Es posible la Iglesia

Enlace Permanente 21.04.06 @ 00:24:02. Archivado en Iglesia Católica, Gays

“Me dejaron sin nada, me lo quitaron todo, menos mi fe”. Son las palabras de Pedro, anciano sacerdote al que, por ser homosexual, arrancaron de su ministerio hace ya casi cuarenta años; mucho antes de la calamitosa era Ratzinger en Doctrina de la Fe y en la Sede petrina. A la vuelta de estas décadas, el venerable Pedro se muestra orgulloso de la fe que ha conservado como tesoro de gracia todos estos años. Él es un hombre afortunado: a otros cristianos –sacerdotes y laicos- les borraron el sentido comunitario, incluso fraterno, de una fe que ahora mantienen a la manera ilustrada, en soledad y silencio. Pero sin Iglesia, porque en la práctica les excomulgaron, al negarles la posibilidad de poner en acto la corporalidad del amor homosexual que Dios les ha otorgado. Sin embargo, otra Iglesia es posible. La Iglesia es posible.
El crimen contra Cristo, la radical traición de la actual Iglesia jerárquica no es otro que la usurpación del puesto del Señor; puesto que ella misma se erige en juez de sus hermanos e hijos, por encima incluso del don de Dios, que –él sí- es católico, universal. Así, se permite no solamente el lujo de vetar el sacerdocio a los homosexuales, o de catalogar (contra todo fundamento científico, médico y bíblico) esta orientación sexual y afectiva como desorden, aberración y pecado, sino también –esto es lo más pecaminoso- robar la fe de los corazones sencillos.
¿Es posible ser homosexual y cristiano? ¡Rotundamente: sí! Nos digan lo que nos digan, os digan lo que os digan aprovechándose de vuestra buena fe, no sólo es posible ser cristiano gay, sino que esto enriquece sobremanera el colorido del Pueblo de Dios. Por tanto, no les hagáis caso cuando quieren excluiros, matando vuestra ilusión y pasión por la Iglesia. No les creáis, hermanos, porque la Iglesia –la de Cristo, no mediatizada por sus corazones romos y sus romanas mentalidades- es posible.
Corren tiempos ciertamente difíciles para nosotros como cristianos gays y lesbianas. Pero es en medio de la oscuridad donde mejor se percibe la luz. Y la luz del Resucitado brilla ahora como nunca, en el seno mismo de la tiniebla. De manera que cuando los jerarcas descorazonados nos cierran puertas, Cristo Jesús nos mantiene abiertas las suyas, sus puertas, las verdaderas puertas hacia la vida. No importa que haya un Ratzinger, travestido de Benedicto XVI. No importa que, día sí día no, salgan de los episcopales labios y de las episcopales plumas palabras de injuria contra nuestra orientación sexual, contra nosotros. No importa, porque la luz brilla en la tiniebla. Estad seguros.
Hermanas y hermanos, gays y lesbianas: no renunciéis a vuestra fe. Dios os la ha regalado: no consintáis que unos simples hombres os despojen de ella. Sois cristianos: no renunciéis a vuestra identidad humana. Nuestro mundo, aun reconociendo que nuestra fe no es mayoritariamente estimada o valorada, es el mundo que Jesucristo desea santificar con nuestras existencias, consagradas a su amor que no tiene fin.
Hermanos y hermanas, lesbianas y gays: no renunciéis a vuestro sacerdocio como ministerio entregado y encargado por el Señor. El Papa y los obispos –pobres pecadores como nosotros, necesitados, como nosotros, de la misericordia de Dios- os vetan el sacerdocio. Cristo, en cambio, os lo vuelve a regalar una vez más; os entrega su Palabra, os infunde su Espíritu, os consagra y ordena por la participación en su verdadero y único sacerdocio. Esto nadie os lo podrá arrebatar, esto nadie nos lo podrá robar.
No temáis, hermanas y hermanos, pues Él, el Hijo de Dios, os promete los “tiempos de refrigerio” (Hech 3, 19) donde con su propia mano sanará vuestras heridas y vendará vuestros corazones, agobiados y cargados, con las sagradas vendas del Espíritu Santo, medicina de Dios.
No permitáis que os quiten vuestra fe. Haced caso a su promesa:

“Yo salvaré a mis ovejas, y nunca más serán pasto de rapiña; y juzgaré entre oveja y oveja. Y haré surgir de entre ellas a un pastor, y él las apacentará” (Ez 34, 22-23).

Nuestra fe es posible. Y la Iglesia es posible. Y nosotros, como los perplejos discípulos de Emaús, como el colegio de los apóstoles, seremos testigos de estas cosas (Lc 24, 48), testigos de su Pascua, de su luz que ciega a los espíritus soberbios y alumbra a los sencillos. No perdamos la fe, pues es regalo del Señor. Bendita sea y bendita sea Dios.


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