Santo subito?
03.04.06 @ 00:55:05. Archivado en Iglesia Católica, Premios San Ildefonso
Recordamos estos días a Juan Pablo II, el Magno para algunos; como quiera que fuere, el Papa con el que tantos abrimos los ojos a la vida de la iglesia católica. El difunto Karol Wojtyla continúa siendo un personaje controvertido, como en vida, cuando se nos hacía difícil distinguir persona de personaje y, más difícil todavía, decidir si ir tras él con el cirio, o con el palo: ciegamente amado por los incondicionales de lo que venga (al fin y al cabo, son los que aman y creen de forma carbonaria), fieramente contestado desde dentro del mismo catolicismo por amplios sectores eclesiales (disculpen que no hable de progresía: es algo en lo que dejé de creer en los 90), ahora es nuevamente llorado, añorado (¿de fuera vendrá quien bueno te hará?) y reverenciado. Santo subito!, clamaban las masas huérfanas y enfervorizadas hace un año, exigiendo al nuevo Papa la expedita canonización del pontífice polaco. ¿Realmente santo? Quiénes somos nosotros para juzgar, tampoco la jerarquía eclesiástica. Qué más da un altar más. O menos. Queda el ser humano, queda el sacerdote.
Entre los incuestionables méritos de este hombre ciertamente admirable, es preciso destacar su decidido apoyo, impulso y mimo a los movimientos laicales, dejados en blancas e ilusionadas mantillas por el Concilio Vaticano II, de grata memoria (no para todos). Efectivamente, por encima de las órdenes y congregaciones religiosas de toda la vida, Juan Pablo II se dio cuenta de que el futuro de la iglesia católica pasa por algo más mixto, cual es -en teoría- un movimiento (disculpen que no hable de “Camino”, denominación de origen que únicamente se debe al Santo Evangelio). Él optó por grupos católicos de corte muy conservador en el mejor de los casos, y por otros de realización fanática y alma reaccionaria en demasiadas ocasiones. Así, el Opus o Comunión y liberación, y los Legionarios de Cristo, pero sobre todo el movimiento (camino le dicen los de su cuerda) Neocatecumenal, auténtica cohorte de soldados decididamente violentos (espiritualmente), con más kilos de papel Biblia que de verdadera preparación y sentido cristiano. Sea como fuere, el Papa Wojtyla tuvo la acertada intuición de apostar por los movimientos, lo cual en un futuro pudiera servir para limpiar de clericalismo la iglesia católica. O no.
JPII, que tenía sigla de logia, surtió de beatos y santos con hábito de frailes y monjas los altares de la cristiandad: quería ofrecer modelos de santidad, referencias de cristianismo, maniquíes de ortodoxia en un mundo de cambios vertiginosos y manía de pensar recién estrenada por muchos católicos. ¿Desconfiaba del paradigma sublime, máximo que es Jesucristo? Pienso que en el fondo no, porque a veces, por encima del maquillaje místico del actor que siempre quiso ser, se percibía al verdadero creyente que sesteaba en su interior. Sin embargo, demasiado santo… Ratzinger parece haber parado la fiebre de canonizaciones clase A y B (C en algún glorioso y peraltado caso), pero BXVI jamás será JPII.
En cuanto a los deméritos de este venerable varón, uno de los muchos que se pudieran citar es su excesiva confianza en que la paz y la evangelización habían de pasar por sus encuentros, avenencias o desavenencias con los grandes de la tierra. Uno de sus grandes errores. Uno. Porque los grandes de los pueblos los oprimen, “no será así entre vosotros…” (Mt 20, 25-26).
Siempre le recordaremos. Siempre tendré presente aquel ya lejano día de risas en el teatro de las Salesianas de Valverde, donde el pobre Valeriano, mi primo Juan Alfonso y yo ensayábamos “El milagro de las monedas de oro”, de “El divino impaciente”. Cómo oímos tocar frenéticamente la campana del patio (la de la beata Sor Eusebia, que la llamaba “la voz de Dios”), y a la invitación de Sor María Luisa Aparicio, la directora, entramos en la que se nos antojaba misteriosa clausura de las Hijas de María Auxiliadora; allí, en el televisor, un hombre de mediana edad, con “carilla de zorro”, como siempre ha dicho mi madre, se asomaba al balcón del mundo, sonreía y asombraba en la nostra lingua italiana para, decididamente, invitarnos al coraje apostólico. Luego llegó Benedicto XVI, luego llegó la frialdad.
Algo para recordar, un motivo para rezar. Et lux perpetua luceat eis.
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José Mantero



