Me acuerdo perfectamente dónde y cuándo me dijo mi padre: “El hombre no debe tener miedo ni aunque lo estén despellejando”. Yo era entonces un chaval de 11 años, tímido, incluso temeroso, y quedé muy impresionado. Imaginé con asombro que mi padre sería capaz permanecer impertérrito aunque lo despellejaran. Pronto descubrí que no era así, cuán fácilmente se alarmaba. Pero a la vez tenía esa seguridad profunda tan campesina, cuasi telúrica, arraigada en la Tierra o en Dios, de que nunca faltaría a su numerosa prole con qué vivir y salir adelante, a pesar de la pobreza.
Hace más de dos siglos desde que se instauró el actual sistema carcelario y, aunque las cárceles de hoy no sean las de hace doscientos años ni las de hace 50, salta a la vista que no ha cumplido sus objetivos. Espero que antes de otros dos siglos, la humanidad se avergüence de nuestras cárceles. Si fuera verdad que sirven para lo que se dice que sirven –para prevenir, disuadir y reinsertar–, hace tiempo que debían haber desaparecido, o al menos disminuido, pues habrían desaparecido los criminales, o disminuido cuando menos. Pero los criminales no solo no han desaparecido y ni siquiera disminuido, sino que han aumentado (y eso sin contar los delincuentes de guante blanco, pues éstos, como se sabe, casi nunca van a la cárcel). Si después de dos siglos, las cárceles siguen aumentando y ni aun así dan abasto, es que han fracasado. Hay que pensar en otra cosa.
En medio del huracán político de estos días, y aun a riesgo de repetir lo que tantos otros están diciendo con más conocimiento y estilo, me siento obligado a añadir mi voz a la suya sobre esta situación que padecemos. No quiero perder la fe en la política, el arte de gestionar cuanto tiene que ver con la vida común de una sociedad. Nadie se puede permitir desentenderse de lo que a todos nos afecta.
El pasado jueves día 29, Palestina fue aceptada como “Estado observador no miembro” de la ONU, con 138 votos a favor, 9 en contra y 41 abstenciones. ¡Enhorabuena, Palestina! ¡Enhorabuena, palestinos! Está muy lejos de quedar reparada con ello la injusticia histórica de la que sois víctima desde hace 65 años, cuando otra ONU muy distinta, en 1947, creó el estado judío y le asignó más de la mitad de vuestras tierras, sin contar en absoluto con vosotros; quisieron reparar a vuestra costa otra espantosa injusticia de la que los judíos habían sido víctima y de la que vosotros, sin embargo, erais enteramente inocentes.
¡Por fin! Cuando el clamor ha desbordado las calles, cuando el Movimiento 15 M ha extendido su indignación imparable, cuando la Plataforma Stop Desahucios se ha expandido a todas las ciudades, cuando la gran mayoría de los partidos políticos minoritarios ya han pedido cambiar la ley, cuando hasta la Conferencia Episcopal Española ha reclamado “que se dé un signo de esperanza a las familias que no pueden hacer frente al pago de sus viviendas y son desahuciadas”.
Por fin, los obispos han hablado sobre la crisis, y no sé si debemos darles la enhorabuena, pero al menos debemos agradecerlos su declaración, por tardía y tímida que sea, y por mucho que la hayan camuflado y condicionado, desnaturalizado y rebajado en una polémica política ajena al tema: la sagrada unidad de la “nación española”.
A medida que pasan los días y nos leen la letra pequeña, se confirma lo que todos, por mero sentido común, sabíamos y temámos: hemos sido rescatados.
Dice el Gobierno que no. Hacen malabarismos, pronuncian eufemismos, profieren mentiras. No ha sido un rescate, dicen, sino una “asistencia financiera” a la banca.
Señor François Hollande: El pasado domingo día 6 por la noche, cuando se confirmó su elección como Presidente de Francia, no sabría decir exactamente por qué me sentí tan contento: o porque su victoria nos permite esperar otra vez o porque la derrota de Sarkozy nos libera –de momento– de una gran pesadilla. Creo que lo mismo les pasó a muchos de sus compatriotas franceses, y Ud. lo sabe, y no conviene que lo olvide, pues indica la gravedad de los tiempos. Todo queda por hacer, y todo es muy inseguro.
Siempre supimos que los enemigos más acérrimos del nacionalismo periférico eran acérrimos nacionalistas españoles, pero solían encubrirlo con pomposas apelaciones a la ciudadanía universal. “No somos un pueblo, sino ciudadanos”, enfatizaban con aire superior. Sospechábamos lo que querían decir, pero el otro día lo entendimos mucho mejor, cuando Antonio Basagoiti dijo aquello de “primero a los de casa, luego a los de fuera sin papeles”. Lo dijo sin complejo ni disfraz, apuntando con el dedo a los 17.000 inmigrantes ilegales de Euskadi, por unos míseros miles de euros. Se refería a la atención sanitaria, pero pronto se aplicará a todo lo demás.
En esto que llaman la crisis económica, me siento como perdido en medio del mar, sin faro en la tierra ni estrella en el cielo, y sin una roca en el fondo adonde echar el ancla. ¿Por qué estamos donde estamos? ¿Sabemos exactamente dónde estamos? Y si la latitud y la longitud son tan inseguras, ¿cómo sabremos el rumbo a seguir? Es una profunda crisis económica que revela una crisis espiritual más profunda todavía.
Cuando digo “iglesia”, no me refiero a la “Iglesia” propiamente dicha: la gran comunidad de Jesús, discípulas y discípulos, hermanas y hermanos de Jesús que miran y aman el mundo con los ojos de Jesús, que disfrutan de la Vida y sienten compasión con las entrañas de Jesús. Santa Iglesia de Jesús sin límites de catecismos ni pretensiones de verdad ni monopolios de virtud. No. Cuando aquí digo “iglesia”, me refiero a la institución, la jerarquía, el aparato eclesiástico: “iglesia” con minúscula.
Hay muchas guerras terribles que sabemos cuándo empezaron, pero no sabemos cuándo acabarán. Mirad qué desgracia. Ahora se nos anuncia otra guerra, una guerra más que puede ser tan atroz como tantas otras o la más atroz de todas. Ya suenan los tambores de Tel Aviv a Teherán, de Teherán a Tel Aviv. Washington ya lo da por inevitable. Y Roma calla. Puede que estalle en la próxima primavera, cuando en los antiguos campos de Persia brote de nuevo la vida y la luna se oculte, o en el próximo verano, cuando suba el sol y las cumbres de Irán se deshielen. De esa guerra que viene –a no ser que también en eso nos estén mintiendo, simplemente para asustar a Irán y hacerle reconsiderar; ¡ojalá esta vez nos mientan!–, de esa guerra más que probable quiero hablar en esta mañana de invierno, llena de silencio y de paz en la humilde Arroa.
Jueves, 20 de junio
José Arregi
José Moreno Losada
José Manuel Bernal
Mundo Mejor
Asoc. Humanismo sin Credos
Bernardo Pérez Andreo
Rufo González Pérez
Josemari Lorenzo Amelibia
Javier Velasco y Quique Fernández
Pedro Miguel Lamet
Adolfo Sillóniz