Déjame que te hable de la misa. No, déjame que te hable de algo más simple, de la simple comida. Y déjame decirte que cada vez que comes y bebes, comulgas con el otro, con la Tierra, con todo el Universo. Y que cada bocado que masticas y cada gota que sorbes es un gesto sagrado: comulgas con el Todo o el Ser o la Vida. Comulgas con la gran Comunión o el Misterio de Dios. Vivir es convivir. Ser es interser.
Pascua significa “paso”, el paso de la vida a la Vida. Como otras sociedades de agricultores y pastores, los antiguos hebreos celebraban la primera luna llena de primavera: los agricultores comían pan nuevo sin levadura; los pastores, carne de los primeros corderos. La vida revivía, y había que agradecerla. La vida es inmortal, sí, pero frágil, y hay que cuidarla. Eso es la Pascua.
Sirvan estas líneas de humilde homenaje a un gran hombre y pensador que hace poco franqueó el umbral de esta vida hacia la Vida: Eugenio Trías. Ha sido el pensador del límite. El ser humano percibe y piensa la realidad en general y a sí mismo en particular como límite. Al decir “límite”, no se refiere en primer lugar a la limitación –tan obvia– que caracteriza a todos los seres y de la que nosotros –en quienes el espíritu apenas aún está empezando a despertar– tenemos una dolorosa conciencia. Claro que somos limitados, condicionados y contingentes. Esa es nuestra percepción inmediata y tal vez solo aparente.
“¡Feliz año nuevo!”, nos dijimos a las 00,00 h del día 1, medio atragantados con las campanadas y las uvas, aunque de no ser por el calendario no hubiéramos sabido que justo en ese momento empezaba un año nuevo. Pero son buenos los ritos, y los calendarios han sido necesarios desde hace milenios para sembrar y cosechar y celebrar fiestas. También hoy lo siguen siendo para trabajar y disfrutar y seguir esperando a pesar de todo.
No, la bondad no necesita ningún por qué, ningún argumento que la justifique.
Respeta, compadece, comparte, cuida. Hazlo por tu bien y por el bien de todos los seres. Pero no lo hagas porque esté escrito o mandado, sino porque es tu ser y sale de tus entrañas. Hazlo y serás más feliz, pero no lo hagas para ser feliz.
Irradia la gracia de vivir y la llamaré Engrazi, aunque no es ése su nombre de pila. Cuantos la conocieron de niña y de joven, la recuerdan alegre, luminosa, sonriente. Y muy bella. Pero ¿de dónde le venía a aquella niña y a aquella joven tanta gracia y tanta luz, si siempre estuvo envuelta en desgracia y horror? ¡Bendito enigma!
Quiero volver a la Notificación publicada por los obispos españoles, señalando al teólogo Andrés Torres Queiruga como sospechoso de herejía. No tengo duda de que lo han hecho con la mejor voluntad, de acuerdo a su fe. Y han de ser respetados. Pero el respeto debido es precisamente el que exige criticarlos. Y hacerlo justamente en nombre de la comunión eclesial al que ellos apelan. Quiero apuntar tres reflexiones que me parecen cruciales.
Chesterton, genial escritor inglés del s. XX, el “maestro de la paradoja”, escribió: “Cuando se deja de creer en Dios, se cree en cualquier cosa”. Es más que una ocurrencia ingeniosa. Es un diagnóstico certero de la época que nos ha tocado vivir. Nuestro tiempo ha dejado de creer en Dios, lo cual no tiene de por sí nada de malo: todo depende de lo que signifique ese “Dios” en el que ha dejado de creer. Pero nuestro tiempo sigue creyendo, lo cual tampoco es de por sí necesariamente bueno: todo depende de en qué crea, de cómo crea y para qué. Pues bien, a menudo me invade la impresión de que muchos hoy creen –o vuelven a creer– en cualquier cosa, y de cualquier manera.
Hace unos días recibí un mail de una buena amiga, cristiana, felizmente enamorada de Jesús, de su presencia consoladora y de su mensaje subversivo. Está preocupada porque su hijo, alejado del cristianismo –no diré de Jesús–, se halla más o menos enganchado a Matías Di Stéfano. Di Stéfano no es un futbolista, ni un cantante, ni una estrella de cine. Ni siguiera un gurú. Es un joven argentino, uno de esos “niños índigo”, así llamados porque algunos les ven –o creen verles, pero ¿dónde está la diferencia?– un aura de color índigo, entre azul y violeta.
Matías es un chaval normal, sensible, culto, inteligente y muy elocuente. Ha elaborado una síntesis personal entre la física cuántica y la filosofía de Hegel, entre el yoga hindú y el chamanismo sudamericano, entre la Antigua y la Nueva Era. Y arrastra.
