No tengas miedo
23.04.06 @ 00:36:08. Archivado en Homilía los domingos
Lo que me contaba Nacho el jueves, acerca del infierno que vive en su armario neocatecumenal: su terrible miedo a las represalias de unos padres fanáticos, si les dice que es homosexual; la tortura que le supone escuchar tantos sábados en las Eucaristías de la secta que los gays son unos monstruos, que él es un monstruo; el fuego que le devora por dentro tras cada relación sexual, su reconcomio, su desazón, su aprensión y fobia cada vez que tiene que abrir la Biblia en ese irreverente amago de comunidad cristiana… El miedo le mantiene las puertas cerradas: a sí mismo, a sus posibilidades de vida, al amor, a Dios. Nacho, aterrado, no tiene fe, únicamente malvive atemorizado; tiene cerradas sus puertas y, replegado sobre sí, como los discípulos de Jesús que no se creían la resurrección anunciada por las mujeres, su vida es permanente desconfianza, sospecha, guerra contra sí mismo.
Estaban los discípulos con las puertas cerradas por miedo, cuando el Señor, resucitado, se les hizo presente y les comunicó su sagrada paz. ¡Paz a vosotros! Era Él, el mismo a quien contemplaron, traspasado y roto para darles la vida; Él, que ahora les muestra los signos –ya sin dolor, llanto ni pena- de su pasión. Ahora la pasión sólo podía sanar, ya no dañaba. Y ellos se llenaron de alegría y depusieron tanto temor. Jesús les ha transmitido la paz del Hijo, a través de los signos gloriosos de haber padecido.
El Maestro glorioso les dio su paz por segunda vez, y el miedo se trasmutó en arrojo, coraje apostólico, parresía, por la fuerza del Espíritu Santo que les regaló. Y Cristo los envió a perdonar, a sembrar misericordia en cada llaga, en cada sufrimiento, en cada guerra; para que floreciera la comunidad, con un mismo pensar, y un mismo sentir.
Por tercera vez les deseó paz, y el deseo de Cristo es sacramento, realización, pacificación. Y la tercera comunión en su paz despejó cualquier duda e incredulidad. La paz de Cristo les hizo verdaderos creyentes, para guerrear y obtener la victoria que vence al mal, a la injusticia, al pecado. Pues “esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe” (1Jn 5, 4b), y resulta vencedor todo aquél que cree que Jesús es el Hijo de Dios. Sola fides, únicamente la fe, florecida en obra de obediencia.
Cuando Jesús resucitado, haciéndoles partícipes de su paz, les borró los miedos, los discípulos se hicieron verdaderamente apóstoles. Las puertas ya no pudieron mantenerse cerradas, pues tenía que correr, circular a sus anchas el viento del Espíritu, que es libertad, vida, locura divina. En Pascua se desatrancan todas las puertas, se disuelve el temor, renace la apostolicidad y universalidad (catolicidad) de la Iglesia.
¿Y qué pasa con los miedos de Nacho, alimentados por sus padres, por un movimiento eclesial francamente sectario, por cierta jerarquía desobediente al Espíritu?
Los miedos de Nacho son señal del pecado de la Iglesia: toda puerta cerrada, toda cerrazón de mente y corazón es fruto del miedo, no de la fe ni de una conciencia recta fiel al Evangelio. Cuando la Iglesia se cierra y cierra la mano de perdonar y aliviar, la mano de la misericordia, nos está revelando la medida de su miedo a Dios, al Evangelio, a sí misma.
Es tremendo, terrible, horrible el miedo de esta Iglesia de hoy, que tanto tiempo y energía malgasta en cerrar puertas, que tal vez impidan entrar errores, pero cierran el paso al esplendor de Cristo, la Verdad. Cristo, cuya palabra –dejó escrito Bonhoeffer- “no es una doctrina, sino una nueva creación de la existencia”. Cuando la Iglesia cierra una puerta para que no entre la homosexualidad, se ha cerrado existencialmente, cordialmente al amor, que es de Dios y a Dios se dirige. Cuando la Iglesia cierra su puerta al Nacho homosexual, la está cerrando también al Nacho apóstol de Jesucristo.
La Madre Iglesia habrá de pagar un costo muy elevado, por culpa del pecado de sus dirigentes. No sólo habrá de responder ante los hombres por haber ensanchado el abismo entre ellos y la comunidad cristiana; sino que tendrá que comparecer –ya ha llegado el tiempo- ante Dios, Juez de la historia. “Porque ha llegado el momento de que el juicio comience por la casa de Dios” (1Pe 4, 17), leíamos ayer en el Oficio de Lectura.
El sufrimiento, la perplejidad y el miedo de Nacho y de tantos otros son el juicio de Dios sobre la Iglesia, el toque de su mano en las puertas de la casa que el quiso de todos, pero que los hombres reservaron para unos pocos. "Mañana le abriremos, respondía, para lo mismo responder mañana"...
Basta con creer para ser ciudadanos del reino. El creyente obedece, el obediente cree. Al Evangelio, que ha sido escrito no para impedirnos o prohibirnos nada, sino para que tengamos vida en el nombre que está sobre todo nombre, Jesucristo, nuestro hermano y Señor, resucitado. A Él la gloria por los siglos. Amén. No tengas miedo, Nacho.
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José Mantero



