El Espíritu sopla, un pedo hiede
25.06.06 @ 00:28:32. Archivado en Homilía los domingos
El domingo pasado, antes de Misa en la Parroquia de la Diáspora, lo comentaba con mi amigo, el doctor Herrero Brasas: el problema –uno de ellos- de las actuales jerarquías de iglesia es que son demasiado eclesiásticas, y demasiado poco eclesiales; o sea, están excesivamente pendientes del aparato, de la máquina fría de poder y propaganda, en detrimento del Evangelio. No comparto los insultos que a estos obispos les dirigen ciertos descerebrados anticlericales que les acusan de ir derechitos a enriquecerse. Puede haberlos así, pero sería injusto generalizar. Lo que sí les priva, su verdadera tentación (una de las que sufrió el Señor en el desierto) es el poder. Conozco, se lo aseguro, obispos sin un céntimo, que viven sobriamente, incluso en pobreza, pero que son auténticos epulones cuando se trata de atesorar millones en poder e influencia. Y ya sabemos que lo que a un enviado de Cristo debe importar no es el mando, sino la autoridad, nacida de la unión íntima con el Maestro. Esto es una gracia del Espíritu Santo.
Un pequeño detalle en el evangelio de hoy nos invita, precisamente, a distinguir. Entre viento y soplo del Espíritu, entre el anemos y el pneuma, viento y espíritu que, aun pudiéndose usar indistintamente para designar lo mismo (véase Jn 3, 8, donde pneuma puede traducirse lo mismo por “viento” que por “espíritu”), se ven distanciados por un matiz de inteligencia causal. Pues no se trata de lo mismo, aunque es muy fácil llamarse a engaño, confundirse si no se tiene educada la mirada para percibir el silbo apacible de Dios, tan distinto (confróntese la experiencia de Elías en 1R 19) del huracán o de la tormenta que llena de pánico a los discípulos en Mc 4, 35-40, el presente evangelio dominical.
El Espíritu no provoca miedo, pues éste no procede de Dios. El Espíritu, en cambio, es fuente de amor, escondida en mil sitios o “manidas” (en el sentido de San Juan de la Cruz). No resulta, pues, muy difícil discernir, ya que la tercera persona de la Santísima Trinidad es fuente de libertad, nos hace volar hacia la culminación de la plenitud en Cristo.
Por el contrario, el miedo paraliza, impide a la persona ser ella misma, bloquea los dinamismos interiores que conducen a la plenitud del ser. Los temores son los más eficaces resortes de que disponen algunos espíritus totalitarios para controlar al prójimo. Además, a muy bajo coste para quien pretende dominar, pues sólo tiene que lanzar una especie que consiga despertar terror, y ya es la misma víctima la que se convierte en colaboracionista de su enemigo, su torturador, su verdugo.
Ocurre esto en muchos casos, también en las relaciones de las diversas jerarquías con sus hermanos y hermanas gays: disparan periódicamente cañonazos pseudo-doctrinales que despiertan el temor en creyentes de buena voluntad… y ya el mal tiene gran parte de su trabajo hecho. Esto no es cristiano. Hemos de rebelarnos contra esta perversidad, que mata el evangelio y tortura y aniquila personas.
En este atardecer de época, cuando algo nuevo y rompiente –contra toda apariencia- está naciendo en la humanidad y en las iglesias, Jesús sigue con nosotros. Tal vez, acostumbrados a mirar en la misma dirección, no hemos notado su presencia; pero Él sigue en la barca, aunque sea sesteando a popa (nota: la popa forma también parte de la nave). Y oye nuestro grito, como el Dios de Moisés vio la aflicción de su pueblo. Y baja y despierta para librarnos de todo mal. Es el Señor: hay que desnudarse, y lanzarse a caminar sobre las aguas, que no encierran ya daño. Es el Señor, “pasemos al otro lado” con Él (Mc 4, 35). No importan las empresas eclesiásticas, sino la Iglesia.
El mal viento, aquel que engaña haciéndose pasar por soplo del Espíritu, se embravece, y arremete contra los hijos de Dios, gays y heterosexuales, que quieren ser fieles a la llamada divina. El problema de estos dirigentes con más ínfulas que evangelio es que confunden un pedo con el soplo divino del Espíritu. Y mira que la ventosidad hiede… Pero Jesús, de mil maneras, le ordena: “Calla, enmudece” (v. 39). Y sobrevendrán la paz y la bonanza. Entonces los discípulos depondrán el miedo, que será sustituido por el santo temor, totalmente distinto.
Mi amigo Juan Antonio, el domingo pasado, medio disculpaba a los obispos, intentando descafeinar sus condenas de –por ejemplo- la homosexualidad y los homosexuales, aduciendo no la bondad de los anatemas, que ahí están (en toda su diabólica virulencia), sino la lentitud de los aparatos eclesiásticos para entender, evolucionar, incluso adaptarse. Pero mi querido Juan Antonio, eso es lo malo: mientras ellos buscan comprender (si es verdad que buscan comprender), muchos cristianos sufren, se torturan, incluso se suicidan. Luego estos impíos anatematizadores querrán llamar Iglesia a su tinglado. Y no se trata de la Iglesia.
Todos andan ahora felicitándose y dándose palmaditas, creyendo que al fin triunfa la carcundia infame, que controlan, que tienen todo atado y bien atado: el alemán ha nombrado Secretario de Estado al inquisidor salesiano Bertone; y mandamás de la diócesis palentina al pobre Munilla, oscuro donde los haya; y en el verano que ya nos caldea los sesos se prevén nuevas sorpresas. Lo dicho: se peen y piensan que el Espíritu les sopla por popa. Negro sobre negro. Pero es un triunfo sólo aparente: la serpiente muerde el calcañal, mientras que el hijo le asesta herida mortal. Evangelio no es lo que se traen entre manos.
Evangelio es luz, Espíritu, agua, fuego. Ellos le atacan con las cadenas de sus legalidades e impurezas. Vámonos, antes de que nos maten. Podéis ir en paz. Pan de la prisa. Cordero santo, sánanos.
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José Mantero



