También descendió a los cuartos oscuros
28.05.06 @ 00:47:20. Archivado en Homilía los domingos
Ascensión, según San Marcos: Jesús se aparece a los discípulos mientras cenaban, y les encarga que prediquen el amor a toda criatura (Mc 16, 15), dándoles poder para resistir al mal y hacerse entender por todos con una palabra-sacramento eficaz, acompañada de signos de liberación. Luego, Jesús se fue y ellos predicaron en todas partes. Había comenzado el tiempo de la Iglesia.
Relato de San Mateo: es desde un monte desde donde Jesús sube al cielo. Pero el encargo a sus seguidores es el mismo: hacer discípulos a todos los pueblos (Mt 28, 19). El Maestro les asegura la continuidad de su presencia, hasta su segunda venida.
El evangelio de San Lucas sitúa la ascensión en la finca de Betania, donde Jesús había resucitado a su amigo Lázaro, con quien tanto quería. Culmina Lucas su relato en Hechos, donde Jesús vuelve a encomendar a los apóstoles que sean sus testigos hasta los confines del mundo (Hch 1, 8).
Jesús se fue con el Padre y se separó de sus amigos por amor, porque “os conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Jn 16, 7). A partir de la Ascensión, no está con ellos pero sí está con ellos.
En la Iglesia jerarquizada oficialista de la actualidad, Jesús no asciende: se larga. Es la diferencia con la Ascensión. Jesús, escandalizado de la que debiera ser su Iglesia, simplemente se va de ella. Se ha ido el Señor de las iglesias oficializadas, burocratizadas. De los antros donde no hay amor, donde no hay primavera del Espíritu. De la iglesia de acero del panzerkardinal, del panzerpapa. Esa iglesia-bunker, cerrada tanto a los hipotéticos errores, que rechaza también la Luz de la Verdad, que rechaza a Cristo Jesús.
¿Dónde está, pues, Jesús?
Fuera.
Fuera de esa decrepitud espiritual.
Desmarcado del descerebrado y soez insulto a los diferentes.
Lejos del aire rancio y embodegado de unas estancias que debieron ser casa de todos, pero que se han convertido en conventículos tramposos y excluyentes. Fuera de su basura, hecha de desechos y empalagos.
Jesús está en la calle: allí donde bulle vida, imperfección y sentido de humanidad.
Jesús cena rodeado de prostitutas y chaperos, con publicanos que se sienten necesitados de amor, de Su amor. Por encima de todo.
Jesús está hoy en los cuartos oscuros, donde hay detalles de humanidad y delicadezas que faltan en tantas iglesias frías de Amor. Entre tanta oscuridad, sudor y esperma esquivado brilla en luminosas ocasiones el fulgor del Santo Cordero.
Cristo anda entre quienes no entienden de relativismos ni dogmatismos, sólo de amar, que hace relativo todo lo demás.
¿Y qué pasa con las iglesias descristianizadas? No pasa nada, no tienen solución, están muertas. Sólo desposeyéndose de gran parte de su ganga histórica y dogmática podrían hacerse dignas de que el Espíritu las renueve con el aliento fresco de Dios.
No es imposible. “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.
Bendigamos al Señor, que, “subiendo a lo alto, llevó cautiva nuestra cautividad, y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primeramente a las partes más bajas de la tierra?” (Ef 4, 8-9). La Ascensión, pues, es fiesta de descenso: Él, que ascendió a los cielos, baja a nuestro encuentro. Haz tú lo mismo.
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José Mantero



