La fiesta del Corpus me suscita multitud de reflexiones. Se instituyó en la edad media y es fruto de un contexto doctrinal animado por las confrontaciones teológicas y las disputas de escuela. Ante los titubeos doctrinales a la hora de afirmar la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas y de explicar el modo como en el pan y en el vino se hacen presentes el cuerpo y la sangre del Señor, esta fiesta viene a constituir una afirmación popular y solemne de la presencia real del cuerpo de Cristo en la hostia consagrada. Esta afirmación acaba convirtiéndose en una aclamación festiva y exuberante, de carácter popular, que terminará extendiéndose en poco tiempo por toda la cristiandad.
La teología escolástica, tan en boga antes del Concilio, sobre todo en las zonas de influencia española e italiana, dio paso a una teología menos conceptualista y menos especulativa, y más anclada en el marco bíblico de la historia de la salvación. Todos recuerdan todavía aquellas palabras que pronunció el profesor K.E. Skydsgaard, observador en el Concilio por parte de la Confederación Mundial Luterana, en el discurso que dirigió a Pablo VI durante la segunda sesión conciliar en nombre de los observadores y en las que se expresaba el deseo de que la teología católica se orientase de forma más clara y decidida hacia la historia de la salvación. Aquellas palabras han tenido un eco importante, no solo en el campo de la teología en general, sino en el enfoque de la reflexión litúrgica más especialmente.
Ya dije que este proyecto de reconciliación pascual y de liberación hay que entenderlo como una meta, como una gran utopía. Es una realidad que sólo se desarrollará en plenitud cuando Dios sea todo en todas las cosas, cuando aparezcan para siempre el cielo nuevo y la tierra nueva.
Ciertamente la pascua es un proceso. Todos los que creemos en Jesús nos sentimos comprometidos con ese proceso. Es la forma concreta de vivir nuestra incorporación a la pascua de Jesús; o, dicho de otro modo, es el modo concreto de hacerse realidad en nosotros y a lo largo de la historia la pascua de Jesús.
Es fundamental que entendamos la pascua, no como un hecho acabado, consumado, sino como un proyecto de cambio, como un proceso. Ésa es la palabra adecuada: proceso. Porque hay de por medio una idea dinámica, de movimiento ascendente y de desarrollo. Una idea de cambio. Lo que comenzó en Jesús, su transformación personal, hay que llevarlo adelante. La pascua acaeció primero en Jesús, pero no ha concluido en él. La historia es considerada como la plataforma sobre la cual hay que llevar a cabo todo el proceso de liberación pascual.
Efectivamente, en él, en Jesús resucitado, está ya presente, como en germen, toda la cosecha. Por eso le reconocemos como primicia. Él es el primer fruto de la nueva humanidad. Ahora, por tanto, hay que desdoblar y actualizar lo que en él está contenido en germen. Ésa es nuestra tarea; ése es nuestro reto.
Es importante que, en estos día de pacua, nos preguntemos qué ha representado la resurrección para Jesús; cómo ha vivido su experiencia pascual. Ante todo, debemos repetir que toda la vida y todas las acciones de Jesús han tenido la resurrección, no la muerte, como meta última. La muerte ha sido el paso para la vida.
No voy a entrar aquí en la gran discusión sobre el sentido de los relatos bíblicos relativos a la resurrección de Jesús. Es una preocupación, de sumo interés, por supuesto, pero que escapa a mi preocupación en este momento. Lo que pretendo ahora es descubrir como el misterio pascual impregna y da sentido a la totalidad del misterio de Cristo. Para ello voy a examinar un hermoso texto trasmitido por Pablo y algunas expresiones que encontramos en el evangelio de Juan. De este modo quiero encuadrar la resurrección de Jesús en el contexto global de la pascua e interpretarla en el proceso de regeneración pascual que afecta a toda la humanidad.
He seguido con interés las celebraciones del papa Francisco durante la semana santa. Las cosas tienen hoy un color nuevo, rejuvenecido, más cálido, más entrañable. Es cierto que el papa Francisco no es ampuloso en sus gestos, ni propenso a escenificar sus saludos y bendiciones; por el contrario, huye de los comportamientos estereotipados y convencionales. Por supuesto, no es esclavo de las rúbricas. Él se siente por encima de las rúbricas.
Llevo muchos años dedicados al estudio de la celebración de la pascua en la Iglesia. A estas alturas, si tuviera que hacer una síntesis y condensar en pocas palabras lo que, a mi juicio, representa lo más esencial de la celebración, la actitud básica de la comunidad al reunirse para celebrar la pascua del Señor, optaría por el siguiente diagnóstico.
La celebración del viernes santo comienza el mismo jueves por la noche en el huerto de Getsemaní. Allí se reúne todo el pueblo en torno al obispo. A partir de este momento la comunidad va a recorrer el mismo itinerario que recorrió Jesús, intentando reproducir plásticamente los acontecimientos que jalonan la pasión del Señor. Egeria repite con insistencia que en cada lugar se proclaman lecturas, himnos y oraciones «apropiadas al día y al lugar».
Nos tenemos que remontar a finales del siglo IV `para encontrarnos con la peregrina gallega Egeria y toparnos con su precioso diario de notas, su Itinerario de viaje a los Santos Lugares, y leer la de interesante descripción que nos brinda de la liturgia de los días santos tal como se celebraban en Jerusalén.
La tendencia dramatizante de la liturgia pascual, que aparece a finales del siglo IV, llevará a una creciente fragmentación del misterio pascual, hasta el establecimiento de una serie sucesiva de celebraciones en las que se conmemoran los diversos aspectos que jalonan la aventura pascual de Jesús. Así ha surgido la semana santa. El primer episodio, con el que se dará comienzo a la gran semana, es la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Así nace el rito solemne de la procesión de ramos, de indiscutible sabor popular.
Jueves, 23 de mayo
Francisco Margallo
JC Rodríguez, A Eisman
Ana Bou
Manuel Mandianes
José Moreno Losada
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Vicente Luis García
Bernardo Pérez Andreo
Javier Velasco y Quique Fernández