¡A las barricadas!

Enlace Permanente 27.03.06 @ 00:56:51. Archivado en Iglesia Católica, Gays

En la Iglesia católica a los gays se nos perdona que seamos gays; esto es: para una parte de su jerarquía, comenzando por Benedicto XVI, la homosexualidad constituye un problema de muy difícil solución. Pero la homosexualidad no es un problema, sino un gozo y un don de Dios. Somos multidud de laicos, sacerdotes y obispos que, gays por naturaleza y, por tanto, por expreso designio de Dios, nos confesamos también sinceros católicos. Intentan los jerarcas luchar contra esta orientación sexual, puramente natural, desde todos los frentes: exegético, teológico-moral, doctrinal, incluso en el terreno de las penas canónicas, en el que obtienen notables resultados, ya que el castigo supone para el reo la inhabilitación en el ejercicio de su ministerio sacerdotal –con la subsiguiente cuota de frustración vocacional- y, por añadidura la pérdida parcial o total de su modo de vida. Es esta la razón por la que muchos no pían: Juan de Ferrol, Manuel de Huelva, Braulio de Salamanca, Francisco de Granada, Ricard de Barcelona… El Papa y los Obispos andan asimilando, en los últimos decenios particularmente, una doble realidad: por un lado, la de muchos sacerdotes que, de manera oculta o no, se viven como homosexuales, articulando esta vivencia en multitud de sentidos, según experimenten perplejidad o gozo, profunda desazón o alegría evangélica. En la Iglesia católica se perdona a los gays que sean gays, pero reconocemos en ese "misericordioso" perdón un burdo artificio, el de aquellos que, desde la cúspide del poder absoluto, pretenden a toda costa acallar las voces discordantes, los espíritus libres, el amor en definitiva, que procede de Dios y a Él se dirige. No queremos que se nos perdone por ser como somos; rechazamos su cínica tolerancia; les exigimos reconocimiento y aceptación.
En la Iglesia católica se nos perdona que ejerzamos como gays, viviendo afectiva y efectivamente nuestra condición. Se nos predica al oído: los actos homosexuales no pueden, en ningún caso, recibir aprobación de la Iglesia. No se aprueba nuestro ejercicio del amor homosexual; sin embargo, se nos puede perdonar, con tal de que nosotros mismo abominemos, sintamos asco, vomitemos incluso por haber sucumbido ante lo que ellos estiman nefanda tentación. La cuestión estriba en cómo se puede asimilar semejante cinismo: ¿odiar el pecado y amar al pecador? Puede ser, aunque la realidad es bien distinta: las sibilinas mentes clericales y episcopales siguen, como hace siglos, entregándonos al brazo secular, quizá hoy no concretado en la infausta Santa Inquisición, pero igualmente, dolorosamente existente y manifiesto: aquellos radicales que siguen agrediéndonos en tantos parques de ligue, los políticos que continúan negándonos el pan y la sal en la equiparación de nuestros legítimos derechos, ese lastre sedimentado en la mentalidad social, que nos hace aparecer ante tantas miradas como seres objeto de mofa, portadores de un vergonzante estigma a lo largo y ancho del caminar de la historia humana. En la Iglesia católica se nos perdona que nosotros, varones, amemos a otros varones, espiritual y sexualmente; que tú, mujer, quieras a otras mujeres del mismo modo. Pero nosotros no hemos de querer ni aceptar ese falso perdón, que sigue relegándonos al rincón más profundo del armario, donde –son palabras del Jesús de los evangelios- corrompe el orín y roe la polilla de la negación de mí mismo, de nosotros mismos. Yo no quiero su perdón, porque ser gay no es ningún pecado; porque amar a otro hombre o a otra mujer no contraviene ni el Evangelio ni las Sagradas Escrituras. Rechazo su perdón, porque no hay caso.
Lo que en la Iglesia católica no se nos perdona es que nos manifestemos libremente como gays, no se nos perdona que salgamos del armario, que hagamos ese cierto ruido que anima la casa del Señor (¿No habló Juan XXIII, refiriéndose al Concilio Vaticano II, de abrir las ventanas de la Iglesia para que entre el aire fresco? Abrir las puertas de todos los armarios, de todas las sacristías, de todas las iglesias… aire fresco; que cedan la podredumbre y el olor a cerrado). En la Iglesia católica se nos quiere pecadores y callados, se nos desea abatidos e implorando misericordia por ser quienes somos, por ser como somos. No es pecado, mientras no se sepa, proclaman.
En la Iglesia católica, en definitiva, se me puede perdonar que, incluso siendo Arzobispo, tenga un chapero a quien recurrir cuando la calor aprieta. Pero se me destituiría instantáneamente de mi cargo si además desde el púlpito proclamo que la sexualidad, a más de expresión de amor, es divertida. Reducirnos a la discreción absoluta, he aquí uno de los objetivos de la cúpula eclesiástica en su relación con el inmenso colectivo gay que se mueve en sus naves y triforios. Yo apostato de su hipócrita perdón. Yo les exijo reconocimiento de nuestra radical dignidad: somos hijos de Dios, y Él nos creó. Y Él nos creó gays. Y quiere Dios que seamos buenos gays, santos gays, día tras día más gays, hasta llegar al culmen del gay ser, alcanzada la libertad y la gloria de los hijos de Dios. Mientras tanto, se nos susurra al oído una triste condición: hijos de un dios menor, no alcéis la cabeza, no os levantéis, no se acerca vuestra liberación.
Pero nuestra liberación está cerca, a las puertas. Lustros de lucha reivindicativa, gozosa a veces, sangrienta en ocasiones, van marcando pautas liberadoras. El ejército reconoce la igualdad de heterosexuales y homosexuales –otra cosa es la homofobia enquistada en sus apretadas y abultadas filas- ; la misma Guardia Civil admite que dos gays vivan como pareja en sus casas cuartel. El último escollo es la Iglesia; mejor dicho, los intereses inquisitoriales y de poder en su jerarquía. Los cristianos homosexuales, mujeres y hombres, hemos de luchar vertebrando nuestra acción según el espíritu del Santo Evangelio: anunciando gozosamente que el Cristo nos ama apasionadamente, ferozmente, y denunciando la hipócrita homofobia de la jerarquía eclesiástica.
Cuando yo era adolescente, uno de mis cantautores favoritos era José Antonio Labordeta, ese viejo guerrero curtido en tantas movilizaciones. Su canto a la libertad animaba los espíritus estudiantiles, tan letárgicos en aquellos años ochenta. Sirva la última estrofa de esta canción para dotar de esperanza y convicción de victoria a la batalla gay por la dignidad.

También será posible que esa hermosa mañana
ni tú ni yo ni otros la lleguemos a ver,
pero habrá que forzarla, para que pueda ser.


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