En esto que llaman la crisis económica, me siento como perdido en medio del mar, sin faro en la tierra ni estrella en el cielo, y sin una roca en el fondo adonde echar el ancla. ¿Por qué estamos donde estamos? ¿Sabemos exactamente dónde estamos? Y si la latitud y la longitud son tan inseguras, ¿cómo sabremos el rumbo a seguir? Es una profunda crisis económica que revela una crisis espiritual más profunda todavía.
Cuando digo “iglesia”, no me refiero a la “Iglesia” propiamente dicha: la gran comunidad de Jesús, discípulas y discípulos, hermanas y hermanos de Jesús que miran y aman el mundo con los ojos de Jesús, que disfrutan de la Vida y sienten compasión con las entrañas de Jesús. Santa Iglesia de Jesús sin límites de catecismos ni pretensiones de verdad ni monopolios de virtud. No. Cuando aquí digo “iglesia”, me refiero a la institución, la jerarquía, el aparato eclesiástico: “iglesia” con minúscula.
Hace unos días, a la salida de clase en la Universidad de Deusto-Bilbao, me dirigía a mi despacho por un pasillo de aulas. En una de ellas, una profesora daba clase con megafonía. El aula debía de ser espaciosa y el grupo numeroso. En eso, la voz timbrada y fluida de la profesora se interrumpió un instante. Y gritó (sí, gritó): “¡Silencio!”. Me estremeció. Y me dio mucha tristeza, por la profesora, por sus alumnos… y por mí mismo: pronto me esperaban otras dos horas de clase con un grupo numeroso y difícil.
Este jueves 8 de marzo, celebramos el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Ya estoy viendo a una amiga mía –joven y eficiente profesional, y además con la casa, los hijos y hasta el marido a cuestas, trajinando de la mañana a la noche 365 días al año, y uno más en este bisiesto– levantar las cejas y arrugar la frente con cierto desdén nada más leer la frase de entrada. Como si me dijera: “¿También tú eres de los que piensan que nos honráis concediéndonos galantemente un día de la mujer al año? ¡Hartas nos tenéis con vuestros días de la mujer y vuestro entero calendario!”.
Hace un mes que murió vuestra querida madre, vuestra adorada Julia, que era también un poco mía. Fue un día sin luna. O de luna nueva, no sé muy bien. Lleváis un mes de duelo, una luna entera de tristeza y de vacío. Desde que ella se apagó a vuestros ojos, como una lamparita de aceite o de cera, se abrió en vosotros, sus hijos e hijas, la fuente de todas las lágrimas, también de las lágrimas solo lloradas a medias durante tantos años, desde aquella temprana edad en que murió vuestro padre Bienvenido.
Miércoles, 30 de mayo
José Arregi
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Universidad Pontificia Comillas
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
Antonio Aradillas