Asegura Matías que hace miles de años vivió en la Atlántida, aquella isla, ubicada no se sabe dónde, entre el Mediterráneo y América, poblada de seres humanos superiores venidos de otros planetas, que luego se hundió, aunque nadie ha encontrado todavía huella alguna, aunque no faltará quien diga que sí. Matías Di Stéfano se siente investido de una gran misión: comunicar en nuestro tiempo la información que recibió en la Atlántida y que se halla recogida en los registros akáshicos –una especie de memoria cósmica o de Internet divino– y a la que podemos acceder todos a través de la meditación.
“Memoria cósmica”: esta metáfora me resulta familiar… Yo mismo la utilizo para expresar el Fondo, el Misterio, el Corazón, la Entraña en la que vivimos, nos movemos y somos. La Fuente que mana y corre aunque es de noche, y nosotros manamos de esa Fuente que mana en nosotros, ¡Dios mío!, más allá de todo cuanto sabemos, creemos y decimos, más adentro. Lo malo es cuando las metáforas dejan de serlo y se convierten en información objetiva. Ahí empieza la credulidad. Las metáforas nos permiten navegar sin rumbo exacto, nos conducen a otra orilla, y luego a otra. Las creencias, cuando se fijan, nos anclan allí donde estamos y nos impiden surcar océanos desconocidos y descubrir islas inexistentes.
En contra de lo que se pudiera pensar, en este nuestro tiempo querido, las creencias no han desaparecido. Muchas creencias sobre un Dios con psicología humana enfermiza, sobre nacimientos virginales y juicios del más allá o jerarquías del más acá, esas creencias sí están desapareciendo y tarde o temprano desaparecerán todas. ¿Cómo concebir que podamos seguir siendo hijos y amantes de la Vida o del Mar sin levar cada día las anclas de esas creencias? Pues bien, las creencias vuelven hoy, bajo otra forma. Tal vez sean un apoyo necesario para nuestra condición insegura, un soporte problemático para nuestra finitud indigente.
Lo cierto es que la credulidad persiste. De los OVNIS ya no se habla, pero sí de los habitantes de las pléyades, nuestros “hermanos mayores”, dotados de un espíritu desarrollado (¡y buena falta que nos hace, vaya que sí!). No faltan quienes, con todo derecho, reviven y reavivan cultos precristianos: la Wica o el druidismo celta, la Romuva báltica, el tengrismo húngaro, la jentiltasuna vasca, el mitraísmo helénico, el kemetismo egipcio. Unos anuncian el fin del mundo o de este eón para este 2012 y nos urgen a adoptar al calendario maya. Unos se presentan como “guerreros” o “hermanos de la luz”. Otros ofrecen ejercicios diarios para protegernos con las “cúpulas de energía”. O sesiones lunares de transmutación kármica, ritos de sanación tántrica y de apertura crística, o ceremoniales del Maithuna.
Cursos de fractales, de armónicas y cromáticas y células del tiempo. Cursos para conocer al ángel de la guarda (bendito ángel, bendita presencia, con y sin cursos). Superposición del cuerpo físico con el cuerpo de Etreté. El mandato galáctico, el llamado mítico, el Kin del destino, los sellos solares, la onda encantada. Alineamiento climático del cuerpo terrestre y del sol físico con el centro de la galaxia y con el núcleo universal de la creación, el gran Sol Central.
Algunas de las terapias sirven por igual para todo: el reumatismo, la artritis, el cáncer, el Sida, la esclerosis múltiple, la fibromialgia, la diabetes, la hepatitis, le leucemia, la pancreatitis, la hipertensión, la epilepsia, la psoriasis, el herpes, el Alzheimer, el lupus, la glaucoma, las alergias, las cardiopatías, toda clase de enfermedades virales, o incluso la calvicie. Y terapias alternativas no te faltarán: acupuntura, electroacupuntura, digitopuntura, auriculopuntura. Reflexoterapia, magnetoterapia, electromagnetoterapia, aromaterapia, yesoterapia, cromoterapia (con todos los colores del arcoíris, el índigo incluido), orinoterapia, aromaterapia, hidroterapia, helioterapia, musicoterapia (con el didgeridoo australiano, el sarangi hindú o el cuenco tibetano).
Y la fitoterapia, es decir, con simples y maravillosas hierbas que crecen abundantes por todas partes en el campo; el campo es una inmensa farmacia (eso yo también me lo creo), y todas las terapias florales (las prímulas o flores de San José ya están floreciendo, y las flores de Bach supongo que también)… Y el biomagnetismo, la bienergética, la medicina vibracional, y la anatheóresis o visión del propio pasado. Y, naturalmente, la homeopatía. Y también la quiropraxis. Y el método de transformación de patrones de resonancias (TPR). Sesiones de Qigong o de Chikung, chequeo de la energía, lectura de la rosa, del aura y de los chakras. Liberación de energía constricta. Reiki, Shiatsu, Ajurveda… Y más, mucho más todavía.
