El dilema de Téophile

Enlace Permanente 21.05.06 @ 00:58:47. Archivado en Homilía los domingos

Nos asegura la Palabra del Señor: “Todo aquel que ama ha nacido de Dios, y conoce a Dios” (1Jn 4, 7b). Todos, toda persona, independientemente de las características, cualidades o matices que a otros hombres se les ocurra señalar o estigmatizar. Todo amor, siendo amor, es vehículo para el conocimiento de Dios, dice Dios. ¿Quiénes somos los hombres para restringir los colores del amor y aun el conocimiento del Señor? Dios no excluye, acoge; no rechaza, incluye. Es parte de la buena noticia cristiana que recibimos este domingo; sintetizada por Pedro a Cornelio: “En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que acoge al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea”(Hch 10, 34-35), sea de la opinión que sea, sea cual sea su orientación afectiva y sexual. ¡Bendita sea Dios!
Un día hallará su pleno cumplimiento la promesa contenida en el salmo de la Eucaristía de hoy: “Todos los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios” (Sal 98, 4). Es lo que tratamos de vivir los cristianos que, objetados y rechazados por nuestras iglesias de origen por ser gays, sentimos en lo más hondo de nuestro interior la maravilla misericordiosa de la acogida divina, lo que Dios tiene preparado para quienes le aman, el Amor que hemos visto, oído, experimentado en nuestra alma y en nuestra carne.
Les ofrezco el testimonio de Téophile, un joven francés de 22 años, homosexual cristiano comprometido en su comunidad eclesial. Él, con las líneas de su autobiografía, nos llama a la alegría completa de sabernos hijos en el Hijo. Este chico nació a la fe y se crió en una iglesia protestante evangélica de Estrasburgo; en su infancia descubre que es gay. Tienen ante sus ojos el relato de la vocación de Téophile:

“Exactamente en paralelo, descubrí mi sexualidad, o mejor dicho mi homosexualidad. Fue un choque para mí. Al mismo tiempo que recibía la fe y que descubría al Señor, me daba cuenta de mi atracción por los hombres. En torno a los 10 años, sentí mis primeros sentimientos hacia los chicos. Naturalmente, no sabía lo que esto quería decir. En aquella época, tuve mi primera experiencia homosexual con un compañero de clase. Fue un acontecimiento determinante en mi vida. En efecto, después de esto, tuve mucho miedo y decidí luchar contra esta inclinación homosexual. Yo no quería que me gustasen los chicos, no quería sentirme atraído por ellos, yo quería ser “normal”. Así pues, recé. Recé para que Dios suprimiera mis malos deseos. Recé mucho para que me librara de esos malos pensamientos que me oprimían. Mis plegarias eran fervientes y sinceras. Rechacé completamente mis sentimientos. Sufrí mucho. Quería suicidarme, acabar porque no le veía salida a esto. Me sentía fatal en mi propia piel. Exteriormente, yo era muy creyente y muy practicante. Hablaba de Jesús a todos mis compañeros de clase, les hablaba de su obra de salvación y de gracia. Pero interiormente, me estaba acercando al precipicio. En lugar de desaparecer, mis sentimientos y mis deseos homosexuales se volvieron más intensos. Y me rechazaba cada vez más a medida que mis deseos homosexuales se hacían más poderosos. Esta lucha me dejaba psíquicamente agotado. No comprendía por qué Dios no escuchaba mis oraciones, por qué yo era homosexual, por qué era así. ¿Tenía que sufrir por esto toda mi vida? ¿Dios quería que toda mi vida no fuera más que sufrimiento? Este durísimo periodo de mi vida duró hasta mis 18 años. Luché contra mis inclinaciones homosexuales durante ocho años. Ni una sola vez tuve experiencia homosexual alguna entre mis 10 y mis 18 años. Ocho años de renuncia y de castidad. Ocho años de oración para verme libre de mi inclinación homosexual. Finalmente, estaba completamente al borde de la locura. Psíquicamente muy mal. Quería suicidarme.
Fue entonces cuando llegué a la universidad. Por primera vez, me enamoré locamente de un chico. Pero yo no podía hacer nada. En mi manera de pensar no se podía ser cristiano y homosexual. Efectivamente, la homosexualidad era un pecado. Yo no le había contado a nadie que era homosexual, hasta aquel momento. Armándome de coraje, se lo dije a Marion, mi mejor amiga. Ella no me condenó, me ayudó bastante. Por aquella época, descubrí una asociación de estudiantes gays. Frecuenté esta asociación durante cierto tiempo. Allí encontré a Violène, una amiga homosexual genial, que me aportó mucho.
Paralelamente, resulta que yo había descuidado un poco mi fe. Iba menos a la iglesia, leía menos la Biblia porque me parecía que la fe era el precio que yo había pagado por haberme hecho homosexual. Abandonando la fe, podría vivir mi homosexualidad. Tuve dos novios en aquel tiempo. Jamás abandoné completamente la fe y la iglesia, pero perdieron para mí cierta importancia. Por esos días le conté a mi madre que yo era homosexual. Ella se sorprendió mucho. No me condenó, ni mucho menos. A pesar de su inicial opinión desfavorable. Hoy día, su opinión sobre la homosexualidad ha cambiado radicalmente, prueba de ello es que ella se encuentra presente entre nosotros actualmente [se refiere Tèophile a sus reuniones y celebraciones con gays cristianos (nota del traductor)], por lo cual le estoy muy reconocido.
Cumplí los veinte años. Entre tanto, me afectó una grave enfermedad en uno de mis ojos. Tuve que operarme. Pero incluso tras la operación continuaron los problemas. Yo estaba desesperado. Esta prueba me echó en los brazos de Dios. Recé mucho. Me puse a leer la Biblia y a ir a la iglesia. Durante al menos un año entero, supliqué a Dios que me curase. Pero esto no ocurría. También pedí a Dios que me ayudara a aprobar el examen de ingreso en la ENS, que me esperaba al final de mis dos años de preparatorio literario. Aprobé el examen, y entré en la Escuela Normal Superior de París. ¡Di gracias a Dios de todo corazón! Llegado a París, fui a ver a varios médicos por mi problema en el ojo. Continuaba rezando. Gracias a Dios, di con un médico que me aconsejó un tratamiento muy simple, pero totalmente eficaz. ¡En pocos meses el problema había prácticamente desaparecido! ¡Alabado sea Dios!
Mi éxito con el examen, y la curación de mi enfermedad me hic ieron volver a Dios. Dos acontecimientos con los que Dios me había mostrado que me ama y que me redime. No obstante, yo llevaba todavía muy mal lo de aceptar mi homosexualidad. Seguía pensando que era pecado. En París tuve dos novios. Paralelamente, frecuenté una iglesia protestante evangélica. Claro, estaba prohibido ser homosexual en esta iglesia. Era pecado. Nuevamente, me sentí muy mal. En efecto, debía ocultarme todo el tiempo en esta iglesia y experimenté un profundo malestar pues me sentía un hipócrita con relación a los otros. Me preguntaba si tenía que renunciar a mis sentimientos homosexuales durante toda mi vida para poder permanecer en una iglesia. Ya veía mi porvenir trazado: ser casto y vivir soltero toda mi vida. ¡Menuda perspectiva para un apasionado joven de 20 años!
Me dije que debía haber otra cosa. Busqué información sobre “homosexualidad y cristianismo” en internet. Busqué mucho. Y encontré. Di con una federación de iglesias abiertas a las personas homosexuales. Envié un e-mail a Cecilia, responsable eclesial de esta federación; y ella me puso en relación con la Iglesia Cristiana Ecuménica de Montpellier (que forma parte de la federación de Iglesias de la Comunidad Metropolitana). Entré en contacto con Jean. Después de una charla de casi dos horas, que sentí como una verdadera liberación (era mi primer diálogo con un gay cristiano), supe que se abrían para mí nuevas perspectivas. ¡Encontré en internet textos cristianos que hablaban de la homosexualidad en unos términos absolutamente novedosos! No había más condenación, sino que primaba el Amor. Dios nos ama tal como somos, con amor infinito. Lo condenado en la Biblia no es la homosexualidad como tal, sino el vicio y la violencia sexual, que pueden ser pecado tanto para personas heterosexuales como homosexuales. Pero la Biblia no condena en ningún caso una relación de amor que une a dos seres. ¡Había encontrado cristianos que vivía su homosexualidad! Para mí fue la prueba de que se puede ser cristiano y homosexual, y no solamente lo uno o lo otro. ¡Qué liberación! ¡Dios me había puesto en el camino de personas que tenían su Espíritu y que vivían su homosexualidad!
Soy feliz siendo cristiano y homosexual. Dios conoce mi corazón. Dios me ama. Yo amo a Dios y amo a mi prójimo.
He cumplido 22 años. Ahora doy testimonio de mi fe a otras personas homosexuales y a otros cristianos. Sí, se puede vivir a la vez como homosexual y como cristiano.
El dilema entre homosexualidad y fe cristiana ha sido artificialmente construido por hombres. ¡Es un dilema falso!
He decidido vivir mi homosexualidad de manera cristiana, procurando amar a mi prójimo. Cuando se ama a alguien, también cuando se ama a alguien de tu mismo sexo, no se puede pecar.
Dios no me ha rechazado. Tengo la seguridad de ser amado por Él, pase lo que pase. ¡Amén!”

(Extracto de Dieu ne m´a pas rejeté, de la obra Une nuée de témoins, Editada por Croix Arc en ciel, IPNS, Abril 2006)

« Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado” (Jn 15, 12).

Dios nos ama. Es la única verdad. Dichosos nosotros, invitados a la Cena del Señor. Él entrará y cenaremos juntos.


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