16.10.06 @ 23:46:58. Archivado en Gente Genial

Anoche estuve en la ceremonia del Premio Planeta. Hoy por la mañana –lunes– apenas había taxis en las inmediaciones del hotel Princesa Sofía, donde me encontraba alojado. Había un señor inglés en la cola, justo delante de mí, quien me ofreció compartir su taxi, puesto que los dos nos íbamos al aeropuerto. Lo acepté más que de buen grado y le expresé mi reconocimiento. Este señor era un cronista deportivo que se dedicaba a ver partidos de fútbol y a comentarlos para los lectores de su revista; el día anterior había asistido al Barcelona-Sevilla y ahora regresaba a Londres.
A lo largo del breve trayecto compartimos una mutua simpatía prácticamente desde el primer instante en que intercambiamos las primeras frases de cortesía. Nos explicamos el uno al otro nuestras profesiones, en las que coincidíamos en lo fundamental (esto es, el contar a los demás cosas que habíamos visto y que nos parecían particularmente interesantes). También hablamos del tiempo, y, por extensión, de los significativos cambios climáticos. Compartimos algunas figuras retóricas (“los habitantes de Amsterdam verán mutados sus pies en pedales, dada su insistente afición a las bicicletas” y “Sevilla es una ciudad con una temperatura maravillosa siempre que ésta no sea demasiado elevada”, entre otras. Algunas ocurrencias nos hicieron estallar en carcajadas. A ambos.
Insistió en hacerse cargo de la factura del taxi y apenas discutimos a propósito de este asunto, puesto que parecía hacerle feliz el tener la ocasión de mostrar su sincera generosidad. Dejó una buena propina al conductor.
Nos despedimos sin siquiera haber dado a conocer ni nuestros nombres ni los medios de comunicación en los que trabajamos. No seguimos el manido ritual del intercambio de tarjetas. Él se quedó en la terminal B y yo seguí con el taxi hasta el Puente Aéreo, a taxímetro parado. Una vez llegados, el conductor –un hombre joven y sumamente agradable, quien había permanecido en silencio a lo largo de todo el trayecto – me comentó:
- Es algo estupendo que dos desconocidos puedan hacer buenas migas en tan poco tiempo.
- Sí –respondí; y además es una forma estupenda de empezar la semana.
Nos dimos la mano para despedimos.
El mundo debería ser así. Siempre.
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José Hermida
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