Unitatis redintegratio

Enlace Permanente 18.01.06 @ 00:53:40. Archivado en Iglesia Católica, Religión, otras confesiones cristianas

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Las palabras del Maestro –Mt 18, 20-, que aseguran su presencia en medio de toda comunidad congregada para la escucha de su palabra, la plegaria y el ejercicio de la caridad, constituyen el lema de 2006 para la semana larga de oración por la unidad de los cristianos. Cualquier grupo, por reducido que fuere, que lee la Biblia, ora y ama es Iglesia de Nuestro Señor. Independientemente de la confesión cristiana a que pertenezca, si es que forma parte de alguna iglesia oficial, ninguna de las cuáles agota en sí misma la realidad del Cuerpo Místico de Cristo, sino que es humilde aproximación a su misterio salvífico. Consultar a este respecto la Declaración Dominus Iesus sobre la unicidad y universalidad salvífica de Jesucristo y la Iglesia.
Es más lo que une nuestros corazones creyentes que lo que separa nuestras ideologías y tradiciones, aun siendo abundantes los escollos para la reintegración de la unidad anhelada por Jesucristo y expresada ardientemente en su oración sacerdotal, ut omnes unum sint, que todos sean uno, para que el mundo crea. Un mosaico de iglesias puede dar colorido a una cristiandad universal, pero resta credibilidad al Evangelio mismo. Es la unidad, fruto del amor cristiano, la condición para sembrar la fe. “El amor –en palabras de San Clemente I, Papa, a los Corintios- no admite divisiones, no promueve discordias, sino que lo hace todo en la concordia. Nadie es capaz de practicarlo adecuadamente, si Dios no le otorga ese don. Oremos, por tanto, e imploremos la misericordia divina, para que sepamos practicar sin tacha el amor, libres de toda parcialidad humana”. Y son, en el fondo, parcialidades humanas las razones de la actual fragmentación culpable de la que el Señor desea única iglesia.
Cuando los seres humanos perseveramos en la acentuación de nuestras diferencias, lo hacemos a causa de nuestros intereses mundanos pero, fundamentalmente, por nuestros propios miedos: a existir en libertad, a la novedad rompiente de la fe, al amor, a Dios en definitiva. Necesitamos orar juntos para implorar a Cristo Resucitado que abra las puertas, atrancadas por nuestros temores (Cfr. Jn 20, 19). Entonces el Espíritu Santo, admirable constructor de la unidad por ser communis nexus Amborum –amor que, procediendo del Padre y del Hijo, les aglutina- realizará el milagro de la unidad. Entonces las iglesias podrán llamarse y ser en verdad Iglesia única. Entonces las distintas tradiciones de fe comprenderán que lo nuclear es esa fe, no tanto su revestimiento cultural, histórico, social.
Los miedos, principales causantes de la división, remitirán cuando entremos con el alma desnuda y a pie enjuto en el mar de las divinas misericordias; porque “en el amor no hay lugar para el temor. Al contrario, el amor perfecto echa fuera el temor, porque el temor supone castigo, y el que teme no ha logrado la perfección en el amor” (1Jn 4, 18). Nuestros miedos –factores de fragmentación- no son exclusivamente nuestros, sino fruto de intereses mundanos de personas (a su vez atemorizadas) que, por encima de Cristo, buscan mantener su hegemonía personal mediante dos armas letales: temor y castigo, para controlar a las personas sin dejarlas ser libres, con la libertad soberana de los hijos de Dios. La actual división de los creyentes da testimonio de este pecado, que rasga la túnica de Cristo.
“La Iglesia considera que todo lo bueno y verdadero que se da entre los hombres es como una preparación al Evangelio y que es dado por aquel que ilumina a todo hombre para que al fin tenga la vida” (LG, 16). Por tanto, toda otra consideración (léase de nuevo la Declaración Dominus Iesus) se contradice con la doctrina de siempre y con el mismo Santo Evangelio.
Oremos, pues, unos con otros para que el Señor nos reúna. Como se viene haciendo desde hace siglos, en respuesta a la plegaria del Hijo de Dios. Como verdaderos discípulos del Maestro, procuremos “reunirnos con más frecuencia para celebrar la acción de gracias y la alabanza divina. Cuando os reunís con frecuencia en un mismo lugar, se debilita el poder de Satanás, y la concordia de vuestra fe le impide causaros mal alguno” (San Ignacio de Antioquia, Carta a los Efesios). Así pues, la plegaria por la unidad, mano de santo y de santa contra el poder del mal. Así sea.


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