreta la procedencia étnica, social ni religiosa de esta mujer anónima. Pero es importante hacer notar que se acercó a Jesús por una vaga predicación. “¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (Rm 10, 14). Desprovista, al contrario que Jairo, de seguridad en sí misma o de confianza en su estatus; provista únicamente de su propia necesidad, frustración y profundo desespero, ella no se ve digna de abordar al Maestro cara a cara, ni de dirigirle la palabra a alguien tan famoso e importante.
Únicamente, se atreve a acercársele por detrás, y a tocar su manto. Y su fe la sanó.
Fue este su primer encuentro con el Señor. El segundo –y más trascendental- tiene lugar cuando Él la localiza y pone en ella sus ojos. Entonces la mujer curada, atravesada por la mirada del Nazareno, es ahora salvada. Se ha producido el encuentro pleno y definitivo con el Hijo de Dios, la sanación del cuerpo y la salvación del alma. Es lo que faltó –al menos, que sepamos por Marcos- en la secuencia de Jairo. Desconocemos qué fue de Jairo tras la resurrección de su hija. Pero conocemos muy bien qué ocurrió con la mujer tras su curación: fue salvada.
Marcos continúa coloreando la fe de esta mujer paradigmática: ella actuó su propia salvación con temblor y con temor (Flp 2, 12). Precisamente por esta actitud se fijó en ella Jesucristo, que pone sus ojos en el humilde y el abatido que se estremece ante sus palabras (Is 66, 2).
Sólo entonces la mujer, energizada por la mirada del Dios encarnado, lleva a cabo los gestos que en Jairo sonaron tan rituales: se acercó a Jesús cara a cara, y así, ya por delante, se postró a sus pies, le reconoció como Señor y confesó como Dios. Su alma se volvió transparente por efecto de la mirada de Cristo (v. 33: “le dijo toda la verdad”).
La de la mujer es fe modélica porque acaba en confesión y adoración.
La fe del dirigente religioso aún tiene que continuar desarrollándose.
Jesús es el Señor porque, Hijo de Dios, rompe las cadenas que nos esclavizaban: en Jairo, la pena y la muerte de su niñita; en la mujer, la enfermedad corporal y la impureza ritual que abocaba a la cruel estigmatización social.
La Iglesia, hoy, sigue elevando a Jesús el grito de quienes conocen que su único salvador es Él. Y grita, con la experiencia de San Juan de la Cruz:

“¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero,
No quieras enviarme
De hoy más ya mensajero,
Que no saben decirme lo que quiero”.

Para esto, clamar y pedirle por nuestra curación y la de nuestra humanidad, es preciso reconocernos enfermos. Es necesario que veamos nuestra propia llaga (Os 5, 13), para recibir del Médico ungüento de esperanza (“La niña no está muerta, sino que duerme”: v. 39) y el santo aceite de su santo júbilo. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Santo Espíritu. Amén.


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