Antífona de la nueva gentilidad
26.04.06 @ 00:34:17. Archivado en Iglesia Católica, Gays, Religión
Únicamente su Reino no tendrá fin. La opresión, las amenazas, sí: duran en apariencia, con ese amago de poder omnímodo, pero son caducas, con la desesperada caducidad de quienes se rebelan contra el Amor. En la Eucaristía de la fiesta de San Marcos Evangelista leímos la primera carta de Pedro; en las vísperas, cantamos la antífona de la gentilidad, a la que Marcos dirige su evangelio:
“A mí se me ha dado esta gracia: anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo. Aleluya”.
El Señor encargó al evangelista, como también a San Pablo, el ministerio entre los gentiles, aquellos que, sin proceder del pueblo judío, también tienen derecho a la salvación realizada por Jesucristo, porque también ellos son coherederos de las promesas de Dios, y miembros plenos de su pueblo.
La Iglesia madre de Jerusalén rechazó al principio la incorporación de los cristianos procedentes de la gentilidad, si no pasaban antes por la circuncisión. Pablo y otros se negaron a obedecer, y se convirtieron en los auténticos fundadores de la Iglesia.
“¿Es Dios solamente Dios de los judíos? ¿No es también Dios de los gentiles? Ciertamente, también de los gentiles. Porque Dios es uno, y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión” (Rm 3,29-30).
Por tanto, desde la conversión de Saulo en Pablo, su palabra evangelizadora se dirige a los no-judíos, como opción preferencial:
“Porque a vosotros hablo, gentiles. Por cuanto yo soy apóstol de los gentiles, honro mi ministerio […] Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles” (Rm 11, 13.25).
Pablo define el último misterio revelado: “que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio” (Ef 3, 6). Esto es Palabra de Dios.
La carta de Pablo a los Gálatas condensa buena parte de la argumentación paulina contra la jerarquía de la iglesia de Jerusalén, que se negaba a admitir a los gentiles como miembros de ciudadanía plena en el Nuevo Pueblo de Dios.
Como ocurre hoy. De nuevo hay que actualizar la lectura de Gálatas, a la luz de las nuevas gentilidades. Es innegable que, al margen de otras consideraciones y posibilidades, las personas homosexuales conforman actualmente una parte de la gentilidad, en la consideración de los obispos, también del de Roma.
En fidelidad a la misión evangelizadora, se impone una lectura actual de la Sagrada Escritura, de manera que suene hoy como en los comienzos de la Iglesia naciente. El Señor Jesús vuelve a dirigir su Palabra a su Iglesia, a fin de que ésta no caiga en la tentación de la acepción de personas, y relegue al arrabal eclesial a los cristianos homosexuales, como hace ahora Benedicto XVI y buena parte de la jerarquía católica más retrógrada y lejana al Evangelio.
Por creer en esto, cuatro nuevos hermanos se han comprometido con la comunidad eclesial de la Iglesia de la Comunidad Metropolitana en Montpellier. Por amor, por herencia divina, por haber comprendido, pese al Papa, pese a unos obispos pecadoramente homófobos, la grande y luminosa, liberadora antífona de la nueva gentilidad:“Porque a vosotros hablo, homosexuales. Por cuanto yo soy apóstol de los homosexuales, honro mi ministerio […] Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a la Iglesia endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los homosexuales” (Rm 11, 13.25). Este es el misterio de liberación: “que los homosexuales son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa de Cristo Jesús por medio del evangelio” (Ef 3, 6).
“¿Es Dios solamente Dios de los heterosexuales? ¿No es también Dios de los gays y lesbianas? Ciertamente, también de los homosexuales. Porque Dios es uno, y él justificará por la fe a los de la heterosexualidad, y por medio de la fe a los de la homosexualidad” (Rm 3,29-30).
“A mí se me ha dado esta gracia: anunciar a las personas homosexuales la riqueza insondable que es Cristo. Aleluya”.
Philippe, Jean, Philippe, Gilbert: también ellos son, ahora, apóstoles. Benditos sean, bendita sea Dios.
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José Mantero



