Desenfoque y comunión de visión

Enlace Permanente 10.04.06 @ 02:45:45. Archivado en Iglesia Católica, Gays, Religión

Dios todo lo ha hecho bien, incluso realidades que a nuestra mirada, tan limitada por la carnalidad y por el pecado, le parece que están mal o que son defectuosas. Dios nunca se equivoca; los seres humanos, en cambio, somos falibles, todos, sin excepción. Constantemente hemos de enfocar nuestra visión externa para apreciar más nítidamente la realidad, para que no se nos escape tal o cual detalle, para apreciar como un mosaico el conjunto de lo que se presenta ante nuestros ojos. De semejante manera, quienes somos creyentes vivimos diariamente el ejercicio de educar nuestra mirada interior, de modo que podamos percibir la esencia de las cosas, lo nuclear, aquello que únicamente se ve bien con el corazón, centro de la persona. Dios nos ha creado para ver, en toda su riqueza, en su radical verdad y pureza, todo lo que Él ha creado, empezando por nosotros mismos.
Concluye el relato bíblico de la creación con el juicio de Dios sobre la totalidad de su obra, recién acabada: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Gen 1, 31). Todo es, pues ha salido de las manos del Creador, bueno, bello, justo de raíz. Luego vino el pecado a desenfocar las miradas, de manera que los hombres se enemistaron unos con otros. El pecado empañó aquello que había sido modelado a imagen y semejanza de su modelo-hacedor: Dios. El pecado se manifiesta como esa cierta ceguera que nos incapacita para conocer: a Dios, a los hermanos, a uno mismo. Nuestra visión será restaurada, re-creada por el Señor, para que percibamos como Él percibe, como Él quiere que percibamos: desde su propia visión. Esta promesa de restauración cognitiva se halla escrita en la que es tal vez la parte más bella del himno al amor: “Ahora vemos como en un espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como soy conocido” (1Cor 13, 12). Y habrá comunión de visión con el Altísimo.
Nuestra percepción de la realidad de las cosas y de las personas es tan limitada que demasiadas veces “vemos” más desde el a priori de los prejuicios, de los que nadie se libra. Ni siquiera la Iglesia, ni siquiera el Papa; como prueba –entre otros- el hecho incuestionable de sus últimas intervenciones homófobas. ¿Lo que Dios hizo bien el Papa lo declara pecaminoso, objetivamente desordenado y desequilibrado? Este hermano nuestro ha de estar equivocado. Todos necesitamos que el Señor restaure nuestra visión y evangelice nuestro mirar. Que veamos al hermano como creación, no como fábrica defectuosa o pervertida. Dios creó homosexual a la persona homosexual. Y lo hizo no para surtir de galeotes las naves de la castidad, sino para colorear el arco iris del amor con otro matiz cromático. Y vio Dios que era bueno en gran manera.
Ciertamente están ahí los célebres pasajes bíblicos que hablan de condenación y exclusión, pasajes de más que dudosa y compleja interpretación. ¿Cómo hemos de obrar con relación a ellos? En todo momento como Jesús, del modo que el divino Maestro nos enseña, por ejemplo durante su intervención un sábado en la sinagoga de Nazaret: le entregaron el rollo de Isaías, del que Jesús, con toda intención, dejó de leer las palabras sobre el desquite, pronunciando únicamente las que se referían a la gracia (Lc 4, 16-22). San Pablo nos enseña lo mismo cuando nos aconseja a los cristianos de Tesalónica: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1Tes 5, 21). Así, también, hemos de actuar con la Biblia.
Estamos en los días santos en que conmemoramos, que es sustancialmente más que recordar, la entrega del Hijo de Dios por nuestra salvación, por la redención de nuestra percepción, la restauración de nuestra vista. Pidámosle que sane el ojo interior de su Santa Iglesia, para que conozca a las personas homosexuales como somos conocidas por Dios. Que la Iglesia y las iglesias que la conforman no se erijan en dioses, sino que sometan su ojo al Ojo del Señor.
Pronto es Jueves Santo: Cristo entrega la sustancia de Dios al sencillo accidente del pan de la prisa liberadora, ázimos de la verdad y la justicia. Invisible milagro de transubstanciación, en el que se nos da la prenda de la gloria por venir. Bendito sea Él, que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable; Él, que todo lo hizo bien, dando oído a los sordos y habla a los mudos. Y vista a los ciegos.

"La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Así que, si la luz que en tí hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?" (Mt 6, 22-23).


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