No conocí demasiado la obra de Ángel González pese a saber de él temprano por mis estudios juveniles de Literatura Española Contemporánea en aquel mítico COU nocturno del Instituto Alfonso X de Murcia. Supe de él como de otros escritores de mediados del siglo veinte. Pero la verdad es que no me interesaban mucho algunos rasgos de función social que daban a sus obras. No obstante, siempre que luego tuve ocasión leía algo sobre él, reseñas, poemas sueltos en diarios, documentos filmados... me aburría un poco, pese a lo que digo. Mas, en el devenido fin de siglo, cuando mi persona naufragada arribó a tierra de nuevo y con ansia casi buscaba restos de donde había estado, o huellas, datos de la existencia aún de la poesía y de la vida, y nada hallaba apenas, pero escarbando casi entre piedras reencontré versos de Ángel González, de Francisco Brines, de José Ángel Valente sobre todo, al que llegué a llamar a su casa de Almería para decirle que se cuidara, todos ellos poetas vivos contemporáneos míos, de Eduardo Cirlot desde luego, aunque fuera ya pasado y muerto, hasta de José Hierro, más que la disipadora estética de los que luego se llamarían novísimos salvo quizás a Antonio Colinas, y luego a otros...
Y no es que me apetezca precisamente escribir glosas o cosas parecidas sobre las personas con mérito que se van muriendo, pero dado el panorama que avasalla los sentidos en estos medios populares no está para desperdiciar la ocasión si, como yo hoy, me entero de que el poeta González ya ha pasado lejos y, de paso me entran ganas de decir algo de sus coetáneos conmigo y algunos de sus versos
:
El otoño se acerca
El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.
Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.
Y lo perdimos para siempre.
Ya nada ahora
Largo es el arte; la vida en cambio corta
como un cuchillo
Pero nada ya ahora
-ni siquiera la muerte, por su parte
inmensa-
podrá evitarlo:
exento, libre,
como la niebla que al romper el día
los hondos valles del invierno exhalan,
creciente en un espacio sin fronteras,
este amor ya sin mí te amará siempre.
Poética
a la que intento a veces aplicarme
Escribir un poema: marcar la piel del agua.
Suavemente los signos
se deforman, se agrandan,
expresan lo que quieren
la brisa, el sol, las nubes,
se distienden, se tensan, hasta
que el hombre que los mira
-adormecido el viento,
la luz alta-
o ve su propio rostro
o -transparencia pura, hondo
fracaso- no ve nada.
_
Miércoles, 30 de mayo
Manuel Molares do Val
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
José Pómez
Antonio Cabrera