Terroristas del alma
23.05.06 @ 01:18:57. Archivado en Premios Siagrio, Gays
Tras la buena nueva del alto el fuego definitivo por parte de la banda terrorista ETA, nuestro país ha entrado en una atmósfera de esperanza, de libertad ciudadana y paz. Esto es innegable, como se verá en los meses sucesivos. Próximamente –lo acaba de anunciar el Presidente del Gobierno- comenzará (o se reanudará) el diálogo con la organización criminal, con vistas a su completa desarticulación y disolución. Alegrémonos, deponiendo partidismos, porque dialogar es construir juntos la paz, con las condiciones únicas de la paz, con la diáfana rotundidad de la paz. Un terrorismo que asolaba nuestra tierra está a punto de ver firmada su acta de defunción. Pero, ¿y los terrorismos de otra índole, que también azotan a nuestros conciudadanos, a sus mentes y espíritus?
Si se va a dialogar, como parece, institucionalmente con ETA, justo y necesario es tomar buena nota, a fin de iniciar conversaciones también con la otra amenaza para la estabilidad de nuestra democracia, de nuestras vidas, libertades y haciendas: el catolicismo fundamentalista, una suerte de terrorismo puede que incruento (salvo suicidios y agresiones), pero no por ello menos virulento que el de sus congéneres de arma blanca o de fuego, cruzados fanáticos del mal.
Parte de la jerarquía católico-romana y sucursales patrias parecieran actuar, con relación a las personas homosexuales, como aquellos que se dejan ver con pasamontañas y escudo sangriento a sus espaldas, comunicando sus casos y sus cosas a los medios. También ellos actúan espiritualmente como terroristas, pues siembran un género exquisito, refinado de terror. De acuerdo: pocos temen por sus vidas cuando sermonean Benedicto y sus esbirros; mas no por ello estamos a salvo de ellos y su especialísima violencia psicológica, tan eficaz, tan negra y desalmada.
Las armas de ETA han sido los tiros en la nuca, las bombas y ese miedo sembrado a manos llenas y tiro sucio. Nadie estaba seguro, pues todas las cabezas –todas- eran sobrevoladas por el terror espeso a ser asesinados, a ver destrozada la familia, sangrantes los cuerpos de los amigos, dolor ácido clavado como estaca en el corazón de España. Parece que ya se acabó, que triunfan la paz, las libertades, el sentido común.
Las armas del terrorismo homófobo se basan, igualmente, en el terror que desean seguir imponiéndonos: a ser considerados unos monstruos, unos enfermos, un ser contranatural y defectuoso, un “desorden objetivo”… el miedo a perder el cielo. Con estas pistolas y bombas psicológicas han jugado y siguen jugando quienes bien pudieran parangonarse a terroristas del alma. Siguen negándonos el derecho a la plena ciudadanía de la comunidad cristiana y, en definitiva, del reino de los cielos. Siguen negándonos el sacerdocio ministerial. Siguen negándonos el derecho a la felicidad plena, crucificándonos en el patibulus de una castidad que no es castidad, por ser impuesta, disparada a bocajarro en la nuca del alma. Siguen crucificando, una y otra maldita vez, a Nuestro Señor Jesucristo. La homofobia de estos es blasfemia.
Ellos, los jefes, y sus perros. Blogueros cobardes camuflados bajo el seudónimo de comentaristas procaces y sicalípticos, patosos artífices del insulto desarmado de argumentos. Curas maricas en ejercicio, acobardados ante el amor, envalentonados por su pellejo fornicario. Obispos de silencio culpable, y sus hermanos de sermón contra los diferentes. Ellos que os atormentan, ellos que os amenazan con la ruina espiritual, ellos, terroristas del alma.
Esta es la manera de desactivar su terrible satánico poder: no tenerles miedo.No les tengamos miedo: Dios está con sus hijos.Dice Cristo: “No temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar” (Mt 10, 28)
Ignorémosles: se disolverán como sombra de fantasmagoría. Ellos, y su discurso del miedo que paraliza.
Así, desarticulada su máquina del pánico, recordarán que son personas y, sí, tal vez se apeen de su siniestra y artificial altura y acepten negociar. Con nuestras condiciones, las de los hijos en el Hijo, de igual a igual, de hermano a hermano. Condiciones de luz, no de tinieblas. Así sea.
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José Mantero



