La buena voz
02.06.06 @ 00:21:49. Archivado en ego te absolvo, Qué cosas, tú, Premios San Ildefonso
No temas, pequeño rebaño, gusanito de Jacob, oruga de Israel, que no me he olvidado de ti; pues, si de ti me olvidare, que se me paralice la mano derecha. Y ni por pienso: es la de las pajas, que si bien es verdad que desde que el CIC las despenalizó dan menos punto en cuanto a morbo, siguen siendo sagradas. Y lo de que la lengua se me pegue al paladar, no hay peligro, visto lo visto, y oralizado lo oralizado; y, si lo hubiere, pues no pasa nada: mientras tenga pluma…
No me he olvidado de vosotras, dilectas hijas in Christo Domino Deo Nostro, pero yo no vivo aquí (en mi blog); no como otras,que únicamente existen porque existo yo, porque existen este sitio y otros de cierta sintonía y parecer. Y, gracias a Nos, pueden calmar su infinita sed de existencia, siquiera sea espuria.
Una noche loca no la tiene cualquiera, y yo anoche tuve la fortuna. Esa. Me fui a Sevilla al cine. Mi cine es el Alameda, donde huele a pipas de girasol y a tejeringos de la mañana anterior, y a chicos del conservatorio por la puerta falsa.
Ni siquiera tuve la mínima tentación de ver lo del Da Vinci, que la dan en el Cervantes, a pesar de la propaganda (no fide) que le han regalado el Opus y los Ratzinger´s Boys. Es que leí el mamotreto, y, en fin, no tiene uno el coño para según qué ruidos. ¿Ha quedado suficientemente queer? Espero que no, Petardella: numquam satis.
Estábamos en la inmensidad de la Sala 1, dos chicas, un chico, y yo en la fila 11. Maravilla “La buena voz”, de Antonio Cuadri. Tremendo -en riguroso plan rex tremendae maiestatis- José Luis Gómez, el taxista Pepe; maravillosa, dulce y terrible Pilar Velázquez, la querida mal tratada Rosa; guapísimo, seropositivo y dulcemente vivo Biel Durán, el Jordi de su bello Mikel. Tiempísimo hacía que no salía del cine con la sensación de haber visto auténtico cine, ya me entienden. Qué de alegrías, qué de lloros. Salimos los cuatro espectadores con el mouchoir a flor de lágrima, y haciéndonos lenguas de la cinta del nuevamente magistral y gigantesco Cuadri. Qué gloria, tú. Hasta los porteros del Alameda estaban emocionados.
Como para ver el Código de marras. ¡Hombre, ya! Ni por pienso, a pesar del Opus Gay y de Ratzingayrio de Tours.
Les sigo contando, dilectas en Cristo.
Prácticamente a la vuelta de la esquina está “El hombre y el oso”, el bar del colega Jose, donde Manu da conversación y Jack Daniels a quien guste. Buena relación calidad-precio. Sitio más que agradable para perderse en una noche mercoledina (¿no es divino el palabro?), para leer en el mostrador mientras uno pasa de prestar atención al video porno que pasa vez tras vez. Temamomefollas, memamastefollo.
Como a diez metros, el bar de Javi, el MTM, de buena música y mejor ver (a veces, según cuadre) masculino, también para perderse un miércoles cualquiera. En esta ocasión había menos curas maricas: estarían en el Rocío, a estas alturas. Conté sólo a Julián y dos más. No, Manolo tiene que fichar, ella es oficial. Ah, otra vez lo queer.
Total, que hubo eso que llaman feeling cuando quieren decir ganas. No fue mal polvo aquel, por Tutatis.
Y en el background, aún, “La buena voz”, la de Machado y Cuadri. Y la remanencia de su regusto acanelado en el alma. Qúe buen cine. ¿Ustedes bien? Supongo. ¡Las manos, quietas! Ea, a Parla.
Una buena noche no la tiene cualquiera. Bendita sea Dios.
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José Mantero



