El riesgo de ser cristiano
22.03.06 @ 00:43:04. Archivado en Religión, Religiones no cristianas
Ser cristiano puede ser un riesgo. Pero la definición de riesgo no es la misma, según hablemos de él en España o en otras naciones (no me estoy refiriendo a Cataluña, o -nya). No hace mucho, algún obispo de los que pululan por nuestro solar patrio se refería a que los cristianos estamos perseguidos en nuestra nación, cosa absolutamente incierta, descarada e interesadamente mendaz. Es verdad que seguir a Jesucristo no es cosa fácil, ni aquí ni en Antananarivo. Pero en otros lugares sí que son perseguidos de verdad, con riesgo para su vida, nuestros hermanos cristianos. Lean, si no, la noticia que ayer aparecía en algunos medios, como el sitio web de Antena3tv, referida a un cristiano afgano:
“En Afganistán, cambiar de creencia religiosa puede conllevar la muerte. Un hombre, musulmán, de nombre Abdul Rahman, está siendo juzgado por convertirse al cristianismo. Algo considerado un crimen por la ley islámica que rige el país. Por eso Abdul podría ser condenado a la pena de muerte. Su propia familia acudió a la Policía para delatarle.
Durante la audiencia, Rahman confesó que se convirtió al cristianismo hace 16 años, cuando tenía 25 y trabajaba como cooperante médico para refugiados afganos en Pakistán. Según el fiscal se le ha ofrecido retirar los cargos si volvía al islam, pero Rahman se ha negado”.
Evidentemente, en el proceso a Rahman entran en juego más consideraciones que la meramente religiosa. Ello es claro, especialmente en un país cuyos ciudadanos viven muchas veces una pobreza que raya con la miseria, y que confunde religión con identidad nacional. Evidentemente, pero no por ello, como seres humanos, podemos consentir que sigan procesando, castigando o asesinando impunemente a quien es diferente, como Abdul.
Luego vendrá el abortalibros arzobispo de Granada para decir, como dijo, que aparte de no ser “políticamente correcto”(en esto sí le doy la razón a Monseñor Pululu) ser cristiano, aquí puede incluso ser peligroso. ¡Hombre, por Dios, Martínez, cómo te pasas, tronco! Peligroso puede ser –es- convertirse al cristianismo, aunque haya sido hace 16 años, en Afganistán, estado nacionalislamista como era nacionalcatólico el reinado de Franco o el virreinato asocial aznarista.
Ante noticias como la antedicha, muchas voces claman que a los musulmanes de acá no se les permita resollar, ni construir mezquitas, ni más de cuatro cosas. Que a los moros, ni agua. No parece lo más sensato volverse intolerantes para acabar con la intolerancia, ¿no les parece? La verdadera estrategia para acabar con ella es precisamente la contraria, sin pasarse al lado oscuro: la belleza de la tolerancia, del respeto a la identidad, raza, orientación, religión, filosofía o pensamiento coyuntural del otro. Por dos razones: para ser buenos cristianos y para que hagan lo propio con nosotros.
De este modo, para luchar contra la ignorancia intolerante de la madraza es preciso dejarla implantarse (a la madraza, no al rebuzno) en esta tierra. Así tal vez lleguen a experimentar que únicamente en el respeto y la tolerancia se puede construir una sociedad para todos, se puede vivir.
El asunto de las caricaturas de Mahoma publicadas por Jyllands Posten ha abierto una caja de los truenos que difícilmente podrá ser cerrada desde posturas tan cercanas como el acojone o la venganza que es fruto de la intransigencia. Si finalmente el juez fundamentalista afgano sentencia que se ejecute a Abdul Rahman, la humanidad sensata perderá la batalla si no hace algo… Fundadas esperanzas no es que haya, pues la misma humanidad teóricamente sensata que clama contra el fanatismo muslim, toleró tan ricamente la intervención del actual Papa que vetó el sacerdocio a los varones homosexuales. El fanatismo no tiene color. El fanatismo moro no se cura o corta con el fanatismo cristiano, o budista, o animista, sino con apertura de mente y espíritu. Dios, el de todos, es señor de la puerta abierta a todos, incluso de la inexistencia de puertas. Así pues, hermanos, ustedes la toleren bien.
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José Mantero



