Orar por los hermanos homófobos
05.04.06 @ 00:38:54. Archivado en Iglesia Católica, Gays
Ante la dramática y culpable situación de acoso a que la jerarquía eclesiástica somete a los cristianos gays, algunos se han planteado la conveniencia de constituir comunidades católicas homosexuales que mediten y celebren su fe cristiana sin dejación de pertenencia a la comunidad eclesial general. Por qué no, mientras se tuviera conciencia de que, aunque un grupo de estos pueda –visto lo visto- sobrevivir a sus componentes, esta asociación tiene un carácter transitorio. Lo ideal, lo natural, sería que cada lesbiana y cada gay se integrasen en sus respectivas comunidades eclesiales. No obstante, como ello sólo es posible hoy en día si los homosexuales aceptamos ver amputada nuestra dignidad de personas y de hijos de Dios, resulta así mismo coherente la otra postura: abandonar la estructura eclesial que te injuria y menosprecia, para irte a vivir la fe y cantar las alabanzas del Señor en otra Casa donde se te acepte y se te quiera tal como eres, sin pretender aplicarte electrodos, duchas frías, castración química o tediosos sermones. Ambas posiciones son cristianas, si no las animan el resentimiento, la venganza o el odio descarnado. El Señor nos manda perdonar, y hay que perdonar a este Papa, obispos y hermanos que nos denigran; pero el perdón no lleva consigo un consentimiento de los ultrajes. Consentir sería pecar de complicidad. Bajo determinadas condiciones, la apostasía pudiera ser santa, no sería apostasía.
Perdonar también quiere decir ayudar a redimir a estas personas equivocadas. Para posibilitar este perdón de la comunidad gay a las iglesias y eclesiásticos homófobos, primeramente hay que estudiar las raíces de esta locura de quienes sienten fobia ante una orientación sexual –la homosexualidad- que o no coincide con la suya, o les pertenece tan por entero que sienten pavor ante sí mismos.
¿Por qué nos odian? ¿Por qué nos temen? Y ¿por qué se temen y odian a sí mismos, homosexuales? Es una cuestión tan compleja que no puede ser despachada con paños calientes, respuestas facilonas o medidas inusuales de violencia.
Hemos de orar al Señor por nuestros hermanos que padecen la enfermedad mental de la homofobia, trabajar por comprender su desequilibrio y sufrimiento internos y brindarles nuestra ayuda de hermanos en la misma fe. Hemos de reconocer a los hermanos homófobos no únicamente como desequilibrados, sino como víctimas del pecado y, por tanto, como destinatarios de la Redención.
Los pensamientos y actos homófobos son contrarios a la ley natural y no pueden recibir aprobación en ningún caso.
Nuestros hermanos homófobos “deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta”.
Las personas homófobas están llamadas a la castidad, pues serían letales como padres o madres de familia. Oremos a Dios para que les conserve castos (y castas), y así impida que, si tienen tendencias heterosexuales, puedan provocar la quiebra de nuestro sistema social, al engendrar hijos que reproduzcan su misma enfermedad.
En cuanto a los varones homófobos candidatos al sacerdocio, desestímese, por el bien de la Santa Iglesia, su ingreso en los seminarios, comunidades educativas y centros teológicos: podrían ser letales, debido a su inmadurez afectiva, que los revela como no aptos para el ejercicio del ministerio ordenado.
Dado en Valverde del camino, junto a Santa María del Reposo, bajo el anillo… ¿Por qué no? Es un juego cruel, el de estos, que puede tener correspondencia. Ojalá no suceda.
Dejen de jugar con el Santo Evangelio y con Nuestro Señor Jesucristo. Dejen de jugar, para vivir. Que así sea. Pero Valencia está a la vuelta de la peor esquina.
Misericordias Domini in aeternum cantabo.
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José Mantero



