Elías y la experiencia de los gays cristianos

Enlace Permanente 13.06.06 @ 01:09:59. Archivado en Gays, Religión

La pasada tarde oraba en casa con unos chavales de Tarazona, y uno de ellos, Nachete, le dio un sentido muy atinado a la primera lectura de la Eucaristía, los comienzos del ministerio profético de Elías, en 1Re 17, 1- 6: el profeta es enviado por la palabra de Dios fuera de la ciudad; allí, en el desierto, lejos de casi todo, es alimentado por los cuervos y bebe del arroyo; el presagio de muerte, el ave carroñera sinónimo de ruindad, se convierte en instrumento del Señor para dar vida a su enviado, que cobra de este modo energías para encontrarse con el rostro de Dios, y ser su testigo en medio de una sociedad idolátrica. Nachete lo relacionó con el salmo, también de la misa, el 121: “levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde me vendrá el auxilio?”. Es la experiencia, hoy por hoy, del pueblo de Dios LGBT.
Expulsado al desierto más inhóspito por unos dirigentes eclesiásticos pendientes de un extraño concepto de dignidad que nada tiene que ver con la dignidad de Dios, muchos cristianos homosexuales se encuentran desplazados, desorientados con el sólo norte de su fe, pero sin sentirse miembros de ninguna comunidad, pues muchas se les manifiestan hostiles. Me contaba hace poco mi amigo Jaime de qué manera a su colega Santi, al manifestar públicamente su homosexualidad en medio del culto en su iglesia (no católica), sus ministros se dedicaron a hacerle de tal modo el vacío que, finalmente, optó por marcharse. ¡Fuera! ¿Otro hermano perdido para Cristo, desperdiciado para la evangelización? ¿Perdida una persona por la que Cristo padeció? No tiene por qué ser así, pues el Espíritu sigue haciéndose presente en su Iglesia, el Señor sigue convocando a su Iglesia para que se reúna desde su diáspora.
Las personas LGBT vivimos nuestra travesía del desierto: ahora Dios nos está hablando al corazón, como profetiza Oseas (2, 14). Este desierto eclesial, esta suerte de extranjería no ha de llevarnos a la aniquilación (como tanto desearían algunos homófobos responsables de iglesias), sino al fortalecimiento espiritual, y a una más plena vida en Cristo. De este desierto saldremos fuertes, de estas soledades emergeremos hechos discípulos y discípulas del Maestro de Vida y de Justicia. Discípulos que se hacen apóstoles para anunciar la dicha que trae su Señor, Jesucristo. También Él conoció desierto.
Mientras tanto, Su Providencia, que nunca se equivoca, nos alimenta y vela por nosotros en el desierto. Como a Elías, su profeta. Los cuervos nos dan de comer, bebemos del arroyo (1Re 17, 6). Y no moriremos. Y no dejará el Señor que se mustie y muera nuestra fe, la perla estimada que El va a embellecer y hacer más resistente, y que purificará como oro en el crisol del yermo.
Mientras tanto, por estas soledades, que también lo son de Dios, Él nos provee. Los cuervos de Elías simbolizan aquello que nos atemoriza, lo que tal vez ronda –en nuestro imaginario personal y colectivo- la muerte. Pero la Palabra de Dios nos invita a mirar, a escrutar nuestra realidad desértica, para percibir, para ver mejor: los cuervos son ángeles, mensajeros de su misericordioso corazón de Padre y Madre. De vez en cuando, de algún cuervo negro con negrura de sotana recibimos un trozo de pan, un cacho de carne. De parte de Dios. Los carroñeros pueden también convertirse en ángeles. Por voluntad del Creador. ¿De manera pasajera?
El pueblo de Dios gay se alimenta de lo que los carroñeros le dan en el desierto. Aunque los carroñeros no sepan que alimentan al Pueblo de Dios. Pero se trata de un viático transitorio, porque Jesús nos quiere suyos, alimentándonos de Él, no de pitraco espiritual. En una Iglesia que nos acoja completamente, que sea nuestra con Jesús.
Se acabará el desierto. Ya se acaba el desierto. A la orilla, nos aguarda la Iglesia, comunidad de Cristo que acoge a todos sin distinción. Atrás, inundadas por las arenas peligrosas, letales, quedaron las viejas denominaciones, iglesias con minúsculas, que únicamente servían para asfixiar. “El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra” (Sal 121, 2).
Hermanas y hermanos LGBT: sois el pueblo de la Alianza, la comunidad de las bienaventuranzas. Perseguidos ahora, resistamos: el impío Acab tiene los días contados, nos espera la Vida. Ahí está Elías como símbolo nuestro. Bendita sea Dios.


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