El pasado jueves día 29, Palestina fue aceptada como “Estado observador no miembro” de la ONU, con 138 votos a favor, 9 en contra y 41 abstenciones. ¡Enhorabuena, Palestina! ¡Enhorabuena, palestinos! Está muy lejos de quedar reparada con ello la injusticia histórica de la que sois víctima desde hace 65 años, cuando otra ONU muy distinta, en 1947, creó el estado judío y le asignó más de la mitad de vuestras tierras, sin contar en absoluto con vosotros; quisieron reparar a vuestra costa otra espantosa injusticia de la que los judíos habían sido víctima y de la que vosotros, sin embargo, erais enteramente inocentes.
Las hojas del chopo y del abedul caen mansamente, mecidas por un suave viento del sur. No se resisten, no se sujetan ni a la rama ni al aire. Caen o vuelan o danzan. Ninguna forma les retiene, a ninguna forma se aferran. No pesan ni les pesa caer. Y al caer, cubren la tierra de belleza efímera, envolviéndolo de Presencia eterna, plena.
Enrique Martínez Lozano, este sacerdote turolense (¡Teruel existe, vaya que sí!), es un gran maestro espiritual. Posee el carisma de la luz, la gracia del consuelo, el don de la palabra hablada y escrita. Es un maestro espiritual para este siglo XXI con su nuevo paradigma cultural y su renovada búsqueda espiritual. Con su gracia y su riesgo.
El título resultará extraño para los lectores no familiarizados –la inmensa mayoría– con el argot eclesiástico. El término “pastoral” se refiere en general a composiciones literarias, pictóricas o musicales que evocan la vida campestre y pastoril, cuando las ovejas seguían al pastor.
Busco “campaña” en el diccionario de la Real Academia Española, revelación sin fin –como todos los diccionarios– del misterio del Universo contenido en las palabras, y leo la primera definición: “Campo llano sin monte ni aspereza”. Y el ánimo se me ensancha. Sigo leyendo. El octavo significado del término “campaña” dice: “Tiempo que cada año estaban los ejércitos fuera de los cuarteles en operaciones de guerra”. Y se me encoge el alma de solo leerlo.
Miro a Jesús de Nazaret en medio de esta crisis que no cesa de agravarse. No porque piense que él –y mucho menos la fe cristiana– sea la única alternativa, ni siquiera necesariamente la mejor. Simplemente, cada uno tiene sus raíces, y las mías están en Jesús, a él le quiero y le sigo. Pero las raíces nos conducen a lo más profundo, al agua y el humus que a todos nos nutren, al Fondo sin nombre, a la Misericordia sin fondo, donde somos Uno.
Salam alaikum, “paz con vosotros”, amigos americanos muertos en Libia. Vivid ahora en la Paz, más grande que aquella que quisisteis instaurar en esa tierra de desiertos y de oasis, de dunas de arena que flotan sobre mares de petróleo.
Belloc, derivado del vasco “Beloke” (= lugar de hierba), es un monasterio benedictino del País Vasco en el Estado francés. Entre lomas cubiertas de bosques y prados verdes, en la ladera de una colina, el edificio –de encantadora sencillez y armonía– se funde en el paisaje y se recoge sigilosamente detrás de un bosquecillo de castaños y olmos y majestuosos robles de variadas especies. Todo es simple y bello. Todo está en calma. Todo vive y respira en silencio. Quien necesita respiro –¡lo necesitamos tanto! – allí lo encuentra.
En la fría mañana del 25 de diciembre de 1886, un joven de 18 años, que luego llegaría a ser gran poeta y dramaturgo, se dirigió a la catedral de Notre Dame de París. Había hecho la primera comunión, pero había sido también la última. El mundo no era para él más que un inmenso engranaje material sin corazón y sin rumbo. Fría materia y ciego azar: no hay más.
El miércoles, 21 de diciembre, celebramos, aunque no se nombre, el quinto centenario de la primera proclamación de los derechos humanos. Hace 500 años no existía la ONU, que se fundó con muy buena intención, para no permitir que cometieran atrocidades unos pueblos contra otros, y proclamó la Carta Universal de los Derechos Humanos, pero luego apenas se ha notado. Hace 500 años también había atrocidades, y algunas de las más horribles tenían lugar en los pueblos de América, de la mano de cristianos y en nombre de Dios.
Hace unos días, la Diputación de Gipuzkoa concedió el Premio al Voluntario 2011 al Teléfono de la Esperanza. Os lo merecéis, amigas y amigos anónimos. No lo hacéis para ganar ningún premio ni en este mundo ni en el otro. Nunca aparecéis en los telediarios, y nunca se habla de vosotros en los periódicos. Pero ¿qué sería de nuestro mundo sin gente como vosotras/os? ¡Gracias!
No es un plural mayestático. El vasco que aprendimos con la leche materna nos enseñó a decirlo así, en plural: “nuestra madre”, “nuestro padre”, aunque uno fuera hijo único; “nuestro hermano”, aunque uno fuera hermano único de su único hermano; “nuestra casa”, aunque uno viviera solo en su casa, sin compañero ni compañera. Las lenguas son más sabias que todas las filosofías y teologías juntas, pues contienen todas las palabras, y en las palabras está todo lo que se puede decir, e incluso lo indecible. El vasco, lengua multimilenaria y en peligro de extinción, sabe que toda madre es madre de muchos. Que todos los hijos son hermanos de todos. Y que todos debieran tener una casa, y que nadie debiera ser desahuciado y puesto en la calle por no poder pagar la hipoteca, y que nadie debiera tampoco pensar que su casa solo es suya. ¿El misterio que llamamos “Dios” no es acaso la comunión universal y la casa común de todas las criaturas? Esas cosas y otras muchas nos enseñaba ya la lengua, sin saberlo nosotros, en el pecho de la madre.
Sábado, 25 de mayo
José Arregi
Religión Digital
JC Rodríguez, A Eisman
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Virtudes Parra
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
José Mª Castillo
Jose Gallardo Alberni
Francisco Baena Calvo