Ustedes que callan
01.12.05 @ 01:23:09. Archivado en Iglesia Católica, sexo de sacristía, gaynas y gaynonas
Pierdan cuidado sus reverencias, amigas y residentes en su armario, pues podrán continuar mariconeando acogidos a sagrado, y diciendo Misa, si guardan el puntito discreto deseable para algunos obispos. Sean, pues, cautas sus caridades, escoliastas y comentaristas míos inclusive, tan caros a mi pecho como pediculosis al pubis. Ustedes, cobardes en potencia y acto, son directamente culpables del tormento vital que estremece el alma de tantas personas homosexuales católicas. Ustedes, sí, que, acostumbrados a lo sagrado como el sepulturero a los restos, carecen de toda capacidad de estremecerse con la fe, la esperanza, la caridad, para ustedes mera papelería de funcionario. Ustedes, sepulcros blanqueados durante el día, tumbas sin señal a la noche en cada cuarto oscuro, donde tantos resbalan con el vómito de su hipocresía y, en cambio, ustedes experimentan el roce y el goce furtivo, sin gracia ni compromiso, sin amor, sin sentido de relación verdaderamente humana.
Despreocúpense ustedes, sacerdotes gays practicantes de una sexualidad vacía de sentimiento. Podrán seguir dejando a su amante en el lecho para irse a celebrar Misa de ocho. Benedicto XVI no les va a tocar, lo asegura su Instrucción. Él, el inquisidor obsesionado por el sexo y la homosexualidad, mantendrá en el sacerdocio a las discretas (no afilen sus armas: digo discretas, en femenino, para que concuerde con reverencia y caridad, ambas del mismo género) que prefieren vivir el don de Dios –la homosexualidad lo es- embozados en la capa del disimulo. Queden tranquilos, pero acuérdense: habrá momentos de desierto; ustedes, cada uno a solas consigo mismo y el Dios que habita en lo profundo. Y sentirán asco de sí, y tendrán ganas de vomitar, pero ni siquiera se les concederá el descargo de la nausea cumplida, amarga, higiénica.
Ustedes, curas homosexuales que se permiten el lujo de predicar contra los gays. O el lujo de callarse. Usted, obispo homosexual fingidor, que no levanta ni una tos ante la homofobia de la jerarquía romana, y se conforma con sobar niños y masturbarse luego en el seguro de su retrete. Ustedes no se merecen el Evangelio, ni se merecen la Iglesia. Ustedes, ustedes mismos encierran en el interior de su corazón los males que únicamente saben mirar y estigmatizar en otros. Son ustedes lo peor, excremento del cielo y del suelo, raza de víboras.
No sé cuánto les quedará de vida, pero no se olviden de esto: un día sentirán no haber vivido, haber disfrazado el don de Dios bajo el lujoso harapo bienpensante. Al atardecer llorarán seca, desgarradoramente la mendacidad de su existencia. Y pedirán oficial y aparatoso perdón. Será ya tarde: por culpa de ustedes, de su silencio temeroso y vil, se han suicidado hermanos suyos. Porque mientras ustedes callan para conservar el privilegio de la congrua, el Papa sigue permitiéndose el lujo de ultrajar y perseguir a los que son como ustedes. Caiga esta romana ofensa sobre ustedes, viles sacerdotes y obispos espantadizos, con más miedo a perder el cuerpo que su alma inmortal. ¡Y se atreven a hablar de coherencia, de honestidad, de fidelidad y fe! ¡Hipócritas! Son ustedes piedra de escándalo.
En su bajeza de papirotes se cobijan para argumentar que al Papa hay que darle aún tiempo. ¿Para que aseste nuevos golpes y condene a más hermanos, y esparza su paranoia de auto de fe sobre todo el mundo? Digan que no son capaces de hablar; callen, pero no disimulen. Dan ustedes asco a muchos; a mí, una honda pena. Sigan escudándose en el ex opere operato para que el Señor no escupa sobre los corporales que disponen con torpeza sobre sus altares. Fíen en la divina misericordia para seguir con el pecado del silencio cómplice. Al final, serán –seremos todos- juzgados por el amor. A veces pienso que también por el hastío del Padre.
Continúen cómodamente instalados en su armario, pero sepan que están encerrados en un zulo; allí corrompe el orín y roe la polilla, tengan ojo. Pero no: ustedes son el orín; ustedes, la polilla. Es con ustedes con quienes hay que tener cuidado, velar y orar para no caer en su cenagal. Ustedes, que se quedan. Ustedes, que callan.
Comentarios:
Aún no hay Comentarios para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Los comentarios para este post están cerrados.
José Mantero