Los tiempos de incredulidad pasaron. Pero ello no significa que vivamos tiempos de fe. Tampoco significa de ningún modo que solo haya una fe verdadera, y cuánto menos una única religión verdadera. Las religiones anduvieron siempre sobradas de credulidad. No fue la fe, sino la credulidad, la que fabricó las imágenes de Dios, todas ellas. También creer en Dios puede ser creer en cualquier cosa.
El “Dios” en el que crees o dejas de creer en tus creencias, eso no es Dios. Escucha a la malviz que canta en la punta del aliso, junto al riachuelo Narrondo: ¿qué necesitas creer? Suelta las amarras, leva las anclas. Deja de creer, y lánzate al Fondo. El miércoles, recibí sobre mi cabeza un poco de ceniza, ceniza de tierra y de hoja de laurel, y escuché: “Eres tierra humilde y amada, preciosa ceniza que guarda la memoria del dolor y de todas las esperanzas. No importan tus creencias. Entrega tu mente y tu vida a la buena noticia. Y basta”.
José Arregi
Para orar.
“Entonces, ¿qué hacemos?”
¿Qué hacemos con los pies de barro,
con los sueños rotos,
con las noches de vigila
y las puertas cerradas?
¿Qué hacemos con la asediada,
el amor negado,
los golpes injustos
y el desaliento?
¿Qué hacemos con la pobreza,
con el fracaso, con el hambre,
con la guerra,
con la tristeza
que campa a sus anchas
por tantas vidas?
No rendir la esperanza
ni blindarnos contra la tormenta.
no renuncia a los sueños.
Seguir buscando la llave
que abra la vida,
que libere la alegría,
que desencadene
la paz,
la abundancia,
la justicia.
Y seguir confianza,
Que con nuestro barro
haces tú milagros.
(José María Olaizola, SJ)
Quiero saludar este año, el 2012 de nuestro calendario solar gregoriano, cuya primera luna ya ha menguado. Ponga cada uno la cifra que corresponda en su propio calendario, sea lunar o solilunar, judío o musulmán, chino o hindú, inca o maya. Y haya empezado ya o esté aún por empezar, que nunca se sabe. Quiero saludarlo desde mi fe.
Eutsi berrituz, un grupo de cristianas y cristianos de Gipuzkoa, convoca un encuentro por la paz en Arantzazu para el próximo sábado 26 de Noviembre. Eutsi berrituz es un buen nombre y lema: “Perseverar renovando”, o “Resistir reformando”. Perseverar y resistir renovando ¿qué? Esta sociedad resignada, este mundo atemorizado, esta Iglesia paralizada en el pasado. Y esta paz insegura que volvemos a soñar. Les felicito por la iniciativa y os animo a sumaros el día 26, por el sitio que es –Arantzazu, lugar de espinas, lugar de perdón, lugar de paz– y por la causa que les lleva –la paz de la memoria, la paz de la justicia, la paz de la bondad–.
Me encuentro en la India, con motivo de un Congreso teológico. ¡Namasté! Así se saludan inclinando la cabeza y juntando las manos a la altura del pecho, y quiere decir: “Yo me inclino ante tu forma”, “Mi espíritu respeta tu espíritu”, “La divinidad que hay en mí venera la divinidad que hay en ti”. Namasté, India, con tus montañas y ríos sagrados, todos femeninos: Indo, Brahmaputra, Godavari… y la Ganga Ma (Madre Ganges). Namasté, India, con tus 1.200 millones de habitantes, que pronto serán más que los chinos. Namasté, India milenaria, India joven, con tus 24 años de edad media, con tus 500 millones de menos de 21 años.
¡Zorionak, Igoin e Hilargi! ¡Felicidades! Quiero empezar felicitando a vuestros padres, no solo por haberos hecho a los dos –¡cosa asombrosa!–, sino también por haberos puesto el nombre: Hilargi llamaban los vascos a la luna ya hace muchos miles de años, por ejemplo los habitantes de un pequeño monte guipuzcoano llamado Igoin; allí construían dólmenes y adoraban a Hilargi cuando aparecía de noche detrás de los montes. Los nombres que llevamos están llenos de misterio. Somos el nombre que llevamos. Pero somos llevados también por el nombre desde más allá hasta más allá del horizonte.
Viernes, 24 de mayo
José Arregi
Peio Sánchez Rodríguez
Faustino Vilabrille Linares
Juan Fernandez Krohn
Francisco Margallo
JC Rodríguez, A Eisman
Ana Bou
Manuel Mandianes
José Moreno Losada
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia