Escucha, Nicodemo

Enlace Permanente 25.04.06 @ 00:38:08. Archivado en Iglesia Católica, Gays

Es grande la Iglesia. Lógicamente, no me refiero a estas organizaciones dedicadas a jugar con el Evangelio, como coartada para dominar al prójimo y para creerse a medias que están en el camino de Jesucristo. Ese tipo de iglesia mata los impulsos evangélicos y anula el carisma bajo montañas de legalismo, materialismo y tedio.
La Iglesia no es esos engendros. La Iglesia de Jesús es hija de la Pascua, y vive la Palabra no como dogma, corpus legal o doctrina, sino como posibilidad cierta de renacer. La palabra de Jesús no prohíbe o da permiso: posibilita la obediencia de fe; entonces, la Iglesia de Jesús es Madre que da respuesta a la pregunta del anciano discípulo clandestino, Nicodemo: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?”(Jn 3, 4).
La Iglesia de Cristo es la segunda oportunidad de nacimiento para quien oye la llamada del Maestro. Esto es algo muy serio, nos va la vida en ello. ¡Como para que vengan ahora pastores de opereta, con sus mojigangas y remedos, prohibiendo a quien les parece que anuncie el Mensaje! No hay que hacerles caso. Aunque nos suspendan. Hagan lo que gusten, no vale nada su anatema.
Lo que está en juego es el anuncio del Evangelio, que es posibilidad de nuevo nacimiento para todo el que acoge la invitación del Hijo de Dios; y nos vienen con sus pamemas de siempre, queriendo hacernos ver lo blanco negro, oscuro y tenebroso lo que nunca ha dejado de brillar para los hijos de Dios. Se impone la rebeldía, no por la rebeldía en sí misma, sino en virtud de la llamada del Señor a construir su reino, su pueblo, su Iglesia. A ejemplo de los apóstoles, tal como nos relata el libro de los Hechos.
A los discípulos les prohibieron predicar la Buena Nueva, les amenazaron para que no enseñaran en nombre de Jesús, de alguna manera les suspendieron a divinis, y muy severamente, pues los sanedritas y poderosos de Israel no se andaban con chiquitas: ahí está la cruz de Jesús. ¿Qué hicieron los discípulos? Caso omiso del veto.

“Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 19).
Esta fue la respuesta de Pedro y Juan a la prohibición de enseñar en nombre del Crucificado, ahora Resucitado. Es la respuesta que ha de dar todo cristiano cuando le quieran impedir predicar en nombre de Jesucristo; se lo prohíba quien se lo prohíba.
El torrente del Evangelio es imparable. ¿Quiénes son ellos para decidir, tomando el lugar de Dios, quiénes pueden hablar y quienes han de callar?
No hace mucho, el Papa Benedicto XVI prohibía el acceso de los varones homosexuales al sacerdocio, al ministerio ordenado. Es una manera, nada sutil, de impedirnos predicar –como los sanedritas a los apóstoles- en el santo nombre de Jesús. ¡No hay que hacerles caso! El Señor se ríe del delirio de estos pobres hermanos, tan imbuidos de su propia dignidad que han olvidado la del Señor y la del prójimo, únicamente considerado por ellos sujeto a dominar, sojuzgar, aplastar. Su reino, el de estos pontífices de la usurpación y el miedo, sí es de este mundo; su reino no es el de Dios.
Puede que bastantes hermanos y hermanas homosexuales hagan caso al veto papal, a esta infame, inicua e indigna prohibición homófoba y anti cristiana. Puede, ya que siglos de colonización dogmática tienen enorme peso.
Sin embargo, no podrán destruir el Santo Evangelio, que es Jesucristo mismo, Hijo de Dios, muerto y resucitado para nuestra salvación. Ellos son los retratados en el Salmo 2, los conspiradores contra el Señor y contra su Mesías.
¿Y les vamos a hacer caso? Los gays y lesbianas, los cristianos de buena voluntad, tengan la orientación sexual y afectiva que tengan, ¿les vamos a obedecer? A Dios sí, no a ellos, pobres pecadores falibles como nosotros y, como nosotros, necesitados de misericordia.
Sigamos el ejemplo de los apóstoles, rebelémonos contra su mordaza.

“Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra, mientras extiendes tu mano para que se haga la salvación y señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús” (Hch 4, 29-30).

Dios respondió a la oración de los apóstoles enviándoles el Espíritu Santo (Hch 4, 31). Y nacieron de nuevo. Y predicaron, con valentía, rebeldes, en su nombre. Escucha, Nicodemo.


